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COLUMNA

Sí que valen

Telecinco arrastra un problema que lastra la visibilidad de sus series. Entre programas de arañazos y visceralidad, la ficción propia no encuentra hueco natural. Las propuestas desfallecen como una amapola entre un campo de cardos borriqueros. Las cadenas, con su cortísima oferta diaria, transmiten más un olor o una sensación general que una posibilidad de espacios independientes. En el fútbol se sabe, si un equipo juega al patadón, es inútil que un fino estilista trate de destacar. Otro asunto es el desdoble de sus mejores presentadores. Los usa un poco como Esperanza Aguirre a esos profesores de Gimnasia que ha puesto a dar Historia. Jorge Javier Vázquez y Christian Gálvez lo ejemplifican, con su virtud de todoterrenos. Al segundo, una de las mejores caras de la cadena, bendecido por la pátina del infalible Pasapalabra, le ha correspondido la resurrección de Tú sí que vales, concurso de talentos que perdió gas.

Ahora es recuperado con un golpe de cálculo. Los concursantes no fidelizan al espectador, sino el jurado. Han elevado a Kiko Rivera al trono del jurado popular, exprimiendo la enorme identificación entre España y él. Posee valores compartidos por su audiencia, es amable, perezoso, descarado e intuitivo. Quiere vivir de la tele y la tele y los televidentes le agradecen la honestidad.

Corona el pastel el acierto de combinar a José Luis Moreno y Risto Mejide. Solo en apariencia resultan una extraña pareja. Los dos provocan ambivalencia. Quizá por su doble personalidad, con una evidente cara oculta frente a su imagen pública. Con ellos, por el precio de dos tenemos a cuatro, otro acierto contable. Su inteligencia para situarse dentro y fuera del programa les lleva a ejecutar sin cortocircuitos su papel perfecto. Moreno, además, ha rescatado al mítico muñeco Rockefeller, que es quien mejor le insulta y desprecia. El otro día lo definió como la hemorroide del programa, autoflagelo que consuela a quienes detestan al ventrílocuo y productor. Rockefeller además combina perfecto con Mejide, porque el publicista es un hijo natural del muñeco viperino y listo que adoramos en nuestra infancia. Su encuentro es un reencuentro, un poco como si el Pinocho de madera coincidiera con el de carne y hueso. Si no se anulan mutuamente, darán noches de gloria a la cadena

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de octubre de 2011