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Análisis:EL ACENTO

El alcalde chocarrero

El alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, es un hombre campechano y dicharachero. Parece amante de las bromas, a juzgar por las que trascienden de su área local, y como en el famoso chiste de Gila, si al boticario no le hace gracia que una bomba casera le espachurre al hijo, que se vaya del pueblo. Se cree gracioso pero deviene en chusco, se ve saleroso pero se le percibe grotesco. Y es, además, perseverante. Si lo de los "morritos" que solo le hacían pensar "en una cosa" fue la astracanada que fue, querer sacarle ahora rédito raya en el agravante de reincidencia en el delito.

Se descuelga ahora León de la Riva con que aquella sonada intervención suya referida a la ministra de Sanidad, a lo mejor tiene "un efecto bumerán" y podría darle un mayor número de votos en las municipales. Pues si así lo cree el edil sandunguero, no tiene más que coger a las ministras de una en una, buscar chanzas y chascarrillos de barra de bar y lanzarse por los establecimientos de su ciudad a contar el último de Elena Salgado o el penúltimo de Trinidad Jiménez. Le van a llover los votos, siempre que acierte, claro, con la grosería oportuna, que ya se sabe que a las buenas gentes de Valladolid les encanta tener a un alcalde metepatas y faltón.

Dice también el primer edil de Valladolid que está seguro "del apoyo" de su partido. Nadie lo duda, puesto que ninguna admonición seria le llegó de la dirección, que más bien le rieron la gracia -¡cómo es el ginecólogo de Ana Botella!, cantaban correligionarios y columnistas de cabecera- o, en el súmmum de la desvergüenza, le acompañaron, solidarios, en aquella terrible campaña, en la que dice estuvo expuesto a "las iras más furibundas y a punto de ser quemado en la hoguera". Pobre.

No obstante, deberá tener cuidado León de la Riva con el efecto bumerán, que todos recordamos cómo en los tebeos de nuestra infancia el malo tiraba la sorprendente madera para atizar al bueno y solo lograba que el efecto que él ahora convoca acabara por romper los morritos al malvado lanzador. El bumerán, ya se sabe, es muy traicionero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de diciembre de 2010