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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

Andersen habla a los niños de España

El autor danés 'escribe' a sus jóvenes lectores para celebrar la literatura y contarles cómo fue seducido por aquellas narraciones donde los personajes siempre terminaban encontrando la manera de salir adelante

Queridos niños: No es esta la primera vez que visito España. Lo hice hace mucho, mucho tiempo, cuando ni siquiera vuestros padres, abuelos y tatarabuelos habían nacido. La verdad es que soy ahora tan viejo que prefiero no deciros los años que tengo para no asustaros. Pero hay una razón para que esta mañana esté con vosotros y si sois un poco pacientes enseguida la conoceréis.

Viví en Dinamarca, un hermoso país que está situado al norte de Europa. Copenhague, su capital, está llena de tranquilos canales en los que se reflejan sus blancas casas como en el espejo más limpio. A la orilla del mar hay una estatua de la Sirenita, que entre todos los personajes de mis cuentos es el que prefiero. Es una estatua delicada y bonita, que siempre está rodeada de turistas. Todos quieren hacerse fotos con ella, pues les recuerda la historia dulce y triste de ese amor que ninguno dejamos de buscar.

Escuchaba con interés y amor las historias de mi abuela, llenas de prodigios y misterios

Ninguna vida se basta a sí misma. Para cumplir nuestra tarea necesitamos la compañía de los demás

Odense, la ciudad en que nací, está situada en una pequeña isla, y yo viví con mis padres en un barrio de casas que parecen de juguete y que todavía se conserva. Han transformado mi casa en un museo. Allí están mis libros, traducidos a todas las lenguas del mundo, mis muebles, mis ropas, mis dibujos y mis recortables. Entre esos recortables están los vestiditos de papel que hice para mi amiga Jenney Lind. Era una gran cantante y como nunca me hizo demasiado caso yo dedicaba las noches a dibujar preciosos vestidos para ella. Así entretenía mis penas, pues gracias a la imaginación podemos recuperar todo lo perdido en el mundo exterior.

Sé, porque me lo han dicho, que también vosotros amáis los cuentos, y mi vida es como uno de esos cuentos que os gusta escuchar. Mi padre era zapatero y mi madre una lavandera tan pobre que de niña había tenido que mendigar por las calles. Sin embargo, los dos me cuidaban y me llenaban de mimos. ¿Sabéis lo que decía mi padre? Que la mejor escuela es la felicidad. Por eso fabricaba para mí pequeños juguetes de madera, dibujaba monigotes y, sobre todo, me leía libros. Siempre recuerdo a mi padre con un libro en las manos, pues le gustaba mucho leer y comentar conmigo sus historias preciosas.

Vivíamos en casa de mis abuelos. Mi abuelo estaba enfermo y los chicos del pueblo le insultaban y se reían de él, lo que a mí me hacía sufrir. Mi abuela trabajaba en un asilo. Cuidaba a los ancianos y se ocupaba del jardín, de donde traía cada día ramilletes de flores que sembraba en cajones. A veces me llevaba con ella, y a mí me gustaba sentarme con las ancianas y escuchar sus historias. Eran historias llenas de prodigios y misterios, que yo escuchaba con interés y amor, pues sus personajes siempre terminaban encontrando la manera de salir adelante. Pero mis padres murieron pronto y yo me quedé huérfano. Fue cuando abandoné el pueblo y me fui a vivir a Copenhague. Me gustaba escribir y quería trasformarme en alguien famoso. Escribí novelas y obras de teatro que apenas gustaron a nadie, y muy pronto empecé a publicar cuentos como aquellos que me contaban las ancianas del asilo en que trabajaba mi abuela. No los escribía solo para los niños, pues quería que también los mayores los pudieran disfrutar.

