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Crítica:Sara Stridsberg - Escuela de sueños | LIBROS / Narrativa

La dimensión trágica de Valerie Solanas

Generalmente las conquistas del feminismo se atribuyen a la capacidad para encauzar la ira provocada por siglos de opresión hacia la consecución de objetivos precisos como la igualdad, la dignidad o la libertad de decisión sobre el propio cuerpo. Sin embargo algunas mujeres fueron más allá y desafiaron a la sociedad patriarcal con planteamientos radicales que contemplaban el uso de la violencia, una postura que no obedecía tanto a actitudes revanchistas como a una estrategia de presión para ampliar el campo de batalla. Ahora bien, dentro de esta categoría había quienes llevaban encima tal carga de rencor que acabaron explotando sin control y transformando en víctimas a los enemigos más imprevisibles y, a simple vista, inofensivos. Este fue el caso de Valerie Solanas, que se hizo fugazmente famosa porque el 3 de junio de 1968 intentó asesinar a Warhol en un episodio patético y desafortunado en más de un sentido. Además de dejar a Warhol tocado de por vida, acabó con Valerie en el manicomio y, aún peor, relegó al rango de curiosidad psiquiátrica su gran obra literaria, el manifiesto SCUM. Aquel homicidio frustrado contribuyó a que esta pieza tan original, lúcida, excesiva y mordaz fuera esgrimida por los detractores de los derechos civiles para deslegitimar las reivindicaciones feministas. Resulta demasiado fácil, o más bien simplón, ridiculizar un texto que propone abiertamente el exterminio del género masculino y que se refiere a los hombres como seres deficientes y minusválidos emocionales; pero si uno se sacude los prejuicios de encima y se deja llevar por ese estilo descarnado -que podría ser precursor del punk- termina por descubrir un hábil y necesario artefacto de denuncia de los muchos clichés que las mujeres vienen soportando desde la escolástica hasta Freud.

Escuela de sueños

Sara Stridsberg

Traducción de Carmen Montes Cano

451 Editores. Madrid, 2010

366 páginas. 19,50 euros

El caso es que hasta hace bien poco el lugar de Solanas en la historia de Estados Unidos estaba junto a otros tantos locos ilustres que se ganaron la fama a tiro limpio. La etiqueta resultaba particularmente cómoda, no sólo para el establishment político, sino también para el artístico y literario, ya que aquel personaje que se resistió a defenderse en juicio encarnaba la auténtica pesadilla americana, y lo hacía en una versión muy poco susceptible de ser edulcorada por la bohemia y el malditismo en boga. Violada por su padre durante la infancia y tirada en la calle desde los quince años, la propia Solanas admitía abiertamente que era puta, mendiga y yonqui. Pero eso no es lo único que dota a su figura de una dimensión trágica; digamos que su don fue su maldición: una inteligencia insobornable y fuera de lo común que le permitió graduarse en psicología a base de becas, estudiar durante años los impulsos neuronales de los ratones hembra y señalar con la honestidad de una niña insolente las incongruencias de un discurso de dominación escrito por y para los machos.

Sobre este personaje fascinante se construye Escuela de sueños, una novela que integra poesía, teatro y guión documental y que hace unos años resultó ganadora del Premio del Consejo Nórdico. Desde la primera página Sara Stridsberg advierte al lector que no se encuentra ante una biografía, sino ante una "creación literaria que toma como punto de partida la vida y la obra de Valerie Solanas". Quien esté interesado en el lado morboso del tiroteo puede ver la película de Mary Harron I shot Andy Warhol, con una interpretación de Lili Taylor que a duras penas salva el conjunto y cuyo resultado no tiene nada que ver con lo que Stridsberg consigue en su novela, cuando trata por todos los medios de entender cómo y por qué Solanas terminó sus días de un modo tan sórdido. Para atrapar ese carácter elusivo y penetrar en un alma opaca, y en cierto modo reflectante, la narradora debe entrar en sintonía con Solanas, reventar la supuesta trama y remontarse historia arriba entre fogonazos, estallidos y convulsiones; de hecho hay pasajes que evocan una cinta de celuloide abandonada a la intemperie, en unos tramos velada y en otros directamente achicharrada por una luz demasiado intensa. Fondo y forma confluyen en este intento por reconstruir una obsesión a través de procedimientos igualmente obsesivos. Un planteamiento radical que va transformando a la propia narradora y que finalmente consigue plasmar el caos emocional de una mujer única y fascinante. Y lo que es más importante: obliga a rescatar la obra de Solanas y a repensar, cuarenta años después, si de verdad las mujeres están logrado lo que buscaban.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2011