La vida al alcance de la mano
Lo característico de un móvil es ya obviamente la cantidad de sitios por los que se mueve. Es móvil porque lo podemos llevar de aquí para allá pero, sobre todo, porque nos lleva y nos trae por cualquier motivo y a casi cualquier parte. Por su gran apego a nuestra cotidianidad se le ha asimilado a un órgano que sin necesidad de injertos quirúrgicos forma parte integrada de nuestra personalidad. Sin móvil parece que nos falte algo. Y no se trata solo de una sensación fantasmática sino de una experiencia real. La pérdida del móvil nos mutila, la ausencia del móvil nos ciega, el robo del móvil saquea nuestra intimidad. Ningún otro artefacto logró humanizarse tanto y, recíprocamente, con ningún otro ingenio nos hemos afiliado mejor.
Las herramientas tradicionales tendían a calcar en su forma la función a la que se orientaban. La manivela o el picaporte evocaban la mano, las tijeras mostraban la acción de cortar y las pinzas o la grúa el hecho mismo de pinzar o alzar. En su fisonomía se hallaba inscrito su destino y su quehacer respondía al directo cumplimiento del diseño. Herramientas nacidas para servir, cada una en su especialidad, a la voluntad general del amo.
El nuevo móvil, sin embargo, ha llegado a poseer tantas funciones que su voluntad se nos escapa de las manos. Somos dueños del móvil pero ya, en casi en todos los casos, una parte creciente de sus facultades superan nuestro conocimiento y voluntad.
En la comparación del usuario común y los posibles usos del móvil, prevalece ya siempre la dotación del móvil. De este modo, a medida que el aparato se enriquece con más y más prestaciones aumenta la sensación de que no tratamos con un artilugio nacido para atender nuestras órdenes sino que la complejidad de su orden nos embucha en él.
Con ello se alcanza la paradoja de que la herramienta no será un útil que adquirimos para adjuntarlo a nuestro progreso sino que somos nosotros quienes nos enrolamos en su prosperidad. Una prosperidad que en su desarrollo obliga a admitir que fuera de su universo quedaríamos subcapacitados.
El móvil calla y sigue colonizando atributos. Asume ya tantas funciones o aplicaciones que, en una objetiva visión de las cosas, en él se funden innumerables fragmentos humanos (la vista, la música, la palabra, la orientación, el arte, el sexo, la política, el comercio, el porno, el juego, el estudio, el tiempo, la agenda, el despertador) que convierten su primer papel auxiliar en esencial y su infinito surtido de opciones vivaces en lo que sería un anhelado repertorio de la propia vida.
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