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Tribuna:

¿Seremos capaces?

Escribo estas líneas tras regresar de Ottawa (Canadá) donde España ha participado en la reunión de presidentes de cámaras legislativas y senados de los países miembros del G-20. Y lo hago con la esperanza, a pesar de la huelga del 29 de septiembre, de que podremos ser capaces de asentar las bases para la recuperación, no solo económica, sino también del sentido común a la hora de afrontar los retos de nuestro futuro más inmediato.

Las cámaras legislativas representan la soberanía de nuestras naciones. Su contribución en este tiempo de incertidumbre será capital para ayudar a establecer los perfiles del nuevo modelo de realidades económicas que, entre todos, debemos afianzar.

Es necesario establecer un vínculo sólido entre los dirigentes, las iniciativas y los ciudadanos. Esa labor de transmisión política es una tarea esencial en un tiempo de temores, incertidumbres, rumores falsos e interesados, tremendismos o apuestas difíciles de asumir. La opinión pública padece con estupor la confusión de un tiempo distinto al que hasta ahora hemos vivido.

No es de recibo que el sistema financiero internacional no esté sujeto a regulación ni imposición

Bancos y capitales viven ajenos a las consecuencias de su gestión irresponsable

Además, los datos facilitados por la FAO en los últimos días no dejan de sobrecogernos, a pesar de la leve mejora en las cifras de las personas que pasan hambre en el mundo. Según este estudio, se reduce casi un 10% el número de hambrientos sobre la tierra. 925 millones de personas pasan hambre en 2010 frente a los 1.020 millones de 2009. Evidentemente, no estamos haciendo lo suficiente.

El valor de la política con todo su significado se encuentra en la esencia misma de un foro como el G-20. Es un espacio de diálogo entre países con aparentes intereses dispares pero con voluntades comunes para lograr acuerdos mediante el diálogo y el consenso.

El instrumento de este tiempo que comienza es el consenso. No la imposición, no la alternativa sin discusión. Es el tiempo del diálogo y del consenso. Y eso es algo que debemos explicar y transmitir a la ciudadanía. A la misma ciudadanía que asiste con preocupación a los acontecimientos que se producen en nuestro mundo y en nuestro tiempo.

Es cierto que los asuntos que se tratan en las reuniones del G-20 pocas veces responden a la expectativa que una sociedad mediática impulsa en la conciencia de los ciudadanos. Los temas son áridos, las argumentaciones confusas y fruto de intereses muchas veces dispares. La realidad parece naufragar en un mar de confusión.

Pero ahora la realidad nos exige mirar hacia delante. Es decir, planificar respuestas a preguntas que aún no nos hemos formulado. Para ello, el G-20 dispone de la capacidad de liderazgo internacional que el mundo necesita. Debe impulsar conceptos como transparencia, diálogo y eficacia en la gestión. Debe ser un gran órgano mundial de cooperación económica que ayude a paliar los efectos indeseados de esta crisis y que sirva para realizar las transformaciones necesarias con el fin de evitar que crecimiento y peligro vayan de la mano en la nueva etapa que hay que iniciar de inmediato.Además, junto a la mayor riqueza convive aún la peor pobreza. Junto al desarrollo irracional hay propuestas de crecimiento sostenible. Nuestro planeta es solo uno con un único medio ambiente. En cambio, el hambre es múltiple, se manifiesta de distinta forma en la pobreza de las naciones ricas o en el subdesarrollo de los países que siempre están al margen de la creación de riqueza aunque sean propietarios de recursos materiales esenciales para los demás.

Aun así, soy optimista porque creo en la civilización y en el ser humano. Soy optimista porque creo en nuestra fuerza imparable para afrontar retos, desafíos y sobrevivir a las adversidades.

La sociedad del siglo XXI es una sociedad informada. Y un mundo enfrentado a una crisis especulativa no puede desoír el descontento ni la preocupación de sociedades que ven empequeñecer su bienestar y adelgazar la política social de sus estados mientras bancos y capitales permanecen ajenos a las terribles consecuencias de su gestión irresponsable.

La próxima reunión del G-20 será en Seúl en noviembre. Difícilmente se podrán aplazar más allá de esa reunión las obligaciones de acometer medidas serias de regulación, transparencia y contribución a los riesgos.

Durante dos años y en especial en los últimos meses hemos sufrido las acometidas de intereses espurios que han beneficiado a unos pocos sangrando nuestra deuda pública. Hemos recibido ataques en forma de rumores interesados y hemos soportado la infamia de titulares indecentes al tiempo que los calificadores hacían oídos sordos a los ataques especulativos y aceptaban como buenos los resultados del debilitamiento provocado por esas estrategias.

Aun así nos sentimos fuertes. No renunciamos a un proyecto social porque haya que salvar el modelo económico. Todo lo contrario. Vamos a fortalecer el modelo económico porque creemos en él para desarrollar un proyecto social y democrático. Y nos vamos a enfrentar a quienes desestabilizan al poner su ambición por encima de los intereses de un país.

Para ello necesitamos publicidad y transparencia. Necesitamos control y medidas eficaces que regulen las operaciones de alto riesgo. Queremos seriedad y rigor. Y queremos asumir el desafío, también, de emprender las reformas necesarias cuyo interés todos compartimos. Tenemos por delante el futuro. Y todos podemos contribuir a él.

La posibilidad de un impuesto sobre las transacciones constituye una buena opción, que puede reducir las excesivas volatilidades de los mercados. La virtud de un impuesto sobre operaciones es que no va destinado a los bancos como sujetos tributarios, sino sobre operadores e intermediarios. Un impuesto que podría cumplir dos objetivos importantes: incrementar la estabilidad financiera y garantizar fondos para cubrir costes en caso de futuras quiebras o financiar bienes públicos

Los ciudadanos de nuestros países por su renta, por sus operaciones y transacciones, como consumidores son sujetos de tributación. Sin embargo, el sistema financiero es el único sujeto no sujeto a supervisión, ni reglamentación y sus transacciones financieras carecen de ningún tipo de imposición, lo que lleva a desconocer sus movimientos o su volumen. ¿Es esto entendible o justificable?

España está en la disposición de ayudar a un gran acuerdo, a un consenso tanto en la Unión Europea como en el G-20. Aprovechemos la oportunidad de sanar una herida infectada con un acuerdo global que haga imposibles nuevas crisis, al menos de este tipo. Es una oportunidad que debemos aprovechar en beneficio de aquellos que asisten con inquietud a los acontecimientos: la humanidad. ¿Seremos capaces?

Javier Rojo es presidente del Senado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de septiembre de 2010