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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Nostalgia del barro (y de la pasta)

Cada día estoy más de acuerdo con aquella reflexión de Julio Ramón Ribeyro (Prosas apátridas, Seix Barral) acerca del anacronismo que supone una biblioteca personal

Cada día estoy más de acuerdo con aquella reflexión de Julio Ramón Ribeyro (Prosas apátridas, Seix Barral) acerca del anacronismo que supone una biblioteca personal. El estupendo cuentista, que murió mucho antes de que naciera el libro electrónico, argumentaba que esos almacenes domésticos del saber respondían a épocas (y clases) pretéritas: cuando se vivía en grandes casas aisladas y era preciso tener el mundo (encuadernado) a mano, algo que no tenía mucho sentido con una red de bibliotecas medianamente surtida. Y, para colmo, llegó el e-book: el otro día encontré en el metro a una antigua amiga que me confesó que transportaba en su lector electrónico 215 novelas (muchas del siglo XIX). Se había separado de su pareja y se había mudado a un pequeño apartamento, de manera que había vendido su biblioteca, y con la pasta se había comprado la tableta, en la que había introducido todos los libros que quería tener siempre consigo. Claro que existen otras formas de ahorrar espacio. Mi admirada poeta Amalia Iglesias, por ejemplo, agradece que le regalen libros diminutos (cuentos de Calleja, volúmenes de la biblioteca Pulga, etcétera): se acostumbró a ellos cuando comprendió, a base de mudarse de casa (o, quizás, de salir corriendo), que en la vida conviene ir ligera de equipaje. Desde hace algunos meses muchos editores han descubierto un nuevo (y modesto) filón en lo que podríamos llamar "librines". Penguin, que siempre supo fabricar libros populares, se ha inventado la serie de Mini Modern Classics, en la que publica, a tres libras ejemplar (el precio de un café aguachirle en Londres), cuentos de importantes autores contemporáneos (con copyright). En España abundan las editoriales a las que les ha dado por publicar en formato "mini". Por citar sólo algunas: Alba, Acantilado, Periférica, Ático de los Libros, La Compañía, Gadir, Olañeta, Casimiro, Siruela, errata naturae, Nórdica, Rey Lear, Fórcola, etcétera. El problema es que, con escasísimas excepciones, esos minilibros resultan relativamente caros, como si se tratara de pequeños artículos de lujo. Tomen, por ejemplo, el excelente relato de Flannery O'Connor La buena gente del campo, publicado por Nórdica, una estupenda editorial independiente: un folletito de 70 páginas de texto (a doble espacio) que se vende a 8 euros. El cuento (publicado en la misma traducción por Lumen en 1973) figura también en la recopilación de Cuentos completos de la autora de Ediciones de Bolsillo (Mondadori): 848 páginas a 9,95 euros. El lema de Nórdica para su colección minilecturas es "grandes relatos de la literatura universal para leer en el tiempo que dura una película de cine y al precio de una entrada". Bueno, lo cierto es que por menos de lo que cuesta la entrada y el paquete de palomitas uno podría conseguir (magnífica) lectura para todo el mes y, encima, sin tener que privarse del cine. Y conste que el de Nórdica (insisto: un sello editorial con personalidad) no es el único ejemplo posible. En general, el precio de los minilibros de las editoriales españolas oscila entre los 7 y los 12 euros, la misma franja ocupada por los libros de bolsillo, con mucho más texto. Por lo demás, ya sé que hablar de pelas en estas páginas tan espirituales puede resultar chabacano, pero qué quieren, soy tan decadente que a menudo desciendo del cielo, poseído por la nostalgie de la boue (nostalgia del barro). Ah, se me olvidaba: si no saben cómo optimizar el exiguo espacio de su biblioteca, no se pierdan el (mini) vídeo de YouTube Organizing the Bookcase. Y conecten los altavoces: es bailable.

Licántropos

Soñé que Rouco Varela, más parecido que nunca (pero en bajito) al magnífico Christopher Lee, se me aparecía levitando en el pasillo de mi casa, mientras recitaba (con la voz de Sabina) una salmodia en pareados cuya letra, algo enrevesada, relacionaba el uso del condón con un contexto de rampante inmoralidad. El prelado, a quien al parecer había ofendido, me lanzaba una maldición, a la que yo, aterrorizado, replicaba con un "que Dios te dé el doble de lo que tú me deseas", un maquiavélico exorcismo que había leído en un azulejo decorativo de un bar castizo. Rouco, enfurecido, voló hacia mí, arrojándome agua bendita con el aspersor y gritándome, como si fuera una de las brujas de Macbeth, "¡arredro vayas!". Entonces fue cuando desperté, empapado de sudor frío (el agua bendita) y con el mismo dolor de cabeza que el chino Li Fu, que estuvo cuatro años con una cuchilla de diez centímetros alojada en el cerebro y convencido de que sus jaquecas se debían a los pequeños disgustos que da la vida. Como siempre me ocurre, la pesadilla estaba relacionada con una copiosa cena (sí: hamburguesas de nuevo) y la lectura de El hombre del revés (Siruela), de la escritora Fred Vargas, un estupendo thriller con toque fantástico en torno a un presunto hombre lobo que causa estragos en un pueblito de los Alpes franceses. No les cuento más, salvo que el enigma se resuelve merced a la intervención del habitual comisario Jean-Baptiste Adamsberg. En cuanto al protagonismo de Rouco, carezco de explicación plausible, salvo una posible (nefasta) influencia de otra lectura de los últimos días: el Refranero anticlerical, de José Esteban, que acaba de publicar Reino de Cordelia. Allí encuentro, entre otras joyas decimonónicas, esta perla campesina y anarcoide: "Obispos y abriles, todos ruines".

Debord

Mientras demoro, para prolongar el disfrute, la lectura de la primera traducción española (de Miguel Temprano García) de La expedición de Humphry Clinker (Mondadori), una divertida novela picaresca de Tobias Smollett (1721-1771), quizás el más cervantino (y no sólo por traducir el Quijote) de los escritores británicos, me entero de que, finalmente, y gracias a los fondos "aportados por mecenas", la Bibliothèque Nationale de France ha podido adquirir los archivos de Guy Debord, que habían estado a punto de cruzar el charco debido al interés (y la pasta) de la Universidad de Yale. Quién iba a decirle al père du situationnisme (un título, por cierto, que le habría producido arcadas) que el dinero y las instituciones de la grandeur se aliarían para hacerse con el legado del ahora calificado de penseur révolutionnaire. Por poco más de un milloncejo de euros, la BNF guardará este "tesoro nacional" (estos franceses son increíbles) compuesto por todas las versiones de sus libros y películas, la correspondencia privada (incluidas jugosas postales escritas desde España), los archivos fotográficos, los documentos políticos de la Internacional Situacionista y demás vestigios materiales del paso de Debord por este pobre planeta. La noticia coincide con la publicación en la editorial riojana Pepitas de Calabaza de Esa mala fama, un opúsculo justificativo escrito en 1993, en el que el autor de La sociedad del espectáculo contestaba a las críticas efectuadas a su persona y su obra. Por lo demás, y como dudoso homenaje, basta con que sigamos recordando que "en el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso" (cursivas de GD). Y en esas estamos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de marzo de 2011