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Reportaje:FÚTBOL | El clásico continúa

El grito de Iker

El capitán del Madrid inyectó coraje a la plantilla, aturdida tras los tropiezos en la Liga, para que no dejara escapar la Copa frente al Barcelona

Hay algo marcial en Iker Casillas. Una severidad en la disposición de ánimo, un laconismo, una austeridad en los gestos que quizás heredó de sus predecesores, Raúl y Hierro, sin quererlo. El hombre es hermético. No deja escapar emociones. Fue asimilando alegrías y sinsabores con aparente serenidad, sin decir nada. La capitanía ha acentuado estos formalismos, quizá aprendidos en casa, en donde padres y abuelos practicaron la vocación de servicio público. Es muy extraño verle expresar sus sentimientos abiertamente.

La tarde del 2 de abril, quienes le acompañaron al vestuario del Bernabéu tras el pitido final, asistieron a una de esas transformaciones. Consciente de que el Madrid acababa de perder la Liga, tras la derrota contra el Sporting (0-1), la válvula que contiene la presión en el cerebro del portero saltó por los aires. Dirigiéndose a todos, pero sobre todo a Mourinho, Marcelo y Pepe, Casillas comenzó a gritar algo así como un mensaje codificado de rabia:

"¡A ver si nos dejamos de cachondeo!", dijo el portero tras perder contra el Sporting

-¡Ya veréis cómo mañana no se ríe nadie! ¡A ver si nos dejamos de risa y de cachondeo y nos tomamos las cosas en serio! ¡Porque hoy no hemos entrado en el partido en serio! ¡Siempre igual...!

Alarmado, Zidane, consejero de Mourinho, acudió a templar los ánimos de su excompañero.

-Tranquilízate, Iker.

-¡Tranquilízate y una polla!, replicó el portero.

Mourinho asistió atónito a las manifestaciones del jugador. Hay dos cosas que sacan de quicio a Casillas. Que le metan un gol y que le confirmen que ha perdido un campeonato. Esa misma tarde Miguel de las Cuevas le había hecho un gol que prácticamente sepultaba las posibilidades madridistas de ganar la Liga. Ante la toma de conciencia del percance, el portero reaccionó contra la falta de ambición de su equipo en el partido. Inmediatamente, asoció la dejadez a ciertas muestras de frivolidad de Pepe y Marcelo, los bromistas de la plantilla, muy unidos a Cristiano y a Mourinho en los corros que se forman cada mañana, antes de entrenarse. La filípica fue por ellos y fue para todos. El 2 de abril al Madrid se le acabó el tiempo de las especulaciones.

Si hay un jugador que ha experimentado el peso de la responsabilidad ha sido Casillas. A sus 30 años, es la primera temporada que ejerce como primer capitán y lo hace en solitario tras la marcha de Raúl. Aglutina los viejos valores frente a la llegada de Mourinho y sus lugartenientes. Es el líder del grupo de españoles, siempre un poco menos valorado por el técnico, que se siente más cómodo tratando con Cristiano, Di María, Marcelo o Pepe.

Casillas se había impuesto la conquista de la Copa y trasladó esa urgencia al resto de la plantilla. "Es una prioridad", dijo hace poco. Era el único título que se le había resistido a su generación. Y era un reto particular. De modo que, tras perder dos finales en 2002 y 2004, afrontó la final de Mestalla con la conciencia de estar ante un momento irrepetible. Con la clase de tensión competitiva que le caracteriza. Como dijo ayer un dirigente del Madrid: "A Casillas se le pueden detectar carencias como portero, pero cuando llegan los momentos importantes, con él la pelota no entra".

Entre el clásico del sábado y la final del miércoles, el Barça remató nueve veces entre los tres palos del Madrid. No remató cualquiera. Messi tiró cuatro veces, Villa tres, Iniesta una y Pedro una. Casillas hizo ocho paradas. La única pelota que fue dentro fue la del penalti de Messi en el Bernabéu.

El entramado defensivo de Mourinho atenazó al Barça en el medio campo en la primera parte de la final. Durante un tiempo, Casillas vivió al amparo de diez compañeros que salieron a presionar arriba, con la misión especial de tapar el inicio del juego rival, para que ni Piqué ni Busquets salieran tocando cómodos. Pero cuando la barrera se aflojó y el Barça llegó en tromba, en la segunda parte, su intervención se hizo imprescindible. Cuando Messi gastó su última bala, un zurdazo raso, fuerte al segundo palo, el portero estiró el brazo con el alma para desviar la trayectoria de la pelota y alzar la Copa del Rey. "Si se hubiera cortado las uñas no llegaba", bromeó ayer un compañero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de abril de 2011