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Crítica:

Los renuevos del viejo Humanismo

Así como las traducciones de los clásicos deben renovarse periódicamente para sacudirles las polillas, la historia de la literatura requiere ser reescrita de tanto en tanto, aunque sin caer en el adanismo consistente en partir de cero. Al cabo, la historia cultural construye el pasado desde un presente que obedece a valores contingentes y fungibles, ellos mismos históricos, y registra "un proceso continuado de cambios pero también una tendencia a la solidificación de estructuras", según recuerda José-Carlos Mainer en un preliminar a la Historia de la literatura española que dirige. Este toma y daca se inclina unas veces a la consolidación de estructuras, como cuando se estudia el siglo XVI, y otras al dinamismo del cambio, como cuando se analiza la literatura actual. Esto es lo que sucede en el volumen 7 de dicha Historia, cuyo título, Derrota y restitución de la modernidad, resume la idea que sus autores, los profesores Jordi Gracia y Domingo Ródenas, tienen de la evolución estética entre 1939 y 2010. La guerra supuso un "atroz desmoche" de la vida intelectual -la derrota del título-, como escribió Laín a propósito de la universidad en Descargo de conciencia (más una justificación exculpatoria, muy a toro pasado, que una retractación); pero muchos escritores salieron de la humillación franquista -la restitución- bastante antes de que pudieran hacerlo del franquismo.

Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010

Jordi Gracia y Domingo Ródenas

Crítica. Barcelona, 2011

XVI + 1.184 páginas. 39,50 euros

De los nueve volúmenes proyectados, algunos ya publicados, este es el que presentaba dificultades mayores. El estado líquido de lo contemporáneo exige del historiador, cuando no exista doctrina incontestable, vigilancia crítica para no dejarse arrastrar por las ocurrencias, las complicidades amicales, el prejuicio ideológico, el prurito de originalidad a toda costa o los lugares comunes. Pero también se precisa responsabilidad, pues lo que aquí se ofrece es el esbozo del canon futuro. Cabría cuestionar la pertinencia de tratar, con el mismo patrón que el usado para la literatura precedente, la de los últimos... digamos cinco años, cuyo conocimiento es por fuerza más limitado y tributario del azar. Por lo demás, y salvados esos ultimísimos años, contamos con ediciones y análisis fiables. Por fortuna, tras el engrudo estructuralista y posestructuralista de hace cuatro décadas, la situación de los estudios filológicos ha cambiado apreciablemente. Ahora el peligro es la ausencia de jerarquías, y ya se sabe que los espacios vacíos tienden enseguida a ser ocupados: si la historia no la hacen los historiadores, la harán los publicistas, los periodistas, los conciliábulos de escritores, los premios, los intereses editoriales o, qué sé yo, el ministerio del ramo.

Ante la imposibilidad de leerlo todo, es imprescindible escoger bien las autoridades en las que apoyar el juicio propio; y eso lo han hecho admirablemente Gracia y Ródenas. Dicho lo cual, los firmantes de este volumen, entre cuyos méritos no es el menor el que parecen escribir con una sola pluma, conocen por menudo las letras contemporáneas; pero no hacen corvetas ni floreos, y se tientan la ropa antes de emitir sus juicios, siempre medidos. Mucho más descriptivo que prescriptivo, este libro no pretende imponer un orden, sino hallarlo, establecer la secuencia de los movimientos artísticos y su vinculación con el modelo cultural, y examinar la especificidad de los textos para proporcionar al lector los elementos adecuados para el discernimiento.

