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Escándalo en el edificio Dakota

Un inversor de Wall Street, residente en el famoso inmueble neoyorquino a los pies de Central Park, ha denunciado al consejo de propietarios por racismo

El asesinato de John Lennon a las puertas del Dakota grabó a fuego en la memoria colectiva la imagen de este edificio neoyorquino. Pero entre las muchas razones que han contribuido a mitificar la histórica construcción está su aparición como secundario en la película de Roman Polanski La semilla del diablo. En aquel filme, Mia Farrow, una nueva inquilina, acababa siendo la víctima de una pareja de vecinos, miembros de una secta satánica, que urdían un plan para que ella concibiera un niño diabólico. Como bien saben aquellos que han tratado de adquirir sin éxito un apartamento allí, aunque los vecinos reales no sacrifiquen vírgenes ni desangren corderos en el descansillo, el consejo de propietarios del Dakota es uno de los huesos más duros de roer del mundo inmobiliario neoyorquino: para comprar un piso hay que pasar un examen tan exhaustivo que incluso celebridades con billeteras abultadas como Billy Joel, Cher o Antonio Banderas han sido rechazados.

El "hispano" antonio banderas no obtuvo luz verde para comprar un piso

Lo que hasta ahora no se sabía es que ese consejo habría tomado decisiones racistas y, en el caso de Banderas, llegado a bromear con la idea de que el actor "quería estar en el primer piso para poder tener acceso a su camello desde la ventana". Esa es una de las frases que se leen en la denuncia que ha llegado hasta los tribunales neoyorquinos este mes a través de un residente del Dakota, el millonario Alphonse Fletcher, un conocido inversor de Wall Street al que sus propios vecinos han negado la posibilidad de adquirir un segundo apartamento alegando que no es solvente.

Según su denuncia, el consejo de propietarios, del que él mismo formó parte durante tres años, es racista. Fletcher, uno de los dos únicos vecinos de raza negra, ha incluido en su denuncia comentarios despectivos supuestamente pronunciados por los vecinos contra judíos e hispanos como Banderas -a quien no se nombra directamente, pero al que la prensa asocia con "el marido hispano de una mujer conocida y financieramente prominente"-.

El director Albert Maysles, uno de los maestros del cine documental estadounidense, trató de vender a Banderas su apartamento en 2004, como explicó en The New York Times entonces: "El consejo de propietarios, por motivos que no nos han dicho, rechazó a Tony Banderas y Melanie Griffith, la gente más dulce que hayas podido conocer, estupendos para el edificio, pero...". Meses más tarde, durante otra entrevista, expresaba su decepción ante el giro que estaba dando un inmueble en el que antaño residían sobre todo artistas, desde Lauren Bacall hasta Rudolf Nureyev y Leonard Bernstein. "El edificio está perdiendo toda conexión con la gente interesante. Se está alejando de la gente creativa, ya solo interesa el dinero a secas", decía.

Sin embargo, según Fletcher, el dinero no les satisface y la raza les molesta. Este ejecutivo quiso adquirir el apartamento contiguo al suyo por 5,7 millones de dólares (4,2 millones de euros). Pero, según su denuncia, el consejo de propietarios se lo impidió alegando dudas respecto a su riqueza, pese a que demostró tener al menos 80 millones de dólares. Su denuncia busca obligar al Dakota a aceptar la compra del apartamento y reclama 15 millones de dólares en daños y perjuicios. Fletcher sostiene que el edificio discrimina a personas de otras razas o religiones con varios ejemplos, entre ellos, los precedentes sufridos por la otra inquilina de raza negra, la cantante Roberta Flack, a quien no le permitieron arreglar su bañera o a quien los vecinos obligan a utilizar el ascensor de servicio cuando baja a pasear al perro, mientras que los inquilinos blancos pueden bajar con sus animales en el ascensor principal.

Para entender los entresijos del escándalo que rodea a este elegante edificio de 93 apartamentos que se construyó a los pies de Central Park en 1884 cuando en la zona no había absolutamente nada hay que sumergirse en el tortuoso mundo de las co-op. En Estados Unidos, los apartamentos pueden ser parte de un condominio, de una co-op o de un condo-op (mixto). En el primer caso, la compra garantiza la adquisición de propiedad inmobiliaria y la libertad para hacer con ella lo que se quiera. En la co-op, en cambio (el 100% de los edificios anteriores a la II Guerra Mundial lo son), el nuevo inquilino lo que adquiere son acciones de la propiedad inmobiliaria, que es la totalidad del edificio.

Las co-op suelen ser un 20% más baratas que los condominios, pero los gastos de comunidad son bastante más altos. Al tratarse de una propiedad colectiva, el dueño de un piso en una co-op no puede venderlo o alquilarlo a su antojo: el consejo de propietarios tiene que dar el visto bueno hasta para poner una maceta en el balcón. Para aspirar a entrar en una co-op, ya sea en el Dakota o en sencillos y anónimos edificios del East Village, hay que someterse a un exhaustivo casting financiero, pero no solo: la co-op quiere saberlo todo del futuro inquilino, que en ocasiones se ve obligado a desvelar incómodos detalles de su vida privada. Construir el dossier final de papeles que se presenta ante el consejo de propietarios lleva meses y suele tener un tamaño enciclopédico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de febrero de 2011