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La posibilidad de la soberanía

Los movimientos políticos, ideologías, incluso modelos económicos, tienen su origen en agresiones, o más correctamente dicho, amenazas de dominación, que se ejercen o pueden ejercerse contra determinados colectivos. Tales agresiones, amenazas o relaciones de dominación pueden ser reales o simplemente percibidas. No importa. Los ejemplos son abundantísimos, desde los optimates de la República, como reacción ante los reformistas sociales como los Gracos, Mario o Cesar, hasta los movimientos socialistas, utópicos como Fourier o posteriores, marxistas de principios del siglo XX frente a la explotación del proletariado resultante de las revoluciones industriales. Tales movimientos o ideologías son reaccionarios o revolucionarios, simplemente por procurar un cambio del statu quo o simplemente por querer mantenerlo. Así, se habla con propiedad de la revolución neoliberal de Hayek, Milton Friedman y los monetaristas de la Escuela de Chicago que se sienten agredidos por la intervención y un mínimo control estatal de los mercados.

No querer romper el modelo económico parece incompatible con el soberanismo

El nacionalismo como pensamiento o ideología tampoco es ajeno a este análisis. El pensamiento romántico del siglo XIX que desembocó en el historicismo y después en los movimientos nacionalistas reacciona frente a la idea de una razón universal por la que los pueblos debían sentirse agredidos y, por tanto, sometidos a una relación de dominación como naciones.

Centrándonos en lo más cercano. El nacionalismo vasco y el nacionalismo español tienen en común el verse agredidos por el contrario, que encarna para el otro el mal en sí mismo y se perciben recíprocamente como una amenaza y hacen de ésta su clave ideológica.

¿Es posible entonces predicar un nacionalismo de izquierdas, en otras palabras, una izquierda abertzale? También puede plantearse en otros términos: ¿el concepto de soberanía nacional puede tener contenido ideológico o es concepto unívoco?

Para contestar a esta cuestión, debemos acercarnos aunque sea someramente a la situación actual y a las relaciones de dominación que presiden nuestro momento histórico. Hoy en día es innegable que asistimos a un incremento exponencial de situaciones de pobreza, de exclusión o de situaciones de riesgo de exclusión. Crecen los casos de desahucio por ejecuciones hipotecarias y por impago de alquileres, crecen las situaciones personales que requieren auxilio público y privado para las necesidades más básicas, bancos de alimentos. No sólo es el paro el que genera pobreza. Ya se ha definido una nueva categoría, el working poor, es decir, trabajadores con empleo cuya retribución es insuficiente para sacarlos de una situación de pobreza.

Frente a esta coyuntura, los Gobiernos se han declarado impotentes y han delegado su función en los llamados mercados, que imponen las medidas de siempre: reducción del gasto social, bajada de impuestos, desregulación, reforma laboral y privatización de servicios públicos. La reducción del gasto siempre va por la vía del copago y no por la reducción del gasto militar. La competitividad de las empresas subordina el salario de los trabajadores y no los altos beneficios, que además se ven protegidos fiscalmente.

Se trata de una política económica que ha sido impuesta, que no sólo se impone en Grecia, Portugal o Irlanda. El concepto de soberanía nacional queda bastante desdibujado. Ante esta situación la reclamación de soberanía cobra un nuevo significado. La soberanía ejercida al modo islandés, en que una decisión participada por vía referéndum de un pueblo es capaz de sobreponerse a la dictadura de los mercados, nada tiene que ver con una reclamación de soberanía que pretende continuar con el modelo actual. Incluso no pretender una ruptura del modelo económico parece, desde este punto de vista, incompatible con una aspiración soberanista. El modelo económico que representa aquí el nacionalismo institucional, por tanto, carece de un contenido ideológico y únicamente tiene su base ideológica en la confrontación con el nacionalismo español, sin que realmente uno de ellos sea una verdadera superación del otro.

Sólo desde la lucha contra la pobreza, desde el mantenimiento de unos servicios públicos y no privatizados, adquiere sentido el concepto de soberanismo. El marco laboral propio, como reclamación, sólo es real si se trata de reivindicar un contenido distinto, y no la mera capacidad de aplicar sin discusión los mandados del FMI. Lo mismo cabe decir desde aspectos correspondientes al establecimiento de condiciones reguladoras del mercado.

Sólo desde una perspectiva ideológica cobra sentido la reclamación nacional. Si lo que se trata es de hacer seguidismo de las políticas del Estado, impuestas desde fuera o no, para nada hace falta la soberanía. Esta sólo es precisa si se quiere realizar una transformación de la sociedad. La confrontación entre constitucionalistas y el nacionalismo institucional es falsa en sí misma, pues ambos comparten el modelo de sociedad.

Desde otro punto de vista, superar la dictadura de los mercados no es sencillo. Sólo la democracia participativa ha podido hacerlo; nos referimos nuevamente al modelo islandés. La soberanía, por tanto, no puede quedarse en la aspiración de mantener unas mismas estructuras de representación únicamente indirecta que se han visto superadas por un poder, como el de los mercados, ajeno al control democrático.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 24 de abril de 2011.

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