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Crítica:

Mi abuelo llegó esquiando

Narrativa. Finlandia formó parte de Suecia hasta 1809, después a la Rusia zarista y no logró la independencia hasta 1917. Y no puede decirse que tenga una arraigada tradición literaria. El Kalevala, considerada su epopeya nacional, fue compuesta a partir de cantos populares recogidos por Elias Lönnrot, cuya edición definitiva se publicó en 1849. Estos datos no explican ninguna característica, pero acaso no sea del todo inapropiado tenerlos en cuenta a la hora de afrontar Mi abuelo llegó esquiando, de Daniel Katz (Helsinki, 1938, hijo de inmigrantes judíos), tan entretejida de oralidad, satírica con las sucesivas componendas patrióticas, y tan perspicaz que incluso su irregular construcción contribuye a mejorar su socarronería. Katz debutó con esta obra (a la que el término novela no se acopla bien, aunque tampoco lo rechaza) en 1969, y se convirtió en una crónica paródica del nacionalismo. Sirviéndose de las gestas (reales o inventadas, poco importa) más bien ingratas de sus ancestros, instalados en Finlandia desde principios del XX, y con un espíritu afín al maravilloso libro de Jaroslav Hašek, Las aventuras del buen soldado Švejk, Katz recorre todas las guerras en las que se implicó su familia: la ruso-japonesa de 1905, la Primera Guerra Mundial, la llamada de Continuación contra la Unión Soviética y la Segunda Guerra Mundial, aunque en esta con una operatividad militar más bien escasa.

Mi abuelo llegó esquiando

Daniel Katz

Traducción de Dulce Fernández Anguita y José Antonio Ruiz

Libros del Asteroide. Barcelona, 2011

240 páginas. 16,95 euros

Se inicia con la llamada al frente de Benno, su abuelo, corneta del ejército del zar, de poca estatura y cabeza grande, que se libra de incorporarse al frente por su reciente matrimonio. La mezcla de deber patriótico impostado y las recurrencias de la vida civil conforman las irónicas historias, a veces de boca de los personajes, y así nos vamos enterando de que en la aldea de Benno, poblada de judíos sin tierras, los bielorrusos pedían préstamos a los Rothschild para comprar parcelas y organizaban pogromos que obligaban a los judíos a emigrar a Palestina, donde los árabes sufrían atrocidades semejantes. Nada escapa aquí de la indignidad que produce la pertenencia a una etnia. Las calamidades que debe afrontar el abuelo (y el bisabuelo, contrabandista de profesión, confinado en un presidio de Siberia) y el padre del narrador, se producen siempre por un enredo del azar político que no permite elegir bando. Y de ahí se desprende una suerte de ética de la supervivencia que hace que el sentido de su rememoración familiar desconcierte al lector, que no sabe bien, como ajustadamente se dice en la contraportada, si el narrador busca sus raíces "para encontrar su verdadera esencia o para librarse definitivamente de ellas".

Ninguna de las dos opciones puede resultar satisfactoria, y lo que prima es la constatación del absurdo, afortunadamente bien aderezado con un humor cáustico que redime a los personajes de sus sometimientos a los vaivenes de la historia. Mi abuelo llegó esquiando es formidable, escrito con una zigzagueante cronología, poblada de notables personajes, Benno, la abuela Wera, Arje, hijo de Benno, Andrei, el hermano del narrador, con cuya boda, acordada para "salvarse del caos más absoluto", concluye el libro en una suerte de objeción a cualquier lazo virtuoso que propone un nuevo malentendido. El talento de Katz es una exhibición de veneración y burla. Ha hecho del drama de su memoria familiar una peripecia cómica, y en esta el lector se verá zarandeado por los estímulos de la compasión y la risa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de agosto de 2011

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