Sus más de mil páginas tienen una organización tripartita: una sección para el sistema literario, otra para autores y obras, y una tercera de textos de apoyo. Cada una se dispone, a su vez, en tres estratos temporales: posguerra, años sesenta y setenta, periodo democrático. Los múltiples subapartados recorren las épocas cronológicamente, y la fluencia ensayística no se interrumpe cada poco con dilatados paréntesis monográficos sobre los autores cuya obra se desarrolla a lo largo de mucho tiempo. Así, escritores longevos como Cela y Torrente, o Delibes y Buero, están tratados en varios apartados distantes entre sí, según la ubicación de sus tramos de escritura, lo cual implica la prevalencia de los valores mudables de la época sobre los engañosamente inmutables de la poética individual; y, al paso, permite entender las obras en el caldo en que se cocieron, en detrimento de anaqueles generacionales y de fechas fundacionales (1939, 1975...) o incluso de las barreras de los géneros. De este modo se nos muestra un cuerpo vivo, con constantes contaminaciones verticales y horizontales entre viejos y jóvenes, exiliados y escritores del interior, obras de juventud y de madurez, cultivadores de un género y de otro (anótese la importancia del ensayo y del memorialismo). Y añádase la atención a las obras en lenguas distintas del castellano, por la ósmosis evidente entre sus respectivas producciones literarias. Un índice de nombres facilita la consulta puntual y consiente la reorganización mental de los contenidos según determine el lector.

Frente al discurso almidonado de tantas publicaciones doctas, el de este volumen es vivaz y jugoso, alejado de todo envaramiento. Claro que esta tampoco será la historia definitiva -vuélvase al comienzo de estas líneas-, pero sí indispensable para ulteriores "historias", que previsiblemente excluirán a muchos de los que hoy figuran aquí (aun si incorporaran a alguno que no figura): en los panoramas de materias contemporáneas hay que optar entre arriesgarse a incluir alguna ganga, que tenderá con el tiempo a desaparecer, o renunciar a alguna perla, que podría no recobrarse nunca. Los autores han elegido, creo que atinadamente, lo primero. En cualquier caso este libro, excelente por tantos conceptos, es ya una ineludible aguja de marear para orientarse en la literatura reciente, y ejemplifica como pocos los renuevos del viejo Humanismo.

Otros volúmenes de Historia de la literatura española, dirigida por José-Carlos Mainer, que cuenta el proceso histórico de casi mil años de literatura en España, que ya han salido: 3. El siglo del arte nuevo: 1598-1691, de Pedro Ruiz Pérez. 5. Hacia una literatura nacional: 1800-1900, de Cecilio Alonso. 6. Modernidad y nacionalismo: 1900-1939, de José-Carlos Mainer.

Cambios de rasante

La abundantísima información sobre escritores en Derrota y restitución de la modernidad dista de dar en mero catálogo erudito, como las numerosas citas de textos no convierten el libro en una casa de citas. Lo impide un criterio rector que se resiste a la tentación igualitaria o indiscriminada. Algunos autores aparecen tratados como si su contextura singular, o dígase su genio, convocara razones morales y estéticas colectivas, con las que dialogan confirmándolas, modulándolas o refutándolas enconadamente. Entre esos nombres destacan los del ausente omnipresente Juan Ramón Jiménez, Sánchez Ferlosio (cuya literatura es "la forma más acre del pensamiento trágico del último medio siglo"), Juan Benet (renovador de un estilo que, en sus palabras, desde el XVII solo había salido de la taberna para ir a la iglesia) y otros varios. Y aunque el libro transita con agilidad por un camino de casi tres cuartos de siglo, hay ciertos cambios de rasante que merecen y encuentran un seguimiento minucioso y de notable calor crítico. Así, el primer retorno de los exiliados hacia 1947, cuando España estaba empezando a acostumbrarse a su propia excepcionalidad y comienza el blindaje internacional del franquismo, ya irreversible en 1953: el poema Desembarco, de Carlos Sahagún, lo constata con desolación. Así también la matizada decadencia de las fórmulas realistas en los años sesenta, entre la costra del sistema y la restitución de la modernidad europeísta, mientras la conciencia perpleja se debatía agustinianamente entre lo que no se terminaba de ir y lo que no acababa de llegar. De todo ello han dado cuenta Jordi Gracia y Domingo Ródenas sin dejarse los pelos en la gatera; y eso que la tarea parecía, por ciclópea, imposible: quien lo probó, lo sabe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de marzo de 2011

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