Entrevista:LECTURA

Seamos egoístas: sí a la inmigración

Tras veinte años en diferentes funciones, entre ellas la de haber encarnado la imagen exterior de la UE, Javier Solana es el político más internacional de España. Terminada su responsabilidad pública, conversa con el periodista Lluís Bassets sobre el estado de Europa y del mundo. El resultado es el libro 'Reivindicación de la política'

Reproducimos aquí algunos fragmentos de las conversaciones entre Lluís Bassets y Javier Solana.

Pregunta. Cuando en mayo de 2007 le concedieron el Premio Carlomagno, el máximo galardón al europeísmo que da la ciudad de Aquisgrán, usted, en plena crisis y estancamiento de la Constitución, reivindicó a Europa como "actor global, hablando con una sola voz". Consideró que debería ser un "factor decisivo en la paz y en la estabilidad mundiales". "Esta es mi Europa", terminó diciendo. ¿Cuán lejos estamos ahora mismo de ese sueño suyo europeo?

Respuesta. La crisis económica, el principal problema que tenemos, ha concentrado la mayor parte de nuestras energías. Pero no olvidemos que no hay posibilidad alguna de acción internacional si no es desde una plataforma continental. Ningún Estado miembro solo podrá hacerlo. Tenemos intereses que preservar, amenazas a las que hacer frente, problemas globales que nos afectan y sobre los que debemos hacer oír nuestra voz y cuyas soluciones dependen en muchos casos de nosotros. Necesitamos mucho más que un mercado y un proyecto de estabilización regional. Esa es la Europa que yo quiero, una Unión con una auténtica política exterior y una política de defensa y seguridad eficaces. Pero solo podemos desarrollar una auténtica política exterior si nos dotamos de las estructuras necesarias, lo que significa ante todo instituciones bien concebidas y diseñadas. Unas instituciones que nos permitan actuar juntos en un mundo en el que Europa solo existe e influye cuando actúa como tal, es decir, cuando los europeos actuamos colectivamente. El nuevo Servicio Exterior Europeo que estamos creando será un instrumento fundamental para ello.

P. Usted ya fue nombrado en 2005 como Alto Representante

[previsto en la Constitución europea, aunque esta no llegó a entrar en vigor] y luego, con el referéndum francés y holandés, todo quedó en el aire.

R. En esa cuestión hay pocos cambios entre la Constitución y Lisboa. Es verdad que después del fracaso de la Constitución hubo momentos en que se trató de dar marcha atrás. Empezaron a crecer dudas, hasta 2007, año en que Merkel retomó la cuestión durante la presidencia alemana. Fueron dos años en verdad angustiosos, muy difíciles, porque no era seguro que recuperáramos lo que entonces estaba en el alero. En el discurso con motivo de la entrega del Premio Carlomagno hice un llamamiento para que no siguiéramos perdiendo tiempo y saliéramos de la crisis institucional. Animé a Merkel para que se comprometiera a fondo y sacáramos adelante el tratado en el mismo 2007, antes de que terminara la presidencia alemana en junio. Y fue efectivamente ella la que consiguió que diéramos el gran paso. (...)

P. A usted le debe quedar el gusanillo de no haber podido utilizar las palancas enormes que daba el nuevo cargo.

R. Si se hubiera aprobado en 2005, me atrevería a decir que muchas cosas habrían sido diferentes, no solamente en el ámbito de la política exterior y de seguridad, porque habríamos llegado a 2009 con un tratado ya rodado en todas sus dimensiones. Y hubiéramos llegado a la crisis económica en unas circunstancias mucho más claras desde el punto de vista institucional. En 2005, los que hicieron el primer tratado, al que se llamó Constitución, todavía eran otro grupo de líderes: Chirac, Schroeder... A continuación se produjo un momento de vacío porque no solamente cayó el tratado, sino que llegó una generación nueva y la mayor ampliación de la historia, que es de apenas un año antes. Sin tratado y con grandes dudas sobre la dirección que debía tomar Europa. Imaginemos si todo eso hubiera sido al revés. Habríamos estado en una situación infinitamente mejor.

P. Y ahora, con el perfil de los nuevos cargos, ¿el riesgo no será quizá que no se utilicen todas las palancas?

R. No creo que suceda por las personas. Son importantes, qué duda cabe, pero la clave siempre son las instituciones. (...)

P. Otro campo en el que se ha avanzado en los últimos años, desde el Consejo de Tampere, de octubre de 1999, es Interior y Justicia. Pero en los últimos años estos avances, sobre todo en el tema de las inmigraciones, parece que vayan en una mala dirección.

R. Estamos lejos todavía de lo que hace falta en políticas de inmigración europeas. Hace falta trabajar mucho más. Pero en el tema migratorio, se mire por donde se mire, hay que partir de una base y es que el desarrollo económico de la Unión Europea va a exigir en el futuro una considerable fuerza de trabajo inmigrante. Según el informe que la Unión Europea encargó a Felipe González, se necesitarán 68 millones de trabajadores entre ahora y 2050.

P. Quizá lo que sucede es que estamos cambiando de modelo de sociedad y nos encontramos, de una parte, con las resistencias de los sectores de la sociedad que no quieren en absoluto este cambio, y de la otra, con unos partidos e instituciones que prefieren sacar partido electoral, en una u otra medida, de la reacción frente al cambio, en vez de tomar posiciones responsables.

R. Yo comprendo que los ritmos a veces pueden ser excesivamente rápidos para algunas sociedades. Pero es tal la evidencia de que vamos a necesitar más gente, que hay que desdramatizar