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Reportaje:

Una historia imposible de desenterrar

Obras en un cementerio de Baralla impiden la recuperación de los restos de dos guerrilleros antifranquistas pese a que el cura dejó clara indicación de la fosa

"En el día 4 de abril de 1946, yo el infrascrito por el cura de Santa Cruz do Picato y anejo San Cirilo de Recesende, provincia y obispado de Lugo, mandé dar sepultura en el cementerio de Recesende a los cadáveres de Leandro Llorente Navarro y Obdulio Naves Fernández, éste a la derecha del anterior, la cual se halla situada a dos metros y 20 centímetros de la esquina norte posterior de la iglesia y pegada a la parte norte del cementerio, distando 90 centímetros del árbol viejo de la pared y un metro de la lápida de Antonio González. Para que conste lo firmo, Daniel Fernández Sánchez". Pese a la detallada descripción que ofrecía del "clandestino" enterramiento el cura de la parroquia de Recesende en el municipio lucense de Baralla, los cadáveres de estos dos guerrilleros siguen sin localizar. Probablemente, y es la hipótesis que manejan en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), los cuerpos fueron trasladados a un osario por la ampliación de la necrópolis. "Técnicamente es imposible intervenir por esa razón", objeta el vicepresidente de la asociación, Marco González.

De momento, queda en suspenso el proyecto que iba a llevar a cabo la ARMH tras acceder al expediente de los asesinados, en una causa militar depositada en el archivo de Ferrol. Leandro, conocido como Pepe el Madrileño, y Obdulio, apodado El Asturiano, llegaron a Lugo en 1941, con 20 y 22 años. Eran militantes del PCE y arribaban a esta provincia para establecer contacto con grupos guerrilleros.

En el registro civil de defunciones se identifica al Asturiano como "jornalero" y al Madrileño como "chófer y labrador", los oficios con los que ocultaron su condición de insurgentes hasta que fueron detenidos en 1943, tras caer un comando antifranquista. Pasaron dos meses en prisión y fueron puestos en libertad, pero ya no pudieron disimular más y se echaron al monte, hasta que el 4 de abril de 1946 los mató la Guardia Civil.

Su muerte "cortó la expansión guerrillera en la zona", explica el historiador y colaborador con la ARMH Alejandro Rodríguez. Se considera, por tanto, "vital" desde un punto de vista científico e histórico localizar a los finados para verificar lo que fue la posterior caída del comité provincial del Partido Comunista. "A partir de ese corte, la expansión de la guerrilla no va a tener el desarrollo que tuvo hasta ese momento", sigue el historiador. Con la caída de estos dos guerrilleros se desmoronó toda la "red de enlaces" de León y Galicia como un "castillo de naipes", resume Marco González.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de julio de 2011