Hamaca de lona
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Destinos fantasmas

La primera vez que vi una ciudad fantasma fue a través del periscopio de un submarino. Era en la película La hora final (Stanley Kramer, 1959), basada en una entretenida novela de Nevil Shute. La ciudad era San Francisco, y el submarino había sido enviado desde Australia por un grupo de supervivientes para averiguar si aún quedaba vida en el planeta tras la catástrofe nuclear desencadenada por la III Guerra Mundial. Allí no había ni un alma, pero los edificios y el Golden Gate seguían incólumes. Como tampoco quedaba nadie vivo en la siguiente parada, San Diego, en la que los enviados descubrieron que la extraña señal de morse que habían captado no tenía origen humano, sino que era provocada por el golpeteo aleatorio de una botella de coca-cola sobre la tecla del telégrafo.

El cine nos ha proporcionado otras visiones de ciudades abandonadas. La progenie de películas basadas en la estupenda novela de Richard Matheson Soy leyenda (1954, Minotauro) introducía el elemento vampírico o zombi en escenarios urbanos posapocalípticos. Las ciudades permanecían desiertas durante el día porque sus habitantes se habían convertido en mutantes depredadores que no soportaban la luz diurna. Claro que siempre quedaba alguien al que no había afectado la espantosa mutación, fuera este Vincent Price (El último hombre sobre la tierra, de Ubaldo Ragona y Sidney Salkov, 1964), Charlton Heston (El último hombre vivo, de Boris Segal, 1971) o Will Smith (Soy leyenda, de Francis Lawrence, 2007), esforzados supervivientes que debían combatir a los infrahumanos al tiempo que ejercían como propietarios absolutos de la ciudad, apoderándose de todo cuanto les apetecía y almacenándolo en sus lujosas casas acorazadas.

El estallido de la burbuja inmobiliaria y el colapso del ladrillo nos han vuelto a enfrentar a las ciudades desiertas, ahora mucho más reales y a la vuelta de la esquina, pero no por ello menos fascinantes. Al menos para los que no tenemos que vivir en ellas, claro. Los años de los créditos locos se han saldado con más de medio millón de viviendas terminadas y sin vender y otro tanto a medio hacer. Las ciudades fantasmas españolas han merecido reportajes en algunos de los más conspicuos diarios del mundo. Y ya se empieza a apreciar cierto movimiento turístico -interno o foráneo- de quienes dedican unos días de sus vacaciones a visitar el desolado paisaje de ciudades, urbanizaciones o barrios en los que, como en Seseña (Toledo), Valdeluz, Chiloeches, Alovera (Guadalajara), y otros a lo largo de las costas españolas, muchos enterraron sus sueños.

En esos ámbitos en los que el eco responde entre los bloques de edificios no hay (por ahora) vampiros o zombis o, al menos, no con el aspecto que lucen en las películas. Sus depredadores son vándalos y chorizos que se apoderan de todo lo que les puede reportar beneficios: desde hilo de cobre hasta puertas o sanitarios sin estrenar. En ciertas urbanizaciones el paisaje urbanizado ha adquirido una atmósfera espectral, con calles asfaltadas entre solares ocupados por la maleza y farolas que iluminan enormes aparcamientos pensados para un aforo que nunca llegó. Si desean una lección práctica de capitalismo en época de vacas flacas, cojan el coche y dense un paseo por algunos de esos lugares.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción