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Crítica:

Ánima de cañón

Poesía. Muchos lectores tuvieron la primera noticia de Miguel Ángel Velasco (Mallorca, 1963-2010) cuando publicó La miel salvaje (2003), el libro al que se le concedió el Premio Loewe; pero el autor era aquel jovencísimo Miguel Velasco (sin su segundo nombre) que había asombrado con el verbalismo surreal de Las berlinas del sueño (1982; premio Adonáis 1981), precedido dos años antes, casi un niño aún, por Sobre el silencio y otros llantos. Ese reconocimiento temprano no lo cegó y, desconfiado de su oficio de palabras, terminaría enmudeciendo para encontrar su camino. Cuando, en 1995, regresó de su mutismo purgativo con El sermón del fresno, había embridado su locuacidad versolibrista, no su fervor dionisiaco. Libros posteriores (El dibujo de la savia, 1998, o el citado La miel salvaje) mantenían una entonación unitiva en la que se confundían la contemplación y el éxtasis, siempre en ritmos clásicos de base endecasílaba (con ocasionales tentativas de una métrica cuantitativa al modo grecolatino: manifestación del magisterio asumido de Agustín García Calvo). Cercano al decir infantil y a las canciones de corro, su Fuego de rueda (2006) es obra más compleja, que requiere de un lector que se oriente en un bosque de símbolos esotéricos. Adelantándose algunas semanas a su muerte, Ánima de cañón retorna al núcleo germinal del estupor y la pureza, entre la iluminación y la alucinación. Insobornable, fuera del mundo (pero también, paradójicamente, entregado a él, como en aquellos poemas de las postrimerías del último Claudio Rodríguez, su otro confesado maestro), Miguel Ángel Velasco no solo era poeta, sino que era solo poeta. En este libro vuelve al tema de la agonía del padre, sobre el que había compuesto antes algún poema excelente, como si leyese en la de su progenitor la muerte propia. Y, a su lado, las heridas del cuerpo, la liturgia de los hospitales y el "dolor de las criaturas, / magnitud extramuros". Contra ese dolor de la enfermedad o de la mera existencia actúan lenitivos piadosos que alivian y redimen; a uno de esos bálsamos dedica 'Dama adormidera', un poema entre jaculatoria y nana para mecer la muerte: "¿Seréis conmigo, dama, / cuando el dolor allane / las moradas del cuerpo y este sea / ya nada más que casa desolada?". Sabemos que interpretar una vida a la luz de la muerte es una contaminación patética, pues hasta los hechos intrascendentes adquieren falazmente el halo de una premonición. Lo sabemos, sí; pero ¿quién que atraviese este libro hermoso y ejemplar, encendido e intenso, se resistiría a hacerlo?

Ánima de cañón

Miguel Ángel Velasco

Renacimiento. Sevilla, 2010

96 páginas. 12 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de enero de 2011