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Crítica:

El arte de viajar

Cuando desperté el estegodón estaba allí en medio de la iglesia de Verónicas. La osamenta blanca del elefante llegó de Estocolmo a Murcia. Al mirar hacia el ábside parecía haber escapado del enorme dibujo que, durante este caluroso agosto, ha pintado sobre la pared Martin Jacobson (Estocolmo, Suecia, 1978). Bajo la cúpula, en el centro del crucero, me contemplé en el espacio especular que generan los espejos enfrentados en las capillas laterales, un laberinto digno de Piranesi. Reparé en el título: ¿Quién es el guía del viajero al otro lado? Me observé inmersa en aquel infinito fantasma: vivimos en un círculo extraño cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna (Pascal dixit). O aún estaba soñando. Aquella sensación de duermevela, generada por una vivencia de tránsito y ausencia, me acompañó al recorrer el resto de las exposiciones de este ciclo en La Conservera. Un bloque expositivo dedicado a "la experiencia del viaje en los artistas", según cuentan desde la organización que, en ningún momento, alude al turismo: se desplazan o permanecen en un lugar según sus deseos durante un periodo de tiempo y una tarea concreta, no andan vagabundeando por el mundo. Cada uno de los seis artistas, convocados por su director Pablo del Val, afronta el reto con estrategias independientes. Jacobson invoca los lindes del tiempo y la historia con abigarrados dibujos y paleontologías demudadas de lugar. Otros se nutren de experiencias vividas en la adolescencia como Jorge Peris (Alcira, 1969): ha construido una fortaleza con 170 toneladas de sal procedentes de las salinas de San Pedro del Pinatar. La anticipación al viaje y los vericuetos del conocimiento del porvenir acotan la obra de Ángel Mateo Charris (Cartagena, 1962) y Gonzalo Sicre (Cádiz, 1966) que emprenden una visita a Flandes que no existe más allá de la pintura de Leon Spilliaert. La ciudad costera de Ostende en nada se asemeja a la que fue, de ahí que los pintores plasmen en sus lienzos un presente que puede entenderse como un largometraje con fotogramas culminantes cuya narratividad, escenificada por el arquitecto Martín Lejarraga, nos sitúa literalmente en una playa de arena y, en una sala contigua, nos adentra en la intimidad del estudio de los artistas.

Martin Jacobson

Sala Verónicas. Verónicas, s/n, Murcia

Todas hasta el 8 de enero de 2012

Maureen Gallace / Ángel Mateo Charris / Gonzalo Sicre / Jorge Peris / Diana al Hadid

La Conservera

Avenida de Lorquí, s/n. Ceutí, Murcia

Mientras unos van, otros vienen buscando las raíces de nuestra cultura islámica. La artista sirioestadounidense Diana al Hadid (Aleppo, Siria, 1981) ha creado en Murcia una obra basada en la historia del Rey Lobo, el almorávide Ben Mardanish. Junto a esta pieza específica, presenta otras cinco arquitecturas en cuyos intersticios se ocultan miríadas de sentido. Laberintos de lo imposible que recrean su comprensión mística y científica del mundo; un universo creado con las propias medidas del cuerpo de la autora. Sus misteriosos órganos y torres ascienden en espiral, ajenos a la fuerza de la gravedad, envueltos en sonidos mudos al tiempo: conjugan la nostalgia de mundos posibles con un más allá que escapa a toda lógica del tiempo humano. Late la sorpresa en este mundo vuelto del revés, como la hay en el fondo de los mares coralinos. Maureen Gallace (Stamford, EE UU, 1960) llegó unos días antes de la inauguración con unos cuadros inspirados en parajes sacados de imágenes de guías de viaje, folletos, agencias inmobiliarias... Gallace ha reconocido en sus paseos por la ciudad alguna de las casas que ha pintado. Para esta artista el poder del lenguaje artístico deviene sin mayor complicación en una virtualidad cognitiva gratificante, un estado de hiperrealidad donde lo real y lo virtual fluyen inseparables. Ya no existen lugares evidentes que uno deba ocupar, el mundo está ahí al alcance de una tecla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2011