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DON DE GENTES | OPINIÓN

Amparo y desamparo

La suerte, la salud, las buenas compañías, las malas, el dinero de la familia, la educación, el cariño, el país de origen, la suerte, la voluntad, los genes, la cobardía, la suerte, el carácter, el físico, la inteligencia práctica, la creativa, la emocional, la historia, la historia íntima, la valentía o la temeridad, la combinación de todos estos factores y de mil factores más.

Ah, ¿qué determina una vida? Existen ideologías absolutas que proclaman que la vida solo estaba supeditada al factor económico; hay religiones que nos ven como peones en manos de la voluntad divina; hay culturas, como la americana, en las que se carga sobre los hombros del individuo toda la responsabilidad del éxito o el fracaso, y otras, que tienden a aliviar el peso y a poner el destino en manos de la suerte; hay fanáticos de la genética que piensan que el destino del individuo está escrito en su ADN.

Una vida o un hecho están sometidos a tal multiplicidad de factores que las predicciones resultan imposibles

Amparo Muñoz era un espíritu cándido, sin astucia para dosificar su belleza y entregarla a quien la mereciera

Y qué estrecha es cualquiera de estas visiones, por mucho que algunas estén disfrazadas de racionalidad. La visión más sofisticada que los científicos nos transmiten hoy sobre la realidad es que una vida o un hecho están sometidos a tal multiplicidad de factores que las predicciones resultan imposibles. Lo pienso mientras leo las necrológicas, las crónicas bienintencionadas o los comentarios morbosos sobre la vida, pasión y muerte de Amparo Muñoz.

Solo la vi una vez, a principios de los ochenta, creo que entrando en los estudios de la radio. Entonces pensé, es la mujer más guapa que he visto nunca. Ahora pienso, es la mujer más guapa que recuerdo. Solo me pareció comparable a otra belleza que contemplé al natural, la de Whitney Houston, en una hamburguesería de Los Ángeles, vestida con vaqueros y gabardina y coronada con una especie de tocado africano. Esta imagen de diosa era previa, por cierto, a su deterioro físico por el consumo de crack.

Siempre me ha perturbado el destino fatal de las personas bellas. Tal vez porque entre todos los factores que intervienen en nuestro destino el atractivo físico es una carta de presentación al mundo como hay pocas. ¿Qué hay en la desventura vital de Amparo Muñoz (o lo que sé de ella) que tanto me conmueve? Imagino que algo hay en esta historia que me recuerda a la de algunas mujeres que he conocido.

Decía un personaje de Érase una vez en América que se reconoce a los ganadores desde el puesto de salida. No estoy de acuerdo. En esa generación cuya juventud atravesó los años ochenta había posibles ganadores que se quedaron tirados a mitad del camino, o que tuvieron una vejez prematura, de dientes perdidos e innumerables enfermedades asociadas a la mala vida.

¿Eran mejores que los que no cayeron en la droga? En absoluto, puede que fueran los más temerarios, que les faltara el necesario instinto de autoprotección o que su adicción estuviera estrechamente relacionada con una pasión amorosa o con una malentendida camaradería. Pero buscar culpables es no haber conocido la época. La droga estaba por todas partes y el discurso que frivolizaba sobre su uso era el signo de los tiempos. Conocí algunas jóvenes como Amparo Muñoz, no de belleza tan apabullante, pero sí con un atractivo como para que los hombres volvieran la cabeza. O la perdieran.

Cuántas veces recordando a aquellas chicas he tenido la sensación de que había algo en la mezcla de belleza y carácter audaz que las predestinaba desde la niñez a una ruina prematura. Pero es absurdo, esos espíritus valientes podrían haber empleado su exceso de audacia en algo para lo que también hace falta un gran valor: construirse una existencia sólida y verdadera. En los últimos días de su vida una Amparo ya fantasmal recorría las desoladas calles del barrio de la Palmilla en Málaga.

Algunos cámaras televisivos acudieron al olor de la desgracia y especularon sobre un desenlace fatal. Cuando hablaban en los corrillos rosas sobre la misteriosa enfermedad que padecía se hacía un silencio que pretendía revelar aquello que no podía nombrarse. Ya en los años ochenta hubo quien tuvo prisa por matarla. Le diagnosticaron una fase terminal de sida. Así, en titulares. Qué asco. Como si fuera una acusación de la que la víctima debiera defenderse.

Los mismos que la mataron hace más de veinte años ahora rumiarán su muerte. Es el personaje perfecto para los rumiantes. No se acaba nunca de masticar: la Miss Universo que lanza la corona por la ventana, la vividora, la drogadicta, la actriz, la mujer de amores frustrados, la que vuelve a un barrio humilde después de una larga y desdichada aventura a esperar la muerte. Y yo añadiría, y puede que hasta no me equivoque, la del espíritu cándido, inocente, que no tiene la astucia o la picardía como para dosificar su belleza y entregarla a quien la merezca, y que en esa falta de criterio o de mecanismos naturales de defensa se deja llevar de la mano del más cretino hacia el peor de los mundos.

Todo lo que las demás chicas envidiaron de ella, la belleza y el arrojo, se vuelve en su contra. Esto es lo que yo añado o invento de esta historia, por creerla parecida a la de otras Amparos que conocí de cerca. El escritor, a fuerza de hacer conjeturas, a veces acierta. Ya lo dijo Machado: "Se miente más de la cuenta/ por falta de fantasía:/ también la verdad se inventa".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de marzo de 2011