Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:Música

Todos los Miles Davis del mundo

Era el concierto más deseado. La guinda a un festival que ha tenido de todo, lo bueno, lo malo, y lo que ni una cosa ni la otra. Incluso se ha escuchado algo de jazz, el colmo de la extravagancia. Pero así son los festivales de hoy en día, un cajón de sastre en el que cabe de todo, el astro del pop que no se tiene dónde colocarlo y la cantante de Cabo Verde que no ha oído la palabra jazz en su vida. En esto, hay que reconocerlo, Vitoria es una excepción.

La cosa es que, como el Cid, Miles Davis regresó a la capital vasca después de muerto, a través de quienes están en condiciones de invocar su espíritu. Sus ex. Provenientes del extraordinario y salvaje segundo gran quinteto del susodicho, el saxofonista Wayne Shorter y el pianista Herbie Hancock. Veinte años menor que ambos, el bajista y maestro de ceremonias Marcus Miller, quien trabajó a las órdenes de Miles en Tutu. En el papel del trompetista, ofició el joven y discreto Sean Jones. Y Sean Rickman, a la batería.

La primera parte transcurrió como en un sueño. El que trataban de evocar los intérpretes sobre el escenario para curarse en salud y el que atrapó a servidor, y a algún otro, ante lo que el maestro de ceremonias definió como una "lectura líquida" de la música de El príncipe de las tinieblas, y uno definiría como directamente anémica y bastante predecible. Allí estaban todos los Miles Davis posibles. El Miles Davis acústico y el eléctrico; el modal y el baladista. El que no estaba era Miles, ni en espíritu ni en cualquier otra forma incorpórea que pudiera imaginarse. Así, entre un Walkin' sin sentido a ritmo de funk y un Milestones entre cansino y agonizante, no nos quedó otra que quedarnos con los arranques de genio de Wayne Shorter, que menos mal que estaba él para contarnos algo que no hubiéramos escuchado antes mil veces. Se explica que el genio de Newark se pasara la mitad del concierto en flagrante fuera de juego y a un punto de la expulsión por parte del árbitro. Si alguien estuvo alguna vez cerca del espíritu del homenajeado, ese fue él: ninguno de sus compañeros de escenario pudo acercársele ni de lejos.

El punto de inflexión del concierto llegó con Someday my prince will come, grabada por Miles en 1961, y un Herbie Hancock que, por un instante, nos recordó al solista que un día le cambió la cara al piano de jazz. Hasta Rickman pareció haber tomado un curso acelerado de swing. Nada que ver esta segunda parte con la primera. Uno nunca se atrevería a presumir cual hubiera sido la opinión de Miles ante algo así, aunque se lo supone. Valga decir que, al menos, ahora sí, lo escuchado valía decididamente la pena. Una música energética, vibrante. Como impulsado por un resorte, el respetable salió de su sopor para celebrar el happy end que todos venían esperando, al que no faltaron las infaltables Jean Pierre, Time after time y Tutu, con Herbie Hancock puesto en pie, tocando el sintetizador Roland AX. Hasta hubo quien, abrumado por semejante exhibición, no pudo reprimirse y saltó al escenario para abrazarse al pianista, siendo torpemente arrojado del mismo por las fuerzas de seguridad. No son maneras, señores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de julio de 2011