Mis cuentos tuvieron mucho éxito y hasta los príncipes y los reyes me recibían en sus palacios deseosos de escucharlos. Y yo siempre pedía que invitaran a los hijos de los criados, los jardineros y los mozos de los establos, porque cuando veía sus caritas escuchándome me acordaba de mi padre leyéndome aquellos cuentos que decían que siempre hay un lugar en el mundo donde los niños pueden ser dichosos y dejar de tener miedo.

Pero antes os he dicho que os iba a contar la razón de que hoy esté hablando con vosotros, y ha llegado el momento de hacerlo. Veréis, siendo todavía un niño, un día llegó a mi ciudad un regimiento de soldados españoles. Participaban en la guerra junto a Napoleón y levantaron su campamento en las afueras de la ciudad. Los niños nos acercábamos a verles, pues nos gustaban sus uniformes y la manera tan marcial en que desfilaban. Y recuerdo que uno de ellos se fijó en mí. Los otros niños se metían conmigo porque era pobre y mis ropas viejas, pero él me miró como si portara una llama en la frente. Llevaba una medalla de plata sobre su pecho desnudo, y tras cogerme en sus brazos se puso a dar saltos y a bailar, sin poder contener las lágrimas, porque tenía hijos en España y al verme se había acordado de ellos.

Y desde entonces quise visitar vuestro país. Lo hice cuando tenía 40 años, y me pareció el bello país que había imaginado. Pero aún tuvo que pasar mucho tiempo para que oyera hablar de que todos los años, a comienzos del mes de abril, en muchas de las ciudades de España los niños se reunían para celebrar mi cumpleaños. Y me acordé de aquel soldado, y quise regresar de nuevo a vuestro país para ver si era cierto. Y vi que en todas sus bibliotecas estaban mis cuentos, y que incluso había plazas y calles que me habían dedicado, pues historias como La pequeña cerillera, La sirenita, El patito feo o La reina de las nieves eran muy queridas por todos vosotros. Y como podéis suponer, esto me hizo muy feliz, pues es en los cuentos donde viven nuestros deseos.

¿Y sabéis por qué esta mañana estoy aquí con vosotros? Para deciros que todos los niños que aman los cuentos pertenecen al mundo de las rosas. Un mundo que nos dice que ninguna vida se basta a sí misma, y que para cumplir nuestra tarea en el mundo necesitamos la compañía y el amor de los demás. Hace años escribí un cuento que hablaba de todo esto, titulado El caracol y el rosal. El caracol presume de la casa que lleva consigo, de los graves asuntos que le ocupan en su encierro, y reprocha al rosal su desordenado crecimiento, sus cambios estacionales, el derroche de sus rosas. Pasa el tiempo y los dos se hacen viejos. Pero mientras que la existencia del caracol se vuelve cada vez más vacía e inútil, el rosal encuentra en sus recuerdos una inesperada fuente de felicidad. Es verdad que se siente pobre y cansado, y que sus ramas ya apenas dan flores, pero le basta con recordar alguno de los momentos de su vida para recuperar la alegría. Y se acuerda de aquella vez que alguien hizo con sus flores un precioso ramo, o de aquella otra en que una muchacha guardó los pétalos de una de sus rosas entre las páginas de un libro, porque le recordaban a un amor ya perdido, o de tantas primaveras en que sus flores adornaron los paseos y alegraron los ojos de las parejas, los ancianos y los niños. Sí, todos los niños pertenecen al mundo de las rosas, no de los caracoles. Esta es la razón de que no puedan parar quietos y necesiten estar en la orilla de los caminos y recibir los corazones de los que pasan, como se recibe esa copa que calma la sed, para sentirse alegres y felices.

Y esto he venido a deciros, que también vosotros debéis ser como aquel soldadito de plomo tan enamorado. Entonces perteneceréis al mundo de las rosas, y llenaréis de risas y bellos recuerdos la memoria de vuestros padres y de todos los que os aman. Y yo seré muy feliz de haber contribuido con mis cuentos a tan alegre locura.

Gustavo Martín Garzo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de abril de 2011