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Necrológica:

Salvador Arias, voz del cine y guerrillero escénico

Maestro del doblaje, recorrió los frentes de la Guerra Civil actuando junto a Alberti, Cernuda o María Teresa León

Se fue Salvador Arias (Madrid, 1918). Y con él se va un poquito de Orson Welles, John Gielgud, Spencer Tracy y Claude Rains (el mítico comisario de Casablanca: "Presiento que es el comienzo de una hermosa amistad"), a quienes cedió su voz grave en alguna ocasión. Salvador Arias participó en el doblaje de más de 3.000 películas y ayudó a formar a centenares de alumnos en su escuela de interpretación y doblaje. Tenía 92 años y seguía haciéndolo a diario. Hay una bella frase sobre su vida hecha por su amigo Marcos Ana, el poeta que porta la triste corona de haber sido el preso que más tiempo pasó encarcelado durante la dictadura: "Se fue con los deberes hechos".

Marcos Ana habló de él, que falleció el jueves 25 en Madrid, en el funeral. Les había presentado en Madrid otro poeta, Rafael Alberti, y se hicieron amigos. Más que eso. "Diría que era como mi hermano", comentaba, aún conmocionado, el autor de Decidme cómo es un árbol. "El bosque de mi generación se va despoblando", agregó con melancolía. Con Arias se va uno de los últimos testigos de una generación histórica: la del grupo de intelectuales antifascistas que lucharon al lado de la República durante la Guerra Civil, muchos vinculados a la Residencia de Estudiantes.

"Apenas cobraba por enseñar", decía en su 'blog' la actriz Virginia Mataix

Hizo 350 funciones para soldados que defendían a la Segunda República

Junto a Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda y Santiago Ontañón recorrió los frentes de Teruel, Madrid y Levante haciendo espectáculos ambulantes rodeados de sonidos bélicos. Se llamaban las Guerrillas del Teatro. "Teníamos que buscar hondonadas donde las balas pudieran pasar por alto. Montábamos el tablado que llevábamos en el camión, donde también iba nuestro piano, y en media hora estábamos listos para la representación ante las tropas", recordaba Salvador Arias en una entrevista en La clave en 2005.

A pesar de su juventud, Arias no se bajó de los escenarios hasta el final de la guerra: las guerrillas hicieron 350 funciones de Calderón, Lope o Lorca. Y también colaboró con algunos romances en El Mono Azul, la publicación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en la que escribieron Octavio Paz, Ernest Hemingway, María Zambrano o Ramón J. Sender.

En aquella época aún fantaseaba con ser escritor -Cernuda le dio algunas clases- pero el tiempo -y la historia- le alejaron de ello. Ahora ya solo se definía como "versificador" y de ello dejó una prueba: su libro La biblia en verso, escrita con un toque de humor.

Tras la guerra, llegó el doblaje, lo que le convirtió en uno de los pioneros en España. Paradójicamente, su futuro profesional nació del afán de Franco de cortocircuitar cualquier contaminación extranjera, lo que obligaba a doblar todas las películas y facilitaba la censura.

El encuentro de Arias con aquel nuevo mundo fue fruto del mismo azar que le había llevado a interpretar en las Guerrillas del Teatro. Un día, mientras ensayaba, impresionó al empresario de doblaje Hugo Donarelli, que le ofreció trabajo. Con el tiempo, Salvador Arias acabaría montando su propia empresa, los estudios Arcofon, donde conocería a Orson Welles durante el doblaje de Ciudadano Kane.

El encontronazo con el mítico cineasta tiene su anécdota, que relataría el propio Arias en una entrevista a Cómo hacer cine: "Estábamos doblando la película, cuando en mitad de una toma se abrió la puerta de la sala. Yo me enfadé muchísimo con la persona que veía en sombra, le dije que qué falta de profesionalidad, que guardara silencio, y cuando me fijé dije: ¡Mister Welles! Él me pidió disculpas y se quedó el resto de la mañana observando en silencio. Luego en el comedor me hizo una seña invitándome a comer con él. Era un hombre muy educado, me dijo con admiración: 'Lo que han hecho ustedes aquí en media hora es lo que hago yo en toda la mañana'. Y yo le dije: 'Claro, pero es que ustedes tienen dólares y nosotros pesetas".

Más tarde dio clases en la Escuela Oficial de Cinematografía y montó su propia escuela, que rinde homenaje a Rafael Alberti con el nombre, por la que pasaron actores como Ramón Langa o Virginia Mataix, que así lo recordaba en su blog: "Lo primero que me dijo fue que había que aprenderse el papel, nada de leer el texto en el atril". Mataix añadía: "Aprendí algo que jamás hubiera creído, a poner la voz a Embrujada y al gordo de Bonanza. Apenas cobraba por enseñar. Su deseo era que lo hiciéramos por disfrutar, no por dinero". Hacía años que no doblaba. Lo comparaba con el tabaco. "Si lo dejas y un día fumas un cigarrito, recaes".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de diciembre de 2010