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Análisis:

Tragedia griega inacabada

Hace 2.500 años, Esquilo triunfaba en Grecia con sus tragedias, junto a Sófocles y Eurípides. Veinticinco siglos después, el primer ministro griego, el socialista Yorgos Papandreu, y el líder de la oposición conservadora, Antoni Samaras, son los principales actores de una tragedia inacabada que mantiene en vilo a los 11 millones de griegos y amenaza a los cerca de 500 millones de habitantes de la Unión Europea. Los primeros están en pie de guerra ante un panorama de empobrecimiento sin límites y los segundos observan cómo la crisis helena puede acabar con la Europa del euro.

Las votaciones favorables al llamado Programa de Estrategia Fiscal a Medio Plazo, celebradas en el Parlamento griego el miércoles y el jueves pasados, abren un entreacto más apacible, pero no acaban con el drama que está pasando este país mediterráneo, que sigue al borde de la bancarrota. Los ministros de Economía del Eurogrupo aprobarán los días 3 y 11 de julio la entrega del quinto y último pago del primer fondo de rescate a Grecia (12.000 millones de euros de los 110.000 millones aprobados en mayo de 2010) y, posiblemente, también un segundo plan por otros 100.000 millones.

La UE debe replantearse el modelo de rescate, hacerlo ya y buscar soluciones definitivas

Las cuantiosas ayudas europeas no solucionan los problemas de fondo de la economía helena

Pero el problema no está resuelto. Al contrario, los hechos han demostrado que los planes de salvamento de los países afectados por la crisis de la deuda soberana no funcionan y que hay que buscar alternativas. Grecia, Irlanda y Portugal mantienen sus problemas de liquidez y de solvencia, mientras el contagio sigue afectando a la prima de riesgo de España, Bélgica e Italia.

Grecia ha vivido una larga semana al borde del precipicio, con fuertes revueltas callejeras y sus mercados tan incendiados como las propias calles. Al mediodía del miércoles, Papandreu conseguía una votación favorable al programa de recortes exigido por Bruselas y el jueves repetía triunfo en el Parlamento con la ley para aplicar de forma inmediata las reformas anunciadas. El llamado Programa de Estrategia Fiscal a Medio Plazo supone el segundo ajuste de las finanzas públicas griegas (el primero se aprobó en mayo de 2010) y prevé nuevos ingresos por valor de 78.400 millones de euros, de los que 50.000 provendrán de la privatización de empresas del Estado, y el resto, de aumento de impuestos y reducción de gastos fiscales. Entre estos destaca un nuevo recorte del número de funcionarios (desaparecerán 150.000 de los 700.000 empleos públicos existentes). Un plan de ajuste durísimo a cuatro años (2012-2015) que le permitirá cobrar el último plazo del primer plan de rescate y abrir la puerta al segundo plan.

En total, la UE y el FMI entregarán a Grecia en torno a 210.000 millones de euros en los dos planes de rescate para que este país pueda hacer frente a su deuda externa, que supera los 330.000 millones de euros (un 160% de su PIB).

El problema es que estas ayudas, aunque evitan el default griego, no solucionan los problemas de fondo de una economía condenada a la recesión durante muchos años. Urge, por tanto, un replanteamiento de la estrategia europea para acudir al rescate de los países que, como Grecia, no puedan hacer frente a sus deudas. Y aunque no sea lo políticamente correcto, no va a quedar más remedio que plantearse una reestructuración de la deuda.

El jueves pasado he podido leer dos artículos que aportaban nuevos e interesantes elementos de juicio para entender por qué está fracasando el modelo de rescate europeo y qué habría que hacer para afrontar de una vez por todas el grave problema de solvencia de Grecia.

José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney, comentaba en su blog de Cinco Días que la enfermedad de Grecia, "lejos de mejorar, empeora cada día". Y tras comparar la solución planteada por la banca francesa para refinanciar su deuda griega (alargamiento de plazos y reducción de su exposición) con el Plan Brady, recordaba la solución planteada en 1989 frente a la quiebra de México (con una quita del 35%, consiguió devolver el resto de la deuda en 1996).

Por su parte, Xavier Vidal-Folch publicaba el mismo jueves en EL PAÍS un acertado artículo en el que, además de negar algunas "afirmaciones convergentes de populismo ultraliberal y el progresismo antifinanciero" (como que el rescate a Grecia es solo un rescate a los bancos europeos), planteaba cuatro soluciones técnicas "que equivalgan a condonaciones parciales sin parecerlo". Estas son las posibles vías de actuación:

1. Alargar los plazos de devolución de los créditos.

2. Crear eurobonos que sustituyan a parte de los bonos de los países enfermos.

3. Un fondo presupuestario europeo con mecanismos de integración fiscal.

4. Un impuesto europeo para casos de crisis, para compensar la austeridad y/o estimular la actividad.

Sean estas u otras, la Unión Europea tiene que replantearse el modelo de rescate. Y tiene que hacerlo ya. Ni los países más ricos de Europa, ni, por supuesto, los periféricos pueden aguantar semanas como las dos últimas, en las que los inversores financieros han zarandeado sin piedad los mercados de deuda soberana y las Bolsas de valores.

¿Qué hacer? En primer lugar, la UE deberá conseguir "una voz clara y única sobre la crisis de la deuda soberana", como pedía el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Tim Geithner, en una conferencia telefónica con los líderes europeos hace 10 días. El enfrentamiento entre la Comisión, el Banco Central Europeo y los líderes de Alemania y Francia no hace sino echar más leña al fuego.

Pero, además de lograr un consenso, hay que buscar soluciones definitivas. Y les guste o no a las agencias de calificación, cualquier solución pasa por una reestructuración (o un sucedáneo) de la deuda griega. Todo lo demás será mantener subido el telón mientras continúa la tragedia griega.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de julio de 2011