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Crítica:CANCIÓN | Raphael

El histrión sigue siendo él

Solo hay algo equiparable en desmesura a Raphael: el público de Raphael. En un asombroso proceso mimético que se prolonga ya durante más de medio siglo, los seguidores del jiennense han aprendido de su maestro y se comportan como lo haría el propio artista si ocupara plaza en el patio de butacas: prorrumpiendo en aplausos apoteósicos, profiriendo piropos encendidos ("¡guapo!", "¡artista!"), jaleando al ídolo, enloqueciendo con sus posturas y desplantes. El raphaelismo, como toda buena religión, es una fascinación colectiva. Y con no pocos oficiantes: el ruiseñor de Linares estrenó anoche en el Teatro Compac un espectáculo que le mantendrá durante 19 noches consecutivas en la ciudad. ¿Adivinan cuántas entradas quedaban ayer para semejante maratón? Cero pelotero.

Poca sangre tanguera le late en las venas al intérprete de 'Escándalo'

Todo es excesivo -y lo seguirá siendo hasta los restos- en el universo de este hombre que decidió vivir y cantar alejado de cualquier atisbo de circunspección. Todo es desafuero en el único propietario de un Disco de Uranio (50 millones de álbumes vendidos) con que cuenta la música española: su grafía, los 50 años de trayectoria, las 37 piezas del repertorio, las tres semanas a piñón en la Gran Vía. Y qué decir de su última ocurrencia, un disco ¡triple!, Te llevo en el corazón, con sus tangos, boleros y rancheras predilectos de todos los tiempos. En cualquier otro caso hablaríamos de empacho, pero el raphaelismo incorpora el Omeprazol de serie. Y los protectores de estómago minimizan el impacto de las ingestas masivas.

A Raphael se le da de perlas hacer de Raphael, con sus aspavientos desde la primera estrofa, el culto a la personalidad, la sonrisa jactanciosa de quien se sabe idolatrado, ese torrente de voz que estalla y se regocija al final de cada frase, el decorado de noche estrellada y las bombillas que descienden para enfatizar que nuestro hombre sigue siendo aquel. Cosa distinta es que tal modelo de pompa y boato sea compatible, por ejemplo, con la profunda emoción arrabalera del tango. Más allá de que a don Rafael Martos se le olvidara Cuesta abajo, hay piezas que no pueden interpretarse a grito pelado. Y el avasallamiento de En esta tarde gris resultó doloroso. Por mucho sombrero que se ajuste, por mucho dúo virtual con Gardel en una radio de los años treinta, poca sangre tanguera le late en las venas al intérprete de Escándalo.

Más llevaderos fueron los acercamientos a boleros y rancheras, con Voy o La media vuelta como ejemplos meritorios (y, desde luego, desmadrados), y la posibilidad de escuchar al esforzado muchacho de la guitarra acústica por primera vez en toda la sesión. Hasta entonces, los dos caballeros de los teclados se habían encargado de sepultarlo casi todo bajo sus impenetrables oropeles de casino en noche de gala. Pero nada como el repertorio clásico, lo que Raphael denomina "joyas de la corona", para disfrutar del linarense en carne viva. De todos esos espasmos, muecas, paseos y arrebatos que, a sus 67 años, le mantienen como el mayor histrión de nuestra escena. Durante dos horas y media, tres semanas consecutivas, sin remisión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 30 de noviembre de 2010