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PUNTO DE OBSERVACIÓN

Las verdaderas alianzas

"A principios del siglo xxi, la percepción de incertidumbre, indefensión e inseguridad es notoria en un gran porcentaje de la población. Estas sensaciones se relacionan con condiciones de vida que han sido alteradas en términos de acceso al empleo, ingresos, consumo, vivienda, crédito y seguridad social (...). Se confirman con la evidencia de mayor nivel de exposición de los países a los impactos adversos de la coyuntura económica internacional, con la volatilidad de los mercados, con el aumento de la informalidad y la precariedad laboral, con las variaciones en los salarios reales, el retiro del Estado en la provisión de servicios básicos de salud, educación y protección social".

América Latina ve en Europa un escenario que ellos conocen muy bien y para el que creen tener la mejor receta

El párrafo anterior pertenece íntegramente a un estudio presentado por el profesor Gustavo Busso, en junio de 2001, en un seminario internacional sobre "vulnerabilidad" organizado por la CEPAL, y se refiere exclusivamente a la situación latinoamericana en aquel momento. No es extraño que buena parte de América Latina esté mirando estos días a Europa con la extraña impresión de que más allá del océano se está reproduciendo, casi paso a paso, un escenario que ellos conocen muy bien y para el que creen tener la mejor receta.

En Argentina en especial es continua la referencia al impago decretado en diciembre de 2001-enero de 2002 para deudas por valor de 100.000 millones de dólares (el 54% del PIB argentino en aquel momento), lo que supone más o menos la tercera parte de la actual deuda pública griega, y las recomendaciones para que la Unión Europea siga el mismo camino. La propia presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, ha insistido reiteradamente en las ventajas de la "solución argentina".

Es cierto que, gracias al default, Argentina consiguió una quita importante, que permitió relanzar el crecimiento económico, que ha sido fuerte (8%) y continuado durante más de ocho años y que le ha permitido devolver al Fondo Monetario Internacional los casi 10.000 millones de dólares que le debía.

Pero también lo es que buena parte de los acreedores de Argentina perdieron dinero, que el país sigue debiendo 9.000 millones de dólares al Club de París, que prácticamente no puede pedir créditos internacionales (y que si lo hiciera tendría que pagar más del doble de lo que paga, por ejemplo, Brasil), que no existía ninguna organización latinoamericana equivalente, ni por lo más remoto, a la Unión Europea y que toda la operación salió bien gracias, en parte, a que coincidió con el despertar de la demanda agrícola en China y en otros países asiáticos. Argentina, como es bien sabido, es una de las mayores potencias del mundo en exportación de granos, especialmente soja, lo que le ha garantizado, durante todo este periodo, un importante superávit fiscal.

Pero el modelo argentino no es el único que existe para hacer frente a la quiebra de un Estado. Habría que recordar que, en 1945, el Reino Unido, exhausto por la guerra, tampoco podía hacer frente a su deuda soberana y que la única forma de no declarar el impago fue el fabuloso crédito que le concedió Estados Unidos, por valor, nada menos, del doble de la economía británica en aquel momento y a un 2% de interés. El plazo fue también inmejorable: los británicos acabaron de pagar hace solo cinco años, en 2006. (El relato de ese último pago se puede encontrar en http://www.nytimes.com/2006/12/28/business/worldbusiness/28iht-nazi.4042453.html).

Aquel crédito, negociado por el propio John Maynard Keynes, fue la demostración de una amistad que el Reino Unido ha honrado, sin fisuras, hasta ahora. Quizá podría servir hoy de modelo para el Gobierno alemán y para la Unión Europea en su conjunto a la hora de comprender lo que supone su ayuda a Grecia y a los otros países afectados por la crisis financiera. No tanto por el importe o por las condiciones de pago de aquel préstamo, sino porque dejó absolutamente claro, en la política y en la economía, en qué consiste una auténtica alianza.

solg@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de julio de 2011