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Reportaje:ANSIA DE SANGRE AZUL

Conde porque lo dice el juez

Los nobles se embarcan en largos y costosos procesos judiciales reclamando títulos que no otorgan privilegio alguno. La obsesión por distinguirse continúa vigente

El Rey acababa de conceder un ducado a Adolfo Suárez por su papel en la Transición. En una fiesta, un noble de cuna se acercó a charlar con el expresidente. "Ahora podemos hablarnos de tú a tú", le soltó de buenas a primeras. Suárez, después de pensárselo unos segundos, reaccionó: "Yo me trato de igual con su antepasado, que es el que tuvo el mérito. Usted y yo por supuesto que no somos iguales". La anécdota, ilustrativa de los cambios que se estaban produciendo, circula con crudeza por los círculos de hidalgos que aún hoy añoran los tiempos donde una afrenta así era impensable.

José María Ruiz-Mateos entró en el club a principios de los ochenta, pero por la puerta de atrás. Se le dejó utilizar el título de Marqués de Olivara, siempre y cuando conservase el carácter de su extraña procedencia: la República de San Marino. El empresario comercializa hoy en día un vino con tan pomposo nombre. La obsesión por ostentar una distinción continúa vigente. Erradicados los privilegios de otras épocas, los títulos nobiliarios son meras distinciones simbólicas que no conllevan ningún otro privilegio. Sin embargo, muchos de ellos se embarcan en costosos y largos procesos judiciales para reclamar lo que creen poseer por linaje. ¿Por qué lo hacen?

Ruiz-Mateos utiliza el título de marqués de Olivara, obtenido en la República de San Marino

Carlos de Mendoza y Bullón, un filósofo que demanda en los tribunales el condado de Montalbán, busca las razones entre citas de los pensadores Ortega y Gasset y Habermas. Y comenta: "Es una cuestión de justicia. Es una forma de honrar a mis antepasados. Sé que no me va a abrir puertas porque la nobleza está en decadencia y la sociedad española se mueve por otros parámetros, pero para mí es un honor poseerlo. El difunto conde así lo quería". Mendoza fue adoptado por su tío, que le dejó en herencia unas fincas. El conde había recibido en 1983, de parte del Rey, un decreto que le autorizaba a designarlo como su sucesor. El albacea testamentario lo atestigua. El filósofo se habría convertido en el primer hijo adoptivo en heredar uno, pero a su muerte, en 2005, el Consejo de Estado se lo concedió a un hermano del difunto, siguiendo con la tradición.

Mendoza y el tío al que reclama el condado por vía judicial comparten un caserón en Segovia, pero el filósofo detalla que el trato entre ambos es exquisito. "Lo hemos tomado con mucha flema. Que se entiendan nuestros abogados. Nosotros no nos enfadamos", relata en un hotel céntrico de Madrid, donde lleva buena parte de la mañana leyendo la prensa. Para comprobar el buen entendimiento entre las partes, que no llegaron a acuerdo en un careo que tuvieron en 2008, es preciso subir las escaleras enmoquetadas de un antiguo edificio de la calle de Génova. El conde, octogenario, vive en la segunda planta. Una empleada de hogar dice que está de viaje. Un juzgado de primera instancia de Madrid, por el momento, le ha dado a él la razón. La jueza María Jesús del Barco entiende que debe continuar siendo el conde de Montalbán porque ha de aplicarse "el reintegro del título al tronco común mediante la aplicación del orden regular de sucesión". Condena a Carlos de Mendoza a pagar las costas del pleito, cifradas en unos 12.000 euros.

El varapalo no ha desanimado a Mendoza, que ha recurrido la sentencia. Inevitablemente implica invertir tiempo y dinero en el asunto. Es soltero y no tiene descendiente directo a quien dejarle el título, pero aun así dice que insistirá. "Sabía desde el principio que era una pelea larga. El título me daría singularidad y relevancia", afirma quien es profesor de yoga y fue bibliotecario del Ateneo de Madrid. Exige el cumplimiento de la ley, que no hace distinciones entre hijos adoptivos y biológicos.

El rey Juan Carlos ha concedido un señorío, tres ducados, trece marquesados y cinco condados. Los últimos han sido otorgados este mismo año al seleccionador nacional de fútbol Vicente del Bosque, al premio Nobel Mario Vargas Llosa y al empresario Juan Miguel Villar Mir. "En algunos casos, poseer un título se convierte en una meta", resume Julia Vañó, subdirectora de la Escuela de Protocolo Internacional de Granada. "Le ocurre más a gente que lo ha heredado que a quien lo ha conseguido por méritos. No tiene ningún tipo de privilegio, pero en ciertos ambientes se necesita un título para ser aceptado".

Las reclamaciones han resquebrajado la unidad de algunas familias, sobre todo a raíz de la ley que entró en vigor en 2006 que igualaba al hombre y a la mujer en el orden de sucesión. Fue común a partir de esa fecha que una mujer le quitase a su hermano o pariente menor la distinción, lo que producía cuitas insalvables. Los condes de Cabra, el matrimonio formado por Pilar Paloma de Casanova y Barón y Francisco José López de Becerra y Solé, reclaman por esta vía el marquesado de Astorga. También exigen por vía judicial el ducado de Maqueda, que pretenden unir a la larga lista de los que ya ostentan.

Cómo no, su hijo Álvaro, vizconde de Iznájar, es un abogado experto en derecho nobiliario. "Hay un aumento de la litigiosidad en determinados títulos. ¿Los motivos para luchar por ellos? Es una forma de mantener viva la memoria de ese antepasado que fue merecedor del título por su contribución a la historia de España", explica. "Si bien los tiempos han cambiado mucho", añade. "A principios de siglo, la nobleza estaba cohesionada. Ahora está muy desperdigada".

Se calcula que unos 2.000 títulos se han extinguido por falta de herederos que los reclamen en un plazo máximo de 40 años. Pasado ese tiempo, el honor vuelve a la Corona, que puede volver a otorgarlo a quien considere. En el caso de Josep María Llobet de Nuix habían pasado 145 años desde que, tras la muerte del tercer titular de la baronía de Perpinyà, la distinción siguiera sin renovarse. Cierto día, Llobet, vecino de Cervera (Lleida), abrió el periódico y, sorprendido, leyó que el Rey otorgaba ese título a la viuda de Vicens Vives, la editora Roser Rahola i d'Espona. "No es justo", se queja ahora Llobet, que ha reclamado al Ministerio de Justicia y a la Casa del Rey que se lo devuelvan. Sus vecinos, que ignoraban su noble pasado, se encuentran muy sorprendidos por lo callado que se lo tenía. "Quiero que se arregle esta incoherencia. El título se concede a perpetuidad, no tiene sentido birlármelo".

La lucha llegará seguramente a los tribunales, nuevos árbitros de una nobleza sin privilegios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de marzo de 2011