Columna
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Políticos

Primer plano de una muchacha rubia, un joven de barba rizada, otro con cola de caballo. Están callados, en actitud expectante, hasta que sus manos empiezan a moverse, a ondear en un océano de brazos levantados y manos abiertas. La cámara avanza entre ellas hasta detenerse en una escalinata por donde suben a toda prisa unos cuantos señores impecablemente trajeados, protegidos por una muralla de agentes antidisturbios. El espectador sabe ya que, entre los recién llegados, algunos están imputados en una gigantesca red de corrupción y tráfico de favores. Sin embargo, logran llegar al interior y tomar posesión de sus cargos ante un crucifijo.

Nadie había visto hasta ahora el principio de esta película, pero su final es muy conocido. Se parece tanto a El Padrino III, que si sucediera en Roma, y no en Valencia, bien podría resultar la cuarta entrega de la serie. Para la banda sonora, me quedo con el grito coreado en Madrid, ante el Congreso de los Diputados: "Llevamos la razón, y lo sabéis". Al relacionar esa advertencia con una actuación policial desproporcionada, que pretende fundarse en una agresión a las instituciones que ninguna cámara ha logrado recoger, la única conclusión posible es que la razón y las manos abiertas se han convertido en armas peligrosas para un Estado democrático.

La clave de esta película no es una respuesta, sino una pregunta. ¿Quiénes están haciendo política, los que gritan fuera o los que juran dentro? Según el diccionario, ambos por igual. Político es quien "interviene en las cosas del Gobierno y negocios del Estado", tanto como el ciudadano "cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, su voto o de cualquier otro modo". Que ambas definiciones se hayan vuelto incompatibles es responsabilidad de los primeros. Por eso, los historiadores del futuro tratarán mucho mejor a los segundos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 13 de junio de 2011.

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