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Crítica:PURO TEATRO

Cráneos privilegiados

Luces de bohemia llega más shakespeariano que nunca en el montaje esencial, desnudo y fluidísimo de Oriol Broggi, uno de los indiscutibles platos fuertes del festival Grec. Ocho actores de fuste bordan una gran faena

Quién dijo que el teatro en castellano no interesa en Barcelona? Luces de bohemia, que Oriol Broggi y la banda de La Perla han tenido el coraje de abordar en el Grec (y no es flaco empeño) abarrota cada noche la nave gótica de la Biblioteca de Cataluña, que en sus manos desde hace siete años se ha convertido en una garantía de excelente teatro. De todos los montajes de Luces de bohemia que he visto, el de Oriol Broggi es el más esencialmente shakespeariano: por su fluidez narrativa y por su desnudez escenográfica, que permite agilizar (e imaginar) la constante mutación de escenarios. Hacen la función como si estuvieran en un tablado inmemorial, con los ocho actores metamorfoseándose en la veintena de personajes dibujados por Valle, turnándose también para leer las acotaciones fundamentales. Gradas en herradura, el habitual suelo de arena, dos mesas y cuatro sillas equivalentes de aquellas dos mantas y aquella pasión, y una claridad afiebrada y turbia que multiplica los ecos: la luz de tormenta inminente que rodeó a Lear y a su bufón, el temblor de acetileno del callejón del Gato, el ámbar irlandés de Bloom y Dedalus. Sebastià Brosa y el propio Broggi firman el espacio; Pep Barcons ilumina la travesía. El texto, sólo un poco limado (y con mucho respeto) para quedarse en hora y media, sigue resonando con enorme fuerza. El coco de Valle era una olla de grillos (nihilismo, catolicismo y antisemitismo: curioso cóctel) y así pasó en un pispás de carlista a bolchevique, pero su baldeo regeneracionista de la injusticia, la estupidez y el pringue de la España del XIX no tiene rival. Por virulencia diagnóstica y despliegue polifónico, yo me quedo con Martes de carnaval, aunque Martes no tiene un Max Estrella refulgiendo en su centro. Lluís Soler todavía no ha apurado (¡cómo si fuera fácil!) las múltiples facetas de ese titán canalla y angélico. Transmite de maravilla su cólera, su nobleza y su dolor, pero veo una contención excesiva, un andar mascando el freno, sea por indicación o por el peso de interpretar a uno de los grandes personajes del teatro español en una lengua que no es la suya. Le falta, a mi juicio, majestad e iluminación alcohólica, sobre todo en su final, cuando enlaza la teoría del esperpento con el vuelo alucinado de ver su propio entierro. Esa escena requiere más tensión y más locura: las alcanzará, vistos los mimbres. También ha de subir, soltarse y mutar el Don Latino de Jordi Martínez, un actor que tiene peligro y trabaja siempre con una gran nitidez, aunque me parece demasiado joven para ese rol y demasiado "limpio": el escudero de Max Estrella pide más suciedad moral, más alimañismo, más tambaleo. Vamos con los polimorfos. Manel Dueso encarna, entre otros, a Gorito, el chulo de la Pisa-Bien, a Don Filiberto, el redactor jefe de El Popular, y a Rubén Darío. Tiene mucha gracia y mucha verdad en los dos primeros. Su Rubén rezuma alcohol y temblor y sudor frío, pero le sobra un halo caricaturesco que Valle no pintó: en el dibujo de su maestro hay ironía pero no degradación farsesca. También se mueve como pez en el agua Xavier Boada, un actor de la factoría Boadella que estaba un tanto externo en Questi Fantasmi y que aquí relumbra como Don Peregrino Gay, como el tabernero Pica Lagartos y como el mordaz y redicho Dorio de Gádex. Tiene un gran momento, un añadido de Broggi que en otras manos hubiera sido un chirrido y aquí es un hallazgo perfectamente calzado, digno de Marthaler. Boada interpreta al camarero del Colón y, tras el diálogo entre Max, Latino y Rubén, rompe a cantar, con toda su rabia, con el empellón lírico del primer Paco Ibáñez, La poesía es un arma cargada de futuro: en ese instante y en su voz magnífica, el verso de Celaya parece haber estado siempre ahí, como si el propio Valle lo hubiera escrito. Otro actor aplomadísimo, con la retranca oscura de Eduard Fernández, es Jacob Torres, que pasa del amargo preso anarquista al untuoso Dieguito, el secretario del ministro, y es también el chico de la taberna, y guardia, y acólito modernista. Camilo García nunca ha estado mejor: se desdobla en cuatro personajes tan distintos como el rapaz Zaratustra, el nostálgico ministro de Gobernación, el teósofo Basilio Soulinake y el casi espectral Marqués de Bradomín, y a los cuatro imprime humanidad, humor benévolo y una gran presencia escénica.

Màrcia Cisteró sirve la mejor escena de la función como La Lunares: nunca había exhalado ese personaje tanta belleza y tanto encanto

Vaya otro rendido aplauso para Màrcia Cisteró, una de esas actrices insuficientemente reconocidas y que ofrecen garantía segura de excelencia. Interpreta con parejo voltaje a Claudinita y a Enriqueta la Pisa-Bien, se trasviste como Capitán Pitito y sirve, para mi gusto, la mejor escena de la función como La Lunares, la puta joven que busca encandilar a Max: nunca había exhalado ese personaje tanta belleza y tanto encanto, y nunca ese mano a mano, verdadero oasis en la tormenta, había estado tan bien pautado y tan bien entendido. Marissa Josa, soberbia en Natale in casa Cupiello, lleva a cabo un tour de force transformista: Madame Collet, borracho de taberna, poeta modernista, Serafín el Bonito, conserje de El Popular, la Vieja Pintada y la Madre del niño muerto. Me quito el sombrero ante los bemoles de su múltiple labor y sufro por ella, porque ha de luchar con una fonética catalanísima que enturbia la recepción. Esto sucede también, en cierta medida, con Lluís Soler y con Jordi Martínez, y es un asunto que va más allá del mero acento. No se trata de estandarizar los acentos ni de jugar a "parecer" madrileños: hablo de los ritmos internos, del repiqueteo verbal, de la colocación de ciertas réplicas. Entiendo que si ya es difícil pensar y sentir en un idioma que no es el materno, todavía ha de serlo más moverse en el interior de una prosa tan desacostumbrada como la de Valle, que requiere, como los grandes clásicos, un entrenamiento "de verso". La falta de tradición libra a esta compañía de la caída en los clichés casticistas, pero creo que un trabajo para mejorar la enunciación (si lo ha habido, deberían seguir con él) redondearía los innumerables méritos del montaje. No se lo pierdan.

Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán. Dirección de Oriol Broggi. Biblioteca de Cataluña. Hasta el 24 de julio. grec.bcn.cat.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de julio de 2011