Crónica:'Mi primera vez' | Hoy, José Manuel Caballero Bonald | FiccionesCrónica
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Sobre miedos y camaleones

Siempre he tenido la impresión de que la infancia ocurre en verano. Eso es, al menos, lo que me imagino cada vez que intento la recuperación nunca diáfana de algunos recuerdos infantiles, cosa que a mi edad tampoco supone ningún ejercicio edificante. Los escenarios en que se localizan esos recuerdos pueden ser distintos, según se trate de Jerez, Sanlúcar o cierta viña de la zona, pero el clima es idéntico en todos los casos. Casi nunca deja de hacer calor, incluso un calor despiadado, en la memoria de esos años infantiles. Ya lo he contado por ahí alguna vez. Y si ahora lo traigo a colación es porque puede servirme para poner un poco de orden en la extraña relación que existe entre la primera vez que tuve conciencia del miedo y la primera vez que comprobé la existencia de los camaleones.

De niño, solía ir con mis padres a veranear a Sanlúcar. Conservo muy vivas naturalmente esas consabidas iniciaciones a propósito del mar y la sexualidad. Pero hay un recuerdo aislado muy llamativo y no del todo razonable. Ocurrió durante una de aquellas excursiones agotadoras a la otra orilla del Guadalquivir, esto es, al Coto de Doñana. Andaba yo en funciones de explorador entre las dunas tórridas y el venerable sotobosque, cuando vi un camaleón. Ni siquiera sabía de la existencia de ese reptil de antiguo linaje, emparentado con el "león de tierra" de los latinos y cuyo aspecto remite, o eso me parecía, al de algún temible engendro mitológico.

El camaleón es especie común -hoy muy amenazada- en el litoral atlántico gaditano. Pero yo nunca lo había visto. Se movía con una lentitud insidiosa y tenía el cuerpo como cruzado de cicatrices verdiamarillas. Seguro que no me equivoco de recuerdo. Yo estaba solo y me dejó inmovilizado una especie de miedo que no se parecía a ninguno de los que había padecido hasta entonces. A los nueve, a los diez años, esa suerte de miedo innominado suele ser habitual. Se instala en la conciencia sin ningún juicioso motivo y actúa allí como un cepo que entorpece el entendimiento. Supongo que finalmente logré escapar de la amenaza imprecisa del camaleón, que me observaba con la movilidad independiente de uno de sus ojos y cuyo tamaño calculé que se aproximaba al del basilisco.

Luego, con los años, he visto a no pocos camaleones y he experimentado abundantes índoles de miedo. Pero aquel primer camaleón me infundió un primer temor inolvidable. Todavía me pregunto por qué ese reptil inofensivo y casi doméstico, al que fui conociendo más de cerca a medida que me alejaba de la niñez, me transmitió un miedo tan indefinible y perseverante. Por supuesto que yo no disponía de ninguna información sobre la fauna local y tal vez esa ignorancia propició un conocimiento fantasioso. Todavía hoy, al cabo de tanto tiempo y tantas alarmas, la sola imagen del camaleón me enfrenta a lo que podría ser una ideografía infantil del miedo. Tampoco es que me desagrade esa eventualidad.

RAQUEL MARÍN

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 24 de julio de 2011.

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