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EL ÚLTIMO RECURSO

Superruiz y la caja fuerte de Al Capone

El 23 de mayo de 1986, hace ya 25 años, se produjo en Chicago una gran expectación. Había sido descubierta en los sótanos del Hotel Lexington la caja fuerte del más célebre de los jefes de la Mafia, Al Capone, Scarface. El Lexington había sido durante años su cuartel general y el mafioso había ordenado construir pasadizos secretos para poder escapar en caso de ataque de otros rivales o de la policía. Sin embargo, se desconocía que Capone había blindado en los cimientos del hotel una enorme caja fuerte, de 49 metros de largo por nueve de ancho. Había amasado una inmensa fortuna en los años de la Ley Seca y nunca pudo ser condenado por sus cientos de crímenes, que le hubieran llevado a la silla eléctrica, porque nunca hubo pruebas contra él, ya que asesinaba a todos los testigos. Únicamente dio con sus huesos en la cárcel cuando Eliot Ness y sus Intocables consiguieron atraparle por evasión de impuestos.

Ruiz-Mateos alega que es el único culpable del fraude de los pagarés

Los norteamericanos esperaban que la cámara acorazada contuviera millones de dólares y, sobre todo, documentos comprometedores para políticos y otros personajes de la vida pública favorecidos por el mafioso. Con la televisión en directo se abrió la caja y... estaba vacía. Probablemente contuvo todo eso: dinero y papeles, pero el propio Capone, que vivió sus últimos años en Miami enfermo de sífilis, seguramente se encargó de que desaparecieran.

José María Ruiz-Mateos, creador de Rumasa y Nueva Rumasa, no tiene una caja fuerte, sino una caja floja que se desparrama por varios paraísos fiscales, como Belice, Holanda o Panamá, aunque como Capone, ya se ha encargado de que el dinero no aparezca.

Desde que en 1983 fue expropiado su primer imperio -integrado por más de 200 empresas y bancos- por olvidarse de pagar a Hacienda, estar en quiebra técnica y tener una contabilidad con más agujeros que un colador, los jueces ya se percataron de que los fondos que quedaban se encontraban en la denominada Rumasa Exterior, y que la justicia española no podía acceder a ellos.

El entonces magnate fue condenado por apropiación indebida, fraude y evasión de divisas y por entonces decidió que la mejor estrategia de defensa era tratar de poner en marcha el ventilador y salpicar de basura a todos los que él atribuía alguna responsabilidad en su caída o no le habían protegido en ese trance. Puso anuncios en los periódicos con el texto: "Compro escándalos, pago bien", e inició una serie de ataques y chantajes a banqueros y empresarios a los que exigía importantes cantidades por no divulgar supuestos secretos. En su enloquecido devenir llegó incluso a anunciar en una rueda de prensa que había pagado cien millones de pesetas al Rey en Nueva York. No deja de ser curioso que nunca aportó pruebas de lo que decía.

Es la etapa en la que se disfrazaba de Superman; se escapaba de la Audiencia Nacional camuflado con bigote y peluca, o montaba escándalos en los juzgados e intentaba pegar al exministro Miguel Boyer, con la ridícula e inmarcesible frase: "¡Que te pego, leche!".

Alejado del Opus Dei, del que había sido fervoroso adepto, en 2005 fue condenado de nuevo por alzamiento de bienes.

Para entonces, sirviéndose de sus hijos -tiene 13, seis de ellos varones-, su mujer y algún sobrino, ya había estructurado su segundo imperio: Nueva Rumasa, con decenas de empresas en paraísos fiscales.

En febrero de este año, la situación financiera de este segundo emporio de humo era desesperada y 10 de sus principales empresas (Garvey, Clesa, Dhul, Hotasa, Trapa, Elgorriaga, Hibramer, Carcesa, Rayo Vallecano y Quesería Menorquina) se acogieron al procedimiento concursal.

Con el habitual dramatismo, el patriarca proclamó públicamente que si no pudiera pagar a las 5.000 personas que habían invertido en sus pagarés, se "pegaría un tiro en la cabeza", aunque precisaba: "Si mi fe me lo permitiera".

El juez Pablo Ruz, de la Audiencia Nacional, le imputa ahora delitos de estafa, administración desleal e insolvencia punible por el supuesto fraude de los pagarés. Él, con astucia de camandulero, ha proclamado que es el único responsable y que asume toda la culpa. ¿No les parece que es otra argucia para evitar que sus hijos vayan a la cárcel a la vista de que él, con 80 años y enfermo, seguro que ya no va a prisión?

Hay que reconocer que todo parece tan peculiar como el título nobiliario del que hace gala: Marqués de Olivara. Condes, duques, barones, marqueses, son distinciones otorgadas por los reyes, aunque su monarquía sea parlamentaria. Solo a alguien tan singular como él el título se lo ha concedido ¡la República de San Marino! Olé.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de noviembre de 2011