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Elecciones municipales

Desigualdad, mercado y campechanía

1. En las elecciones generales de 1996, los sondeos daban ganador a José María Aznar. El aval político de Felipe González, fuertemente desgastado por asuntos tan espinosos como los GAL y los sorprendentes desfalcos del entonces exitoso mandamás de la lucha antiterrorista Luis Roldán, allanaba el camino del Partido Popular a La Moncloa. Ante tal posibilidad comenzaba en las filas de la izquierda a incubarse el miedo al retorno del autoritarismo. En las tertulias de amigos el asunto adquirió ribetes contrapuestos. Algunos se encomendaban a que los indecisos dieran un vuelco de última hora, como había sucedido en las elecciones de 1993, y otros nos preguntábamos por qué no podía gobernar el PP. ¿No estábamos en una democracia consolidada? ¿No tenía el PP el mismo derecho, si así los electores lo consideraban, a encabezar un Ejecutivo de derechas (aunque en las campañas electorales se afanaron en convencer y convencerse de que eran de centro)? Al final, los conservadores ganaron aunque no por mayoría, situación que necesitó de acuerdos parlamentarios para la investidura de Aznar. Claro que después vino lo que vino. Mientras Aznar sellaba con Jordi Pujol su repentino amor por Cataluña, nos endilgaba su obsesión por el déficit cero, permitía la entrada masiva de mano de obra barata (a la que ahora el mismo PP, en época de vacas flacas, estigmatiza y compara con la delincuencia) para el enriquecimiento veloz del empresariado español más inescrupuloso.

Me sorprendió que Trias reconociera que apenas lee un libro al año, a lo mejor eso tiene que ver con lo campechano que es

Si relato todo esto no es por un impulso nostálgico, sino porque ahora se da en Barcelona una situación de características parecidas a las de 1996, como mínimo de parecidas características emocionales. Los sondeos dan una victoria de Convergència i Unió. Y me hago la misma pregunta. Después de 32 años de gobierno municipal socialista, con mayores o menores apoyos de otras fuerzas de izquierdas, y con errores de gestión, algunos de bulto como el referéndum de la Diagonal, ¿no tiene también derecho la coalición nacionalista a gobernar el Consistorio barcelonés? Lo tiene. La alternancia es una ley no escrita de obligada salud democrática. ¡Que viene la derecha! no es un argumento político de peso, sobre todo en tiempos en que los márgenes de actuación para neutralizar los desmanes de los mercados bursátiles, las multinacionales, las grandes fortunas mundiales y las dudosas agencias de calificación de la deuda pública difuminan las diferencias entre una política adecuada de la socialdemocracia y otra de la derecha liberal. Lo que sí es un argumento irrefutable es lo que el partido en la Generalitat, y ahora aspirante a la alcaldía de Barcelona, ha puesto en marcha, en muy pocos de meses de gestión, con una alarmante insensibilidad hacia los sectores más desfavorecidos. En Barcelona, mientras, crece el número de pobres, y el endeudamiento pasivo (ese segmento de pobres que necesitan endeudarse para llenar el carrito de la compra). Y el número de parados jóvenes, cualificados, muy cualificados y no cualificados. Y aumentan las colas de gente que necesita que le den gratis una comida al día.

2. Hay campechanías y campechanías. El cantante Bertín Osborne es un tipo tan campechano que un día se lavó los pies en un plató de televisión. Xavier Trias también es una persona que rebosa campechanía, pero la suya tiene más estilo. De todos modos, me sorprendió que reconociera en una entrevista que apenas lee un libro al año, a lo mejor eso tiene que ver con lo campechano que es. El candidato convergente usa y abusa de un concepto economicista que sale de las escuelas de negocios: el liderazgo. Y reprocha machaconamente al alcalde Hereu su falta de carisma y que no sea un líder. Para seguir atendiendo las necesidades de los más desprotegidos de la ciudad, no hacen falta ni campechanos, ni líderes ni carisma, y sí un elemental principio de realidad social que se traduzca en más impuestos a los que más tienen y una mayor profundización en la sociedad del bienestar.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 2011