Columna
i

El alma en suspensión

El único placer comparable a tener el tiempo a favor es vivir sin tiempo. Los instantes de mayor regocijo del verano se producen precisamente cuando el reloj ni siquiera se para, sino que se evapora. Una lánguida sobremesa entre familiares bajo una pinada, la barcaza de la siesta, la entrada entre risas de amigos o de un amor en una madrugada sin frontera... Las vacaciones de verano regalan estos relámpagos donde sobreviene una bocanada de felicidad, un soplo de lucidez sobre el sentido de la vida. Un segundo para comprender que el tesoro de esta existencia son pepitas, momentos con el alma en suspensión. Desaparecen las coordenadas temporales y nos sentimos flotar en un océano de inmensidad sin ninguna referencia, por una fracción de tiempo volatilizamos la rutina, el recuerdo y las expectativas para resurgir en una realidad donde se impone el presente, detenido, paralizado, la fantasía de permanecer eternamente cristalizados en el ámbar del verano.

Los instantes de mayor regocijo del verano se producen precisamente cuando el reloj se evapora

Los madrileños parecemos estar en una constante huida. Escapando de la ciudad durante los puentes del año y ahora desasiéndonos de los rituales del invierno, mudando drásticamente nuestros hábitos y patéticamente nuestro vestuario. No solo se trata de dejar atrás la capital con su asfalto incandescente y sus rascacielos huecos, sino de olvidarse de quienes fuimos, de quienes somos. Los madrileños nos fugamos lo más lejos posible de esta metrópoli que odiamos y nos ama, que nos detesta mientras confesamos no poder vivir sin ella. Parece que en estas calles no está el tesoro de agosto, la gema del "no tiempo". Plazas de aparcamiento libres, mesas sin reserva en los restaurantes, cuatro semáforos en verde seguidos en la Castellana... Pero si no te has ido de aquí en verano sigues atrapado en ti mismo. No importa que pasees en bermudas de cuadros, que goces de Madrid Río o de los probadores de Zara sin cola. La vida solo ofrece su milagro, su súbita supernova de felicidad cuando desaparece la propia vida, la existencia conocida, reconocida, las balizas, los espejos, la zona hora...

Hasta hoy vivíamos este oasis de calor disfrutando de la propia búsqueda del éxtasis atemporal. Y a ese placer añadíamos la relajación de tener el tiempo a favor. El estío apenas había asomado, las vacaciones aguardaban quietas y seguras como un pijama limpio en el cajón. Todo el verano por delante. Deambulamos por nuestros últimos días de trabajo y por el trampolín de las jornadas reducidas o de asueto con el deleite de sentir el porvenir amplio y acolchado. El tiempo estaba de nuestra parte. El transcurrir de los días solo nos acercaría un escenario más grato, nos adentrábamos en el corazón de la canícula, en ese capullo en el centro del año que como una cámara hiperbárica nos reconstituye y nos regenera, nos purifica y nos reinventa para regresar "recargados" al vestíbulo del invierno.

Hoy es 16. Que no pasen los días. Esto se termina. Muchos madrileños acaban de estrenar sus vacaciones pero es innegable que las horas de luz van mermando, que septiembre amenaza ya desde la fecha de caducidad de los yogures, que hemos entrado en la pasarela suspendida sobre los tiburones del otoño. Hay momentos en la vida donde deseamos la caída de las hojas del calendario. Esa ansia quizá se deba a que estamos en un momento duro, difícil. Pero a pesar de la contrariedad del instante, es clave tener el tiempo de cara. Que la sucesión de las jornadas sea una buena noticia, que el transcurso de las semanas o los meses sea un aliado. Como sabemos, la lucha contra el paso del tiempo es una batalla perdida.

Así que ahora nos enfrentamos a una derrota inminente e inequívoca. Nos encontramos en un gran momento, probablemente de vacaciones, quizá alejados de Madrid, paladeando otros confines, otros guisos, otras gentes en las plazas. O, en el peor de los casos, si seguimos prisioneros en la capital, estemos jugando a que Madrid no es Madrid y nosotros no somos los mismos inquilinos del frío. De cualquier modo, el 16 de agosto es una buena fecha. Aprovechémosla aunque el paso del tiempo esté poco a poco reconstruyendo su ejército de desolación y hastío. Hoy el reloj está en contra pero todavía, por unos días más, en nuestro pelotón contamos con la mejor versión de nosotros mismos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 16 de agosto de 2011.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50