De la calle árabe a la plaza de la democracia

El mito de la 'calle árabe', que ha condicionado la actitud de Estados Unidos y Europa Occidental durante el último siglo hacia estos países, ha empezado a tambalearse. A partir de Túnez, desde Argelia hasta Yemen, se extienden unas movilizaciones ciudadanas que nada tienen que ver con las protestas y las masas exaltadas de antaño. El periodista de origen iraní, ahora afincado en Nueva York, Amir Taheri, ha explicado con precisión en qué consiste este mito: "La calle se manifiesta contra algo, con frecuencia naciones extranjeras o minorías étnicas y religiosas con un espíritu de intolerancia. Organizadas y manipuladas desde el poder, parece con frecuencia la turba medieval en las ejecuciones públicas. A veces es literalmente así, cuando un déspota como Sadam Hussein invitaba en Irak a la calle a que contemplara la ejecución de judíos, kurdos y chiitas. La tradicional calle árabe está compuesta solo por hombres airados, con barbas o mostachos parecidos a los del rais o caudillo. La calle pide antes que le quiten a alguien la libertad y no que su propia libertad se ensanche".
Las imágenes que nos llegan de todo el mundo árabe revelan la incorporación de las mujeres jóvenes y en muchos casos sin velo a las protestas. La espontaneidad con que se organizan tiene que ver muy directamente con la cultura y la tecnología de unas nuevas generaciones globalizadas a las que les inspira mucho más Barack Obama que cualquiera de los pretendidos líderes fundamentalistas locales. Es Al Jazeera, claro está, pero también las redes sociales y los móviles incidiendo en una plétora demográfica que los viejos poderes son incapaces de controlar.
No sabemos todavía si la revolución democrática tunecina tendrá suficiente fuerza como para alcanzar una democracia homologable como las nuestras. No hay duda de que eso es lo que quieren los manifestantes. Pero esta revolución ya ha triunfado. Ahora ya es una evidencia que los árabes también derrocan a los tiranos. El miedo que les atenazaba bajo la bota de la dictadura ahora ha cambiado de bando: es el miedo de quienes temen ser derrocados. Más: las dictaduras no se heredan. Será muy difícil que triunfen nuevas sucesiones como la de Siria. Será difícil que los hijos de Mubarak y Gaddafi puedan sucederles. Además: la alternativa a la dictadura no es otra dictadura, esta islámica, sino la democracia. Y un corolario para occidentales: nuestro apoyo a los vigilantes corruptos de la estabilidad, además de inmoral, es insostenible.
A los poderes establecidos, a Estados Unidos y sus aliados, a Israel y a la Unión Europea les costará acomodarse a la nueva realidad inaugurada por los jóvenes tunecinos. Pero deberán hacerlo. El destino de la calle árabe es la plaza pública, democrática y civilizada de la libertad.
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