DESDE MI DESPENSA
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El ajo y el remedio

El ajo no esta muy bien visto en las comidas finolis. No lo esta por sus efectos secundarios: su olor, que me repite, que me deja mal sabor de boca. ¡Donde ha quedado el carácter mediterráneo y el componente cañí de nuestra cultura! Es verdad que el ajo, como la cebolla y el pimentón, son ingredientes muy presentes en nuestra cocina popular. ¿Cómo domesticamos el ajo, para poder seguir disfrutando de él, sin que este sea tan invasivo?

Pensemos que mañana tenemos un arroz que hacer, una sopa o un guiso: caliente un vaso de aceite de oliva en la sartén. Solo calentar. Introduzca un diente de ajo y apartar inmediatamente la sartén. Dejamos reposar toda la noche juntos. Al día siguiente quite el diente de ajo y utilice el aceite para realizar su guiso. Tendrá el matiz de ajo deseado. Si quiere que sea menos potente todavía, retire al ajo del aceite antes.

Si por el contrario prefiere una sopa fría, emulsionada con ajo, sin que este se apodere de la elaboración, le propongo hacer lo mismo pero con el aceite en frío, sin calentarlo. Introduzca en el aceite un diente de ajo una noche y al día siguiente lo retira. Este aceite tendrá el aroma de ajo, que usted podrá controlar. quiquedacosta@quiquedacosta.es

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS