Columna
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Madrid ya no nos quiere

Hace 10 días una camarera española de un bar de Buenos Aires juró haberme visto antes. A mí no me sonaba de nada. Era una chica de apenas 30 años, guapa y con tatuajes de espinos en el hombro. Me acordaría. Buscando contextos donde podríamos haber coincidido, enseguida descubrimos que, efectivamente, ambos habíamos trabajado en Canal +. Le pregunté cómo es que ahora servía copas en Argentina y entonces desencadenó un sorprendente discurso contra Madrid. Nuestra ciudad no la había tratado bien, su contrato en la televisión no fue reno-vado, las expectativas laborales en España eran nulas, las escasas ofertas intolerables. Se veía abocada a un empleo precario en un barrio inhóspito del extrarradio, a casarse y tener hijos en una capital desilusionada y triste, arrasada por la crisis.

Si ya no hay dinero, ni aquí ni en ningún sitio, por qué no buscar otra clase de recompensas

Es cierto que su trabajo en Buenos Aires no estaba a la altura de su formación, pero no importaba porque había reconducido su vida: sus fantasías, sus pretensiones, sus esperanzas. Al menos en Argentina estaba viviendo una experiencia nueva, conociendo otro país, enriqueciéndose con una cultura distinta junto a gente insospechada. Me sorprendió su valentía para dar el salto pero, sobre todo, el resentimiento con el que hablaba de España. "Después de Argentina quizá viaje a Chile, lo que tengo claro es que no pienso volver a Madrid en los próximos 30 años", aseguraba mientras me servía un Fernet con Coca-Cola.

Tengo un amigo español que vive en Mendoza, Argentina, por motivos familiares. El mes que viene se muda con él un compañero suyo de colegio, también español, pero esta vez por supervivencia. En Madrid no hay trabajo. Aquí su vida es una sucesión de días sin alicientes. El entorno, las caras, los envíos fracasados del currículum se repiten sin solución. Allí, en Mendoza, espera explotar sus conocimientos idiomáticos y sus nociones enológicas trabajando en alguna de las numerosas bodegas de la ciudad.

Hace 10 años vivimos la masiva llegada de argentinos. Nos invitaban a chupitos frente a los bares de Huertas, hacían malabares en los semáforos de la Castellana, ejercían de camareros o de psicólogos, laburaban de lo que podían. Hoy somos nosotros quienes nos vamos para allá. Me refiero sobre todo a lo que se ha llamado "emigración selectiva", es decir, gente con un alto nivel de estudios y un par de idiomas que cambia de país porque no encuentra trabajo en su lugar de origen o este está muy mal pagado.

En el último año se han marchado 12.000 madrileños, según el Censo Electoral de Españoles Residentes en el Extranjero. Hoy son ya 182.000 los registrados fuera de nuestro país, muchos más si contamos a aquellos no inscritos en las oficinas consulares; 40.000 madrileños han hecho las maletas desde que estalló la crisis hace cuatro años. El programa de Movilidad Internacional de Adecco ha duplicado el número de solicitudes para trabajar lejos de casa. La mitad de esas personas estarían dispuestas a ganar lo mismo o incluso menos que en España. El 35% de esos profesionales frustrados (la mayoría chicos de entre 25 y 35 años) quiere irse a EE UU; el 15% a países escandinavos y la otra mitad a ciudades europeas, normalmente, de Reino Unido, Francia e Italia.

La crisis no solo está forzando a muchos madrileños a cambiar de profesión, a reinventarse, sino que también está sacándoles de nuestras fronteras. Es más, está expulsándoles de su antigua visión de sí mismos, de sus planes laborales, pero también familiares, sociales, incluso gastronómicos. Dejar Madrid no es solo dar un portazo a los empleos que previamente nos lo han dado a nosotros, es renunciar a una fórmula existencial donde, sin darnos cuenta, nos hemos concebido desde siempre. La alternativa de otra vida se abre en Argentina, en Brasil, en Noruega o en Seattle.

Si ya no hay dinero, ni aquí ni en ningún sitio, por qué no buscar otra clase de recompensas. El botín de las jornadas no ha de consistir necesariamente en un piso en propiedad, en un contrato fijo, en un coche de cuatro puertas, en un hijo. También es posible canjear nuestras horas, nuestros esfuerzos, nuestras rutinas por otra clase de beneficios como una nueva lengua, un paisaje inédito, una novia de distinta raza, una ciudad sin inviernos. Puede ser rentable una inversión en incertidumbre y aventura, en riesgo y sorpresa. Si Madrid ya no nos quiere, enamorémonos otra vez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 30 de agosto de 2011.

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