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Análisis:Economía global

La doctrina del choque en EE UU

Una reflexión: puede que Madison (Wisconsin) no sea El Cairo después de todo. Tal vez sea Bagdad; concretamente, el Bagdad de 2003, cuando la Administración de Bush puso a Irak bajo el mando de autoridades elegidas por su lealtad y fiabilidad política más que por su experiencia y competencia.

Como muchos lectores recordarán, los resultados fueron espectaculares (en el mal sentido). En vez de centrarse en los problemas urgentes de una economía y una sociedad arrasadas, que pronto se precipitarían hacia una mortífera guerra civil, los nombrados por Bush estaban obsesionados con imponer una visión ideológica conservadora. De hecho, con los saqueadores todavía merodeando por las calles de Bagdad, L. Paul Bremer, el virrey estadounidense, le decía a un periodista de The Washington Post que una de sus principales prioridades era "corporativizar y privatizar las empresas de propiedad estatal" -en palabras de Bremer, no del periodista- y "conseguir que la gente se olvidase de la idea de que el Estado lo mantiene todo".

La privatización y la exclusión de los sindicatos siguen siendo prioridades del Partido Republicano

La historia de la Autoridad Provisional de la Coalición obsesionada con la privatización era el eje de La doctrina del shock, el exitoso libro de Naomi Klein, que sostenía que dicha privatización formaba parte de un patrón más general. Desde el Chile de los años setenta en adelante, señalaba, los ideólogos de derechas han aprovechado las crisis para impulsar un programa que nada tiene que ver con la resolución de esas crisis y mucho con imponer su visión de una sociedad más dura, más desigual y menos democrática.

Lo que nos lleva al Wisconsin de 2011, donde la doctrina del choque está plenamente expuesta.

En las últimas semanas, Madison ha sido el escenario de grandes manifestaciones contra el proyecto de ley presupuestaria del gobernador, que negaría los derechos de negociación colectiva a los trabajadores del sector público. El gobernador Scott Walker afirma que necesita aprobar su proyecto de ley para hacer frente a los problemas fiscales del Estado. Pero su ataque contra los sindicatos no guarda relación alguna con el presupuesto. De hecho, esos sindicatos ya han mostrado su disposición a hacer concesiones económicas importantes (una oferta que el gobernador ha rechazado).

Lo que está ocurriendo en Wisconsin es, más bien, una apropiación de poder: un intento de aprovechar la crisis fiscal para destruir el último contrapeso importante frente al poder político de las empresas y los ricos. Y la apropiación de poder va más allá de la patada a los sindicatos. El proyecto en cuestión tiene 144 páginas y hay algunas cosas extraordinarias ocultas en sus profundidades.

Por ejemplo, el proyecto utiliza un lenguaje que permitiría a las autoridades nombradas por el gobernador realizar recortes radicales en la cobertura sanitaria de las familias con pocos ingresos sin tener que pasar por el proceso legislativo normal.

Y luego está esto: "A pesar de lo dicho en las secciones 13.48 (14) (am) y 16.705 (1), el departamento puede vender cualquier central de calefacción, refrigeración y eléctrica de propiedad estatal o puede contratar con una entidad privada la gestión de cualquier central, con o sin solicitud de ofertas, por cualquier cantidad que el departamento estime adecuada para los intereses del Estado. A pesar de lo dicho en las secciones 196.49 y 196.80, no es necesaria ninguna aprobación ni certificación de la comisión del servicio público para que una empresa pública compre dicha central o la contrate para su gestión, y se considerará que cualquier compra de esta índole ha sido realizada en interés de la ciudadanía y cumple los criterios para la certificación de un proyecto según la sección 196.49 (3) (b)".

¿De qué va eso? Wisconsin posee algunas centrales que suministran calefacción, refrigeración y electricidad a instalaciones gestionadas por el Estado (como la Universidad de Wisconsin). En la práctica, el lenguaje del proyecto de ley presupuestaria permitiría al gobernador privatizar cualquiera de esas centrales a su antojo. No solo eso, sino que podría venderlas, sin solicitar ofertas, a cualquiera que él elija. Y fíjense en que cualquier venta de este tipo se consideraría, por definición, "realizada en interés de la ciudadanía".

Si esto les suena como un tinglado perfecto para el amiguismo y la especulación -¿se acuerdan de aquellos miles de millones de desaparecidos en Irak?-, no son los únicos. De hecho, hay por ahí tantas mentes suspicaces que Koch Industries, propiedad de unos hermanos multimillonarios que están desempeñando una función importantísima en la campaña antisindical de Walker, se sintió obligada a emitir un comunicado negando que estuviese interesada en comprar ninguna de esas centrales eléctricas. ¿Están ya más tranquilos?

La buena noticia para Wisconsin es que el aumento de la indignación ciudadana, respaldada en el Senado estatal por las maniobras de los demócratas -quienes se ausentaron para negarles un quórum a los republicanos-, ha frenado la patada en el trasero. Si el plan de Walker era que su proyecto de ley se aprobase antes de que cualquiera tuviese ocasión de descubrir sus verdaderos objetivos, ese plan se ha frustrado. Y los acontecimientos en Wisconsin pueden haber dado que pensar a otros gobernadores republicanos, que parecen estar dando marcha atrás respecto a jugadas similares.

Pero no esperen que Walker o el resto de su partido cambien de objetivos. La exclusión de los sindicatos y la privatización siguen siendo las prioridades del Partido Republicano, y este seguirá esforzándose por colarnos esas prioridades en nombre del equilibrio presupuestario.

Paul Krugman es profesor en Princeton y premio Nobel de Economía de 2008. © 2011. New York Times Service. Traducción de News Clips.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de febrero de 2011