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Crítica:PURO TEATRO

Días realmente estupendos

Alfredo Sanzol, cada vez más alto como escritor y como director: corran al Valle-Inclán a oxigenarse el alma con Días estupendos, divertidísima, emocionante, llena de vida. Y con una compañía para quitarse el sombrero

Cuento las historias para inventar los hechos que no recuerdo, y para contar me sirvo de las sensaciones que sí guardo". Parece una carta cervantina al duque de Lemos, pero es de Alfredo Sanzol, una de las mejores cosas que le están pasando al teatro español. Sanzol y su formidable compañía acaban de estrenar Días estupendos en el Valle-Inclán. Una obra divertidísima, emocionante, llena de vida. Vayan corriendo: respirarán mejor, verán el cielo abierto, en sentido literal y figurado. Alejandro Andújar ha levantado un repecho en el monte, entre encinares, al borde de un barranco, con la serranía al fondo. Coordenadas: el paisaje primordial de Sanzol, entre Quintanavides y el valle de Irati. Luces de verano, gentileza de Baltasar Patiño: la luz del calor alto, del anochecer cercano, la doble luz plateada (en las hojas, en los castillos de nubes) de la tormenta inminente. Ahí, durante ese verano que es todos los veranos, van a transcurrir dieciséis historias encadenadas.

Hay un montón de cosas fantásticas en este espectáculo. Hay ejemplos constantes de la perspicacia y las dotes de observación de Sanzol

¡Y los actores, qué poderosos, qué justos, qué verdaderos! Parecen extensiones del propio Sanzol, y viceversa: manos, ojos, voces

Hará un tiempo comparaba a Sanzol con Armiñán y De Filippo: por oído, por mirada, por corazón, por escritura. Un verdadero artista, como él, sabe cortar siempre en el momento preciso: cuando ya te ha inyectado el eco, cuando empezabas a pensar, iluso, que apenas había pasado nada, y había pasado todo. Como sus mayores, Sanzol ve y escucha a la gente "en redondo". En el primer episodio, una cantante llega a un pueblo y evoca a un antiguo novio, rojo y asesinado por los rojos, y contrapone su figura a la de Clemen, "un mangarrán, vago, medio tonto, que va a llegar a viejo, y el otro, una flor de mozo, a tomar por culo". Le responde un chaval, sobrino de ambos. Cuenta todo lo que les enseñó el tío Clemen, el superviviente. "Y nos contaba historias graciosas, y nunca nos dijo que le dejáramos en paz. Puede que no fuera como los demás hombres, pero era bueno, y tenía paciencia, y sentido del humor. Y si se quedaba sentado es porque estaba pensando. Y si el otro se murió no es culpa suya, zorra de mierda". Más adelante, en el episodio de la nudista, aparece un guardia civil. Con tricornio. Y, oh sorpresa, no tiene bigotito recortado ni habla con voz cazallosa. No es la quintaesencia del fascio. Es un buen hombre, como el tío Clemen. Sacar en un escenario "moderno" a un guardia civil afable y decente es un acto de un increíble coraje. O el episodio del etarra que acaba de salir de la cárcel, acarreando una funda de guitarra que todo el mundo toma por otra cosa. Entiendes que al tipo le encocoren las miradas a la funda, entiendes que los otros miren y supongan; entiendes que las miradas a esa funda seguirán toda la vida, no podría ser de otra manera. Tampoco ese asunto se había contado nunca así.

Prescindir de los estereotipos, de las ideas recibidas, de lo que se espera de uno (por edad, por perfil social, por todas esas férreas vaguedades) y mirar "en redondo", ya digo, con sencillez, con naturalidad, con humilde y enorme valentía, no es cosa que se vea cada noche. Hay un montón de cosas fantásticas en este espectáculo, y me limitaré a esbozar algunas. Hay un parlamento que una madre dirige al hijo que va a nacer que es como para copiarlo íntegro y luego hacer octavillas. Por bonito, por bien sentido, por verdadero, y porque no tiene una gota de blandenguería. Mejor van al Valle-Inclán, porque Elena González lo interpreta como se debe interpretar. Hay ejemplos constantes de la perspicacia y las dotes de observación de Sanzol. Elijo un episodio, el último. Acaba el verano, una muchacha se va, sus compañeros la abrazan, emocionados, es una despedida preciosa. Y entonces ella vuelve porque se ha olvidado el paraguas. Y los amigos se esconden porque ya se han despedido, porque una segunda despedida sería pura representación, y porque jamás debería haber vuelto por un simple paraguas. Lo vemos y pensamos: "Es verdad, la pura y sencilla verdad". Hay muchos más, por supuesto. El hilarante Pasión rural, piedra miliar de lo que podríamos definir como "polvo navarro". Y el del torero que descubre el dolor de los animales, y el del tío que en plena merienda campestre es sorprendido por su amigo del alma follándose un melón, y el de la chica que no perdona a Felipe González -otra gran frase- porque "le obligó a votar a Aznar". ¡Y los actores, qué poderosos, qué justos, qué verdaderos! Ahí hay una gran compañía: Paco Déniz, Natalia Hernández, Juan Antonio Lumbreras, Elena González, Pablo Vázquez. Parecen extensiones del propio Sanzol, y viceversa: manos, ojos, voces. Verlos es como volver a ver a unos viejos amigos: así debió sentirse Hamlet cuando regresaron a Elsinor, así debe sentirse el público que les vio en Sí, pero no lo soy. Vi la función un domingo por la tarde. Público tan heterogéneo como suele ser el de Madrid, pero todavía más: jóvenes, adultos tirando a viejos (como un servidor), familias, pelajes muy diversos, pero unidos en esa misma respiración de la que hablaba al principio: todos riendo cuando había que reír, emocionándose en los momentos precisos. A la salida pensé: el arte sirve para esto, para fijarse. Fijarse en los seres, en las cosas, en el tiempo. Fijarse en la verdad. Y fijarse uno mismo, anclarse en la vida. Con gracia, con ligereza, mezclando tonos y sentimientos. Sin retóricas, sin cháchara, sin falsas palabras. Esta temporada (¡qué suerte!) tendrán Sanzol por partida doble. Días estupendos, en el Valle-Inclán, hasta el 31 de octubre. Y en primavera, en el Español, Delicadas, que triunfó el verano pasado en el Poliorama barcelonés, con las T de Teatro: otra maravilla. Hablando de suerte: esta semana al fin podrán ver a José María Pou en el Bellas Artes con Su seguro servidor, Orson Welles: palabras mayores, lección magistral, gran acto de magia. Yo he visto también la deliciosa Avenue Q, en el Nuevo Apolo, con otra estupendísima compañía. Y a Francesc Albiol en Me lo veo venir, en las golfas del Lara. Un actorazo, todavía poco conocido en Madrid. Habrá que poner remedio a eso. En breve se lo cuento.

Días estupendos. Texto y dirección de Alfredo Sanzol. Teatro Valle-Inclán. Madrid. Centro Dramático Nacional. Hasta el 31 de octubre. cdn.mcu.es.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de octubre de 2010