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Crítica:ROCK | Los Planetas

Seguimos desconcertados, Jota

Usted lo sabe mejor que nadie, doctor: el ser humano, siempre tan complejo, tiende a bloquearse con las cuestiones más variopintas. Nos desconcierta todo. Hay quien no soporta comprobar la presión de los neumáticos, evita las baldosas impares o se obsesiona con la sucesión de números primos. Y están, por fin, aquellos que se quedan como témpanos con Los Planetas, por mucho que figuren oficialmente como la banda más influyente, reverenciada, diseccionada y sesuda del rock independiente patrio de estas dos últimas décadas.

Tiene que haber de todo. Y eso que la de anoche parecía una ocasión propicia para que la disidencia lo volviera a intentar. Noche plácida veraniega, el escenario Puerta del Ángel abierto por una vez a artistas sin la Tarjeta Dorada en el bolsillo, más de 2.000 chavales predispuestos a entregarse a la causa. Quizás no sean necesarias más sesiones en el diván para que nos gusten Los Planetas, ni que intentemos la hipnosis como última alternativa.

Y, sin embargo, ese noise-rock aflamencado de La llave de oro, el instrumental que abre el concierto y el último álbum (Una ópera egipcia, 2010), vuelve a sumirnos en el desasosiego: en disco era aburrida y en directo, indescifrable. Pero quizás sus cuatro minutos sean solo un ejercicio de suspense, una manera de prolongar la resolución del eterno gran misterio con los granadinos: ¿se le entenderá algo a Jota? Romance de Juan de Osuna nos ofrece enseguida la respuesta: más bien no, hay que traérselas aprendidas de casa. Sí, ya sabemos que se trata de una concepción estética deliberada, un espeso magma sonoro donde la voz solo es otro ingrediente más. Pero hay quien puede irritarse, deliberada y legítimamente, de que así sea.

El quinteto consagra toda la primera mitad a sus dos últimos trabajos, la Opera y La leyenda del espacio, y hasta escenifica una ridícula espantá de tres minutos para que nos demos cuenta de que, a partir de Corrientes, el repertorio corresponde a entregas anteriores. El acercamiento reciente al lenguaje flamenco (o, más bien, a la canción tradicional andaluza) es una idea interesante, sobre todo si se materializara con algún que otro matiz. Pero Jota insiste en ese murmullo monocorde y mohíno, más propio de un chico aburrido que del personaje melancólico y atormentado que encarna. Hay atisbos de intención en Ya no me asomo a la reja, con sus crecidas y decaimientos; o en el deje popular de Alegrías del incendio y Soy un pobre granaíno. Pero la sensación global es tan indefinida como la iluminación, que convierte a los músicos en espectros antropomórficos.

Hubo múltiples muestras de entusiasmo, doctor, pero alguna también de impaciencia: "¡Espabila ya, coño!", bramaba un seguidor enfurecido con tanto andalucismo. En la segunda parte se le vio más complacido: Nunca me entero de nada es un buen tema y De viaje, un clásico. Pero seguimos desconcertados, doctor. Con la vida, con Jota, con casi todo. Quizás no seamos del mismo planeta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de julio de 2011