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Reportaje:

Ourense descubre una heroína

La ciudad repara el olvido de la mujer que cuidó 200 hijos de prostitutas

Tenía esa fortaleza que solo da el desapego por lo material. Esas anchas espaldas que se labran acarreando el peso feroz de la nada. Obdulia Díaz -la señora Obdulia- cargó con ese fardo como sin querer (esto es, con supino corazón y conciencia) en el Ourense mísero de la posguerra. Una viuda con tres hijos y sin ingresos que crió a lo largo de varias décadas, entre el rugido de los tablones resecos de su vivienda, a cerca de 200 niños, hijos de prostitutas. Lo hizo en silencio, hasta que en los años sesenta el periodista ourensano Álvarez Alonso la entrevistó para La Región, y ella contestó con la sobriedad de su entereza y de sus 63 años que de qué iba a vivir: "Pues de lo mismo que ellos. Yo no tengo pensión". Ayer, el Ayuntamiento de Ourense - "en reconocimiento a la labor silenciosa de los ciudadanos con más méritos que algunos insignes con calles", en palabras del alcalde, Francisco Rodríguez- colocó en el entorno de aquella vivienda una escultura de "la señora Obdulia". Se murió en los ochenta.

Fue una desconocida hasta que, con 63 años, la entrevistó el diario 'La Región'

"Tiene más méritos ella que algunos insignes con calle", admite el alcalde

Manuel Penín, el autor de la obra, está casi sobrecogido. Él visitó con frecuencia aquel piso al que iba a jugar con compañeros del colegio que vivían, en los últimos tiempos, con la "abuela" Obdulia (los de décadas anteriores vivían con "mamá" Obdulia). "Eran unos hijos, o nietos más. No había trato de diferencia con los suyos", explica el escultor y promotor de esta iniciativa municipal que premia con la memoria la grandeza que tiene la solidaridad ejercida. "Les daba un hogar y trabajó duro por sacarlos a todos adelante", insiste Penín en las razones del homenaje. Las madres de los pequeños contribuían en la medida de sus posibilidades, aportando algún dinero. Cuando les iba bien.

En el pequeño Ourense de la posguerra, el piso de la señora Obdulia estaba en el corazón de la ciudad, pero más próximo al barrio de las putas que a ningún otro. Hoy, pleno casco histórico.El piso tenía una ubicación privilegiada, con vistas a una miseria mayor que la de Obdulia Díaz y ella, una disposición esmerada para la ayuda. "Un corazón tremendo, enorme", puntualiza Penín.

Hasta que la entrevistaron en el periódico local, nadie sabía de su labor. Y la noticia quedó aplastada por las siguientes. En realidad, hasta 2011, nadie supo de la existencia y la labor de la señora Obdulia. Ayer, al menos uno de sus hijos, el biológico, asistía emocionado al homenaje.

Obdulia Díaz se las apañaba como podía para sacudir la miseria de los suyos. Conseguía unas pesetas -que sumaba a las aportaciones maternas de los niños- lavando sábanas para otros en la fuente de As Burgas. Pero tuvo la inteligencia con la que suele premiar la necesidad y buscó la colaboración de otros ourensanos que, como ella, arrimaban el hombro sin dar la nota.

Ayer, ante su propia obra, el escultor y promotor del homenaje a una ciudadana sin el doña por delante, citó la lista de los solidarios que manejaba Obdulia Díaz para sobrevivir y garantizar las otras supervivencias que dependían de la suya: el doctor Gallego (médico al que el bipartito local también ha reconocido, que no cobraba por sus consultas a quienes no podían darle nada), el padre Silva (fundador de Benposta), la propietaria de la librería Padre Feijóo, el dueño de la farmacia Bayón y el Patronato del Eenfermo Pobre que auspiciaba María del Río, entre otros. El batallón de la minoría silenciosa durante los años crudos de la dictadura. Gente sencilla que no alardeaba, pero que salía de la trinchera del miedo y la comodidad para echar una mano a los vecinos. "A ella le gustan los niños ajenos como si fueran propios", explicaba como podía, aún en el franquismo, el periodista Álvarez Alonso la tremenda desasistencia, el desamparo que existía.

Cuando la señora Obdulia llevaba ya 20 años dedicada a cuidar hijos de otras, reconocía que había criado a cerca de un centenar de los cuales solo se le habían "ido" dos. Una niña, por una meningitis, y un niño con una bronconeumonía "que lo acachapó en dos días". "¿Le han dado disgustos?", preguntaba el reportero. Y ella explicaba que disgustos los daban todos, propios y ajenos. "Pero tengo uno de 19 años que aún no me ha dado el primero".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de enero de 2011