Columna
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Ilusionismo político

Aparte del fin, o no, de ETA o de los resultados de las elecciones catalanas, la gran cuestión que se abre de aquí al final de la legislatura es la de si el partido del Gobierno conseguirá remontar su desventaja en las encuestas al PP. En mayo vendrá la primera prueba con las municipales y autonómicas, pero la parte buena del pastel son las generales. No lo tiene fácil. El presidente ha quemado ya su último cartucho después del cambio de ministros. Y le queda aún una ardua tarea marcada por el estancamiento económico y por los precedentes electorales más recientes, que demuestran que al final todos los electorados pasan factura a los gestores de la crisis.

Habrá más o menos brotes verdes, pero la gran cuestión es la creación de empleo, y eso ya sabemos que no se consigue hasta que volvamos a crecer por encima del 2%.

"El desafío es movilizar, saber reencantar a ciudadanos que ya están de vuelta de promesas"
"Hoy los políticos, para conseguir triunfar, casi tienen que aparentar que no lo son"

Su mayor escollo, sin embargo, es la dificultad objetiva para reilusionar a su electorado. Al habernos quedado escasos de recursos públicos, no lo puede ya "comprar" de forma convincente con nuevas ofertas de más prestaciones sociales ni, a la vista del ambiente de desconfianza general en la política, con promesas sobre un cambio de rumbo, mayor eficacia en la gestión o salidas similares. El problema es cómo combatir el "más de lo mismo", encontrar algo que lo diferencie de verdad respecto de lo que ha sido hasta ahora y respecto del adversario. Con todo, el PP no debería echar tampoco las campanas al vuelo. Los ciudadanos se van haciendo poco a poco más sabios y ya no es tan sencillo engatusarlos. Una reciente encuesta del canal público alemán ZDF, que reproducía el Financial Times el pasado día 9, es bien expresiva de esto. A la pregunta de "quién es el responsable principal de la recuperación económica alemana", solo un 9% se la atribuye al Gobierno de Merkel, menos que a los empleados (17%) o a las empresas (25%). La gran mayoría le imputa el mérito a la coyuntura de la economía global (42%).

Si esto comienza a ser así en otros lugares, se nos cae ya el presupuesto con el que comenzábamos la columna. Además, y esto no se suele decir, en casi todas las predicciones que hacen los organismos especializados sobre la evolución de las diferentes economías, el que haya cambio de Gobierno no parece ser una variable que importe. Los datos económicos objetivos se ven como independientes de interferencias políticas. La presunción es que la política, del signo que sea, seguirá los dictados que en cada caso marquen los imperativos sistémicos de la economía. No es una buena noticia para la democracia, pero ahí está.

Presumamos que esto es efectivamente así -aunque puede ser discutible-. En ese caso, la gran batalla no se librará tanto en el terreno de las promesas de hacer esto o aquello, cuanto en el de lo simbólico-expresivo. Como bien ha intuido el Gobierno, se combatirá en la esfera de la "comunicación". Pero no para vender mejor sus propuestas o para presentarse como "menos malo" que su adversario. El desafío estriba en movilizar, en saber reencantar a ciudadanos que ya están de vuelta de promesas, del "tú peor" o del clamoroso fragor de la crispación entre partidos. No hay fórmulas claras para hacerlo, pero no estaría de más aplicar un poco de sentido común. Lo que este nos dice es que una ciudadanía escéptica como la nuestra necesita que le den alguna ocasión para volver a creer en la política y los políticos, poder ilusionarse de nuevo con algún proyecto. No soportan ya más de lo mismo; ni están para muchas utopías o cuentos de la lechera. Para que vuelvan a atender a la política quizá baste con que perciban que sus dirigentes, además de honestos y eficaces, son sinceros. Que no todo va bien cuando están en el Gobierno, o que todo va mal cuando ejercen de oposición; que los ciudadanos son adultos y no hay que modularles la realidad con visiones -frames- adaptadas a los intereses de cada partido; que hay un interés general que está por encima de los intereses de parte; etc.

Si se fijan, lo que estoy diciendo es que hoy los políticos, para triunfar, casi tienen que aparentar que no lo son, una idea que seduciría al mismo Maquiavelo. La desconfianza en la política actual ha provocado que acabemos identificando al buen político con el que es capaz de no parecer de su gremio sin caer en el populismo. Produce desasosiego, pero así están las cosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 12 de noviembre de 2010.

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