Columna
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Embestir

Hace años, mi admiración por el periodista Miguel Ángel Aguilar creció al verle salir del siguiente trance frente al moderador de una tertulia. Puede que el asunto fuera una muerte violenta o un suceso macabro, el caso es que el presentador, crecido en la indignación y la euforia linchadora, inquirió al tertuliano con algo del tipo: "Y usted, ¿qué opina de que este hombre le haya dado siete hachazos a su víctima y le haya descuartizado y luego haya intentado deshacerse del cadáver?; ¿eh?, ¿a usted todo esto qué le parece?". Con una calma asombrosa, Aguilar contestó: "Pues me parece mal". Y ahí terminó su valoración del suceso.

De los tertulianos se espera que incendien la hoguera, que lancen sal a las heridas, que embistan más que templen. Que sean las fieras que el domador excita ante un público entregado al circo. Con el comunicado de ETA estamos asistiendo a un espectáculo similar. Se trata no ya de moderar los entusiasmos o hacer ver las dificultades escondidas tras el optimismo, sino de directamente transformar el cese de actividad en un disgusto tremendo. El tono ya nos resulta familiar, asimilado. En el programa mañanero de Carlos Herrera pude oír a un abogado asegurar a los oyentes que en otros tiempos habría sido sencillísimo sacarle a los asesinos la información sobre el paradero del cadáver de la joven Marta del Castillo, habrían bastado un par de bofetones y no tanto Estado de derecho.

Sobrevaloramos el bofetón. Si recurren a él padres desorientados al educar a sus hijos, cómo no lo van a promover algunas tertulias, que son termómetros empeñados en subirle la fiebre al paciente. El sentido común no cotiza. Un día escuché a uno de los tertulianos del corazón más áspero e irascible contar que antes de salir al programa siempre se tomaba un par de Red Bull... Lo entendí, se les pide ser toros.

Uno de los más precisos comentaristas televisivos ha sido Antoñete. Vertía en sus transmisiones taurinas junto a Manolo Molés la dosis exacta de sabiduría, economía expresiva y tino. Lástima que no cunda el ejemplo. Nunca hablaba del torero, sino del toro. Trataba de desentrañarlo por las hechuras y la actitud, sin pretender desde su tribuna y altavoz convertirse en el centro del espectáculo.

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