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Reportaje:BANDA SONORA

La historia del último punk

Manolo Uvi fue pionero en adorar a los Sex Pistols durante la movida de los años ochenta - El músico todavía toca y vive al día fabricando chapitas

Está convencido de una cosa: está vivo porque el día que probó la heroína no le gustó. "Fue solo una vez: ya no volví a tomarla". Lo cuenta con el semblante relajado, sin adornos ni redobles de batería. Se encuentra sentado en el bar de los locales Rock Palace, cerca de Embajadores. Desde los años ochenta, asegura, ha perdido a muchos amigos que se engancharon al caballo. Frena su discurso, le pega un trago a una botella de cerveza, y masculla: "Demasiados...". Su nombre es Manuel Quevedo, pero desde hace más de 30 años todos le llaman Manolo Uvi. El apellido lo pone su primera banda, La Uvi, seguramente el grupo de punk madrileño más legendario. Y él es el primer punk que dio Madrid.

A Commando 9mm, siguió Los Vengadores (con Alaska y Ana Curra)

"Me ofrecieron ser bajista con Sabina, pero era renunciar a mis principios"

"Vivo de milagro, pero no me quejo, tengo varias ocupaciones"

"Un hermano mío, con 40 años y dos hijos, se acaba de hacer transexual"

Antes de sentarse a charlar, este tipo fornido se encuentra ensayando en el cuarto más subterráneo de Rock Palace. El local es pequeño, opresivo, perfecto para interpretar música veloz. Cada músico encuentra su espacio: batería, dos guitarras y Manolo cantando y arrancando bombazos a su bajo. Dos chicos de la banda punk de Euskadi, Subversión X, miran embobados la tralla que genera el grupo. Actúan mañana en la madrileña sala Barracudas y hay que llevarlo todo rodado. Las canciones van empalmadas, al estilo de los Ramones, referencia básica.

Manolo canta con la mirada puesta en la pared: unas veces fija sus ojos en un póster de Johnny Rotten, vocalista de Sex Pistols, y otras los desvía a una imagen donde se mofan de Margaret Thatcher, la ultraconservadora ex primera ministra británica, mano de hierro para la clase trabajadora de su país desde finales de los años setenta, y en parte acicate para que los jóvenes británicos cogieran las guitarras y practicasen punk. Las dos imágenes parecen motivarle: entona con rabia.

El ensayo termina. Manolo, suelta, jocoso: "Bueno, ya está. Está bien, está bien. El problema es tocar bien. Eso es malo, malísimo". Risas entre los músicos. Es la filosofía del punk: aunque no sepas tocar, será suficiente si lo haces con las entrañas.

-¿De qué vives, porque supongo que no lo haces de la música?

-Vivo de milagro. Pero no me quejo. Tengo varias ocupaciones. Hago serigrafías en camisetas

[una de las más famosas es Madrid is killing me] y también confecciono chapas que luego vendo. Por ejemplo, el otro día hice 150 de Lady Gaga. Me fui al concierto del Palacio de los Deportes y las vendí todas en la cola. A un euro.

Manolo tiene otro as en la manga: lleva un negocio de distribución de flayers (octavillas con diseños vistosos con la programación de los locales) por los bares de Madrid. Entre un poco de aquí y otra de allá le llega para no pasar apuros. El piso lo tiene pagado gracias a una herencia, apartamento en Marqués de Vadillo que comparte con su novia, diseñadora gráfica. Bien mirado: vive de milagro, pero como dios. No tiene hijos, aunque alberga sospechas: "Una chica con la que estuve me presentó a su hijo: se parece poderosamente a mí".

Y luego está la música, claro. Manolo montó La Uvi en 1982, en plena efervescencia de la movida. Mientras todos los grupos (Alaska, Radio Futura, Nacha Pop) tenían querencia hacia el pop, él solo pensaba en el punk del 77, los Clash, Dead Kennedys, Sex Pistols... Cuando la banda se disolvió fundó Commando 9mm. Luego llegaron Los Vengadores (con Alaska y Ana Curra), Punk Guerrilla y ahora con Uvi Raptores. Siempre con el mismo objetivo: "Reivindicar el punk social. El punk político es un pasteleo. El mío sale de las clases trabajadoras. Yo quería morirme como Sid Vicious, a los 21 años. Cuando llegué a esa edad, pensé: 'Si no me he muerto habrá que seguir'. Y aquí estoy: ahora soy dos punkis, porque tengo 49".

Asegura que pudo salir del circuito underground, pero no aceptó una suculenta oferta: "Compartíamos oficina de mánager con Joaquín Sabina, justo cuando empezó su etapa rockera. Y me ofrecieron ser el bajista de su banda. Pero no quise porque esa música no me agradaba y era renunciar a mis principios". Dice llevarse bien con compañeros de generación, como Alaska, La Frontera o Enrique Sierra (ex Radio Futura). Y se despide con una de sus historias: "Tengo seis hermanos. Pues bien, uno de ellos, Luis, con 40 años y dos hijos, se acaba de hacer transexual. Como lo oyes. Claro, ahora le telefoneo y me obliga a llamarle Luisa. Y a mí me cuesta, porque tiene un vozarrón...". Risotada y trago a la cerveza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de febrero de 2011