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Editorial:editorial

Temor a la recaída

Los economistas no cesan de advertir de que la crisis financiera no ha concluido, que el sistema financiero no ha reparado sus balances de los desperfectos de la crisis inmobiliaria y que se aproximan tiempos de llanto y crujir de dientes, bien en forma de una nueva recesión, bien de double dip o recaída. Los pronósticos pesimistas tienen como fundamento la debilidad del crecimiento después de que se han retirado las ayudas públicas o los planes de estímulo. Estados Unidos decide que es necesario mantener los estímulos públicos y las ayudas crediticias, situando el precio del dinero en cero o por debajo de cero si es necesario, porque Ben Bernanke es la memoria viva del pánico a la deflación desatado desde la Gran Depresión: y Alemania insta a la austeridad fiscal y monetaria, porque ha heredado el terror a la gran inflación que padeció el país durante los dolientes años que desembocaron en el nazismo.

Ambos temores tienen un grado bien distinto de verosimilitud. Es difícil creer en la amenaza inflacionista porque, a pesar de que la Reserva Federal ha inundado de liquidez los mercados, lo cierto es que hasta ahora la demanda de crédito se ajusta a patrones de austeridad derivadas de las incertidumbres de la demanda y de la rentabilidad. La inflación no ha comparecido; pero la deflación esperada como consecuencia de los casi unánimes programas de ajuste presupuestario en Europa tampoco se ha presentado, aunque no son pocos quienes creen que tarde o temprano aparecerá. El problema es que el plan alemán parece la mejor forma de frenar la recuperación económica en cualquier país que no sea Alemania (que ya está creciendo a tasas satisfactorias). Una mezcla de austeridad pública en todos los países de la zona euro con una política monetaria restrictiva, que es la que se pretende aplicar de forma inmediata a instancias del Bundesbank, puede conducir sin remedio a un periodo de estancamiento o crecimiento raquítico durante un lustro.

Esta discrepancia conduce a un drama que se cuenta mal y se explica peor. Estados Unidos defiende la continuidad de estímulos fiscales porque, además de su miedo a la deflación, el país tiene margen para hacerlo. Acierta porque puede elegir. No está claro que países como España estén en condiciones de desmarcarse de los programas de austeridad que imponen los acreedores y avala Alemania; no pueden elegir. No hay poder político en Europa capaz de torcer la idea merkeliana de los ajustes presupuestarios en cadena, a pesar de que dichos ajustes amplían la posición relativa, en términos de competitividad, de Alemania con el resto de los países del euro.

En el caso de España, la predicción más probable sigue siendo la de un crecimiento débil para 2011. No hay manera de conseguir tasas de crecimiento próximas al 2% (modestas, pero efectivas) si no crece la demanda y no se resuelve el problema de la oferta de crédito. La supuesta reforma financiera española, con su rosario de fusiones frías, calientes y templadas, no es más que el plano a escala de los cambios necesarios. Ahora hay que ejecutarlos: ajustar plantillas, recapitalizar balances, dotar reservas, recuperar depósitos y, por fin, que bancos y cajas se dediquen a prestar dinero a empresas solventes. Pero la ejecución se demora y el crédito sigue sin fluir. No es verdad que la crisis financiera haya concluido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de octubre de 2010