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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Feria, 'Ich liebe dich'

La 70ª Feria del Libro de Madrid se anuncia con una frágil escalera de nueve peldaños que ha dibujado el maestro Alberto Corazón. Apunta al cielo, como la soñada por Jacob en Betel, pero por ella no suben ni bajan ángeles, ni siquiera lectores (los ángeles de los libreros). La iconografía abunda en el símbolo: ascenso y descenso, éxito y fracaso. Sugiere el diseñador que la lectura es una experiencia cinética: por un peldaño se asciende a otro. También lo decía a su modo el filólogo Leo Spitzer: leer es haber leído. Este año, el país invitado es Alemania, por eso el título. Quizás debiera haberlo completado con la otra parte del verso (de K.F.W. Herrosee) con que se inicia la preciosa canción de Beethoven Zärtliche Liebe (Tierno amor): "Te amo, como tú me amas a mí", diría la traducción. Pero, como probablemente recuerden algunos de mis improbables lectores, desde hace tiempo mantengo una relación conflictiva con la Feria. Claro que este año, y con la que está cayendo, me he puesto blando y sentimental, y estoy dispuesto a pasar por alto muchas cosas. No todas, sin embargo. Sigue pareciéndome aberrante la incestuosa relación financiera y jurídica que mantiene la Feria con el Gremio de Libreros de Madrid (GLM), subrayada por el hecho de que ciertos gastos de estructura del segundo vienen financiados por la primera. Hasta que el GLM -a quien nadie discute su primacía- no ponga en marcha una fundación que confiera a la Feria entidad jurídica propia, no se disiparán viejos recelos. Este año hay alguno nuevo, como el de bastantes libreros generalistas ante la decisión de la comisión organizadora de reservar a las librerías especializadas el mejor tramo de la Feria. Si algunos lo hubieran sabido con antelación, se habrían asociado con los privilegiados (algo tan absurdo como posible) o, quizás, no hubieran abonado los 1.500 euros que les cuesta la caseta. En esta edición tampoco habrá información bibliográfica: el ISBN ya no depende del Ministerio de Cultura, y el GLM no parece dispuesto a plantar una caseta donde los usuarios puedan acceder a su flamante base de datos (www.todostuslibros.com). En el año dedicado a las relaciones culturales entre España y Rusia, Alemania es el país invitado, lo que no constituye precisamente un prodigio de coordinación. Si desean conocer el programa alemán consulten la página del Goethe Institut de Madrid, aunque les adelanto que vienen, además de otros más jóvenes, los notables seniors Safranski y Enzensberger. Lo que menos me gusta, por su ambigüedad, es el logo pretendidamente ingenioso que se han inventado: ¡AleManía! (sic). Por lo demás, espero que esta feria inicie el final de un annus horribilis para los libreros, que son, junto con los distribuidores, el eslabón aparentemente más débil en la transformación del sector que traerá la implosión digital. De repente, todo parece puesto en cuestión: desde el modelo de negocio hasta el melón del precio fijo. Caen o peligran grandes cadenas transnacionales (Borders, Waterstone's) y, al mismo tiempo, surgen aquí y allá pequeñas librerías imaginativas que apuestan por crear nuevos espacios de encuentro. Se publican elegías por el libro de papel y, simultáneamente, los editores continúan absortos en una sobreproducción de títulos que agobia a los libreros y desconcierta a los lectores, mientras Amazon, el primer librero del planeta, anuncia su aterrizaje en España (con su lector kindle muy perfeccionado), y la Fnac y La Central feltrinellesca otean nuevos locales en Madrid. Tiempos confusos en los que todo lo que era sólido parece desvanecerse en el aire. De modo que la Feria, que ya es septuagenaria, se convierte en un punto de referencia. Aunque sólo sea por eso, cumplamos con la tradición, subamos todos los peldaños de la escalera y acudamos a comprar nuestra lista de libros al Retiro. Tanto en las casetas que estén a la sombra como en las (no especializadas) que se estén torrando al sol que más calienta.

Islas

Hay islas que no existen (San Borondón), otras en las que uno nace, algunas que alguien compra para jubilarse en ellas (Mel Gibson o Johnny Depp han adquirido la suya) y otras que se heredan y se gobiernan desde lejos y sin convencimiento (Marías y su Redonda). Recuerdo que Marlon Brando, que quizás envidiaba a Stevenson, compró Tetiaroa, en la Polinesia Francesa, y se exhibió en aquel lujuriante paraíso magreando con la exótica Tarita, uno de los mitos eróticos de mi juventud. Ahora sus emprendedores hijos derechohabientes se han puesto de acuerdo para construir allí un resort (¡horror!) y sacar pasta gansa. En el fondo hay tantas islas como imaginaciones, porque "una isla es una porción de tierra rodeada de Deseo por todas partes". Pienso en todo ello -y en las islas reales y en la metafísica de las islas- mientras leo el indefinible Cuaderno de las islas (Lumen) de Andrés Sánchez Robayna, un dietario sin fechas, ni principio, ni final, que incluye un apéndice de poemas ajenos "que abordan la condición isleña". Libro sabio y sugerente, en el que he subrayado especialmente un aforismo que hago mío: todos los insulares son mitólogos (y añado: y también mitómanos). Otro libro que me llevaría a mi isla desierta (junto con la Utopía de Moro, Robinson Crusoe de Defoe y La isla del doctor Moreau de H. G. Wells).

Tristezas

Si leen esto el sábado, que cae en jornada de reflexión, ya estará todo el pescado vendido. Algunos indecisos seguirán siéndolo, salvo los que hayan decidido que tienen que decidirse (tapándose la nariz con la mano izquierda mientras depositan la papeleta con la derecha), y ya no quedará más que esperar hasta el domingo para calibrar el tamaño de la catástrofe anunciada. Con Europa cuestionándose a sí misma a causa de la nueva xenofobia sobrevenida (¡cerrad las compuertas, que vienen los otros!, ¡inmersión!, ¡todo a estribor!), la (llamada) izquierda asistiendo desconcertada a su hundimiento, y la derecha tradicional tan crecida como para no sentirse incómoda con el griterío de sus votantes pos-neofascistas y tedetinos, lo cierto es que se avecinan tiempos duros. Eso sin contar con que ahora llegarán los ajustes sin eufemismos, los que avalan las urnas y golpearán más a los más golpeados, mientras Camps sigue sentado en su trono, con su imputado pie reposando en el almohadillado escabel de la absolución electoral, como si de un pequeño Berlusconi se tratara. Estos días leo Bailando al borde del precipicio (Turner), de Caroline Moorehead, una apasionante biografía de Lucie de la Tour du Pin (1770- 1853), una aristócrata que tuvo a bien escribir sus memorias y contar en ellas sus impresiones acerca de los convulsos tiempos que le tocó vivir, desde los días dulces (sólo para su clase) de antes de la Revolución que puso su mundo boca abajo hasta la Restauración que volvió a ponerlo al derecho, pero de otro modo, porque ya nada volvería a ser igual: revolución, guerra, terror, lejanos exilios, restauración. La peripecia de una mujer que es también la historia de una época a través de su mirada. En realidad, siempre estamos de un modo u otro bailando al borde del precipicio. Y confiando en que no pare la música. Perdonen la tristeza (tan pequeñoburguesa, me temo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 2011