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Crítica:DORMIR

Hostelería en familia

Castillo de Gorraiz, lujo en Pamplona durante generaciones

La historia de este complejo hotelero a las afueras de Pamplona, junto al club de golf Gorraiz, no puede entenderse sin hacer alusión a la familia Díez de Ulzurrun, originaria de la Venta de Ultzama, donde ya van por la cuarta generación de hosteleros hacendosos y cabales hasta la médula. Fiel a una tradición que se remonta a 1896, Felisa Goñi supo transmitir a sus tres hijos el amor por las cosas bien hechas y la cultura del esfuerzo, por muy boyante que les fuera el negocio. Este denuedo por la hospitalidad a pie de obra les ha llevado a levantar con éxito un hotel de lujo en la misma finca donde años atrás afianzaron el restaurante especializado en bodas del Castillo de Gorraiz, un palacio del siglo XVI acondicionado al gusto popular de quienes contraen matrimonio en la capital navarra.

CASTILLO DE GORRAIZ

PUNTUACIÓN: 8

Categoría: 4 estrellas. Dirección: avenida de Egües, 78. Pamplona 31620. Teléfono: 948 33 77 22. Internet: www.cghotel.es. Instalaciones: garaje, jardín, salón de estar, 3 salas de convenciones para 150 personas, lounge, bar terraza, restaurante. Habitaciones: 47 dobles con calefacción, aire acondicionado, satélite, wifi, minibar, secador, zapatillas de baño. Servicios: algunas habitaciones adaptadas para discapacitados, animales domésticos no permitidos. Precios: desde 105 euros, IVA y desayunos incluidos; fin de semana para dos, 220 euros, desayuno, cena y spa.

El edificio atrapa por su fachada limpia y precisa, en piedra y hormigón, terciada por una piel semitranslúcida que despista a los acólitos del castillo original y atrapa a los forofos de la arquitectura contemporánea. El interior presenta alguna torpeza formal que conviene juzgar con benevolencia; por ejemplo, la insuficiencia de volumen en el vestíbulo-recepción, diseñado para un hotel de menor categoría y capacidad. Porque el capítulo decorativo no puede ser más llamativo. Muebles de terciopelo y maderas nobles, espejos neobarrocos que podrían estar firmados por Philippe Starck, arañas de anticuario, alfombras como de largometraje... Y, sobre todo, la celebrada profusión de cuadros de Manolo Valdés, bien apreciado en esta casa.

Nadie sale del hotel sin la sugerencia de algún hermano Díez de Ulzurrun para visitar el spa, una planta más abajo, en la misma tónica sensorial, hospitalaria y silenciosa, en un ambiente ámbar que facilita el estado zen. Su usuario principal es la clientela de empresas vinculadas a Navarra.

Las mejores habitaciones miran al campo de golf, un swing de verdor que se instala entre los cubrecamas de plumón desde el momento de abrir la puerta. Los colchones, de buen apresto y mejor grosor, hacen el resto. La mitad de las habitaciones ofrecen un cuarto de baño con ducha y la otra mitad tienen bañera. En todas, la calma interior es un derecho adquirido gracias a la calidad de los materiales y a la insonorización meticulosa del edificio, aun cuando se estén celebrando en el castillo adyacente cinco bodas al tiempo.

Con todo, el plato fuerte del hotel es su oferta culinaria, basada en la generosidad de la huerta navarra y en la entrega personal de los hermanos Díez de Ulzurrun, que, en cuanto les deja un poco de tiempo libre el servicio de banquetes, se apresuran a tomar la comanda ellos mismos de mesa en mesa. Ellos simbolizan el verdadero lujo de la hostelería en familia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de mayo de 2011