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El rincón inglés

España contra el viejismo

Mi tío Gabriel, mi muy querido tío Gabriel, contaba una historia. Habría sido a comienzos de los años cincuenta, él tenía veintipocos años, vivía en Madrid y trabajaba como vendedor para una empresa estadounidense que fabricaba maquinaria pesada. Estaba en Sevilla, de trabajo, y un viernes por la noche se le acercaron tres señores mayores en el bar del hotel donde estaba hospedado. Por simpatía, nada más. A charlar y tomar un par de cañas.

Congeniaron bien y al cabo de un rato los señores le preguntaron a mi tío si tenía algún plan para la mañana siguiente. Él dijo que no. Pues pasamos a buscarte a las cinco, dijeron. Vale, dijo mi tío, encogiendo los hombros.

Pasaron por él a la hora indicada y salieron en coche de la ciudad. Tras unos 40 minutos se desviaron de la carretera y se detuvieron al lado de un huerto de higos. Los señores mayores sacaron una botella de anís y unas copas y, mientras bebían, cogían higos de los árboles y se los comían. Pasada una hora -una hora sumamente placentera- mi tío hizo una pregunta. "Miren, no saben lo que les agradezco que me hayan invitado. Pero, una pregunta ¿por qué tuvimos que salir tan temprano?".

"Ah", le contestó uno de los señores. "La madrugada es la mejor hora, cuando el rocío todavía cubre la fruta".

La historia la contaba y contaba y contaba mi tío y yo la sigo contando. Me encanta. Porque creo que define algo de España, o del Mediterráneo: una actitud hacia la vida, un disfrutar por disfrutar, un sencillo y sagaz deleite en lo que ofrece la tierra. Me encanta también porque me reafirma en la convicción de que España es un gran país para viejos. Si hay una cosa que tengo muy clara es que de viejo quiero vivir aquí. Es posible que me vaya a vivir a otro lado un tiempo (Londres, India, Tanzania, categóricamente no EE UU) pero que volveré a España a mis últimas vacaciones, las de la jubilación, seguro.

En otros países, especialmente en los anglosajones, a los viejos los marginan, los esconden. Se impone el viejismo: una variante del apartheid no condenada. En España la regla es otra. Vaya usted a cualquier plaza de cualquier pueblo o ciudad. Ahí verá a las mamás con sus niños pequeños, a los adolescentes con sus patinetes, a los señores y señoras mayores sentados charlando: todos parte natural del escenario social, todos conviviendo, como mi tío Gabriel de joven y aquellos señores mayores que le invitaron a salir de copas al huerto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de agosto de 2011