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Análisis:EL ACENTO

El síndrome de la silla vacía

Guillermo Fariñas faltó ayer a una de las citas más importantes de su vida. El disidente cubano no pudo recoger personalmente el prestigioso premio a la libertad de conciencia, el Sájarov, que cada año otorga el Parlamento Europeo a personajes que, como él, se llegan a jugar la vida y la salud para reivindicar la libertad. Retenido por el régimen castrista y minada su salud tras una larga huelga de hambre, la silla de Guillermo Fariñas quedó vacía en el hemiciclo. En su lugar, por expreso deseo del disidente, una bandera cubana yacía sobre el asiento.

No es la primera vez que el Premio Sájarov no puede ser entregado al elegido. La líder de la oposición de Birmania, Aung San Suu Kyi, tampoco pudo desplazarse a Estrasburgo y en esta misma década el régimen cubano ya se retrató impidiendo a las Damas de Blanco trasladarse a la ciudad francesa. Hace solo dos años ocurrió lo mismo con otro luchador de un régimen liberticida. El chino Hu Jia tampoco pudo recoger su premio.

También el Nobel de la Paz ha registrado ausencias clamorosas. Hitler impidió recoger su galardón al pacifista Carl von Ossietzky en 1935; Polonia hizo lo mismo más tarde con Lech Walesa; la Unión Soviética, con Andrei Sajarov; y el régimen militar birmano, de nuevo, con Aung San Suu Kyi. Este año, cinco días antes del galardón para Fariñas, Liu Xiaobo no fue autorizado a abandonar la cárcel (por la osadía de firmar manifiestos contra el régimen político de su país) y recoger en Oslo su Nobel. Pero no todo sigue igual. A veces las cosas cambian; a peor. Ni Fariñas ni Liu han podido contar con familiares que recogieran el galardón en su nombre. Así que sus sillas han quedado visiblemente vacías en un gesto, bien es cierto, de protesta contra las tiranías que se mantienen en pie.

Dicen los expertos que el síndrome de la silla vacía se hace más patente en Navidad, ante la ausencia de ese ser querido desaparecido. Pero que hay que acostumbrarse y ser capaz de superar la situación y disfrutar de las fiestas. Es de esperar que las sociedades apliquen una receta bien distinta contra esas tristes sillas vacías de Oslo y Estrasburgo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 16 de diciembre de 2010