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Análisis:

Malas intenciones

Los profesores en huelga eran nuestro sueño húmedo en época de estudiantes. La muestra de que nos hemos hecho mayores es que ahora nos preocupa, nos deja mal sabor de boca, nos desconcierta ver a un gremio representativo del poder y la disciplina encabezando la protesta contra los recortes al sistema de bienestar tan largamente codiciado. Ayer, su marea verde fue presencia destacada en todos los medios de comunicación.

Para contrarrestar la fea estampa de los profesores indignados, Esperanza Aguirre lleva semanas practicando una estrategia estudiada y desasosegante. Suena errática, como si no tuviera ya nada que perder políticamente y se permitiera dejar tierra quemada tras de sí. Lanza mensajes cifrados, de contundencia social, pero luego los viene a descafeinar, los matiza, los domestica. Así, cargas de profundidad contra la gratuidad de la enseñanza, el compromiso laboral de los profesores o su situación de privilegio social son pedradas que rompen el cristal, pero luego quedan en nada. Sabe que los profesores no son unos indignados más a los que barrer de la acera a porrazos, pero hay otras maneras de arrinconarlos.

Pese a todo, cuando a la directora de un instituto de Vallecas le preguntó Francino ayer en la radio, durante la jornada de paro en la que apenas cuatro personas tuvieron que vigilar a los cientos de alumnos del centro, si se sentía perseguida, respondió que no. Y con un tono pausado aceptó que quizá los profesores se sienten incomprendidos y que solo la gente de su entorno conoce la dedicación y el esfuerzo que conlleva dar clase.

Es cierto que solo los que tienen cerca a un profesor saben de las horas y trasnoches para lograr cuadrar los horarios imposibles de este año y la lucha para tapar los agujeros creados. Puede que los medios ayuden a acercar la dimensión, el significado de la descapitalización de la enseñanza pública. Por la Red corre un vídeo de la intervención de la diputada socialista Ana Noguera, que se queda casi sin voz en el Parlament valenciano para apuntar con claridad cómo el descarrilamiento es interesado. Escapa al perfil de tantos responsables políticos que viven en el desconocimiento absoluto de la tarea educativa, y de otros, aún más dañinos, que añaden a la ignorancia las malas intenciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de septiembre de 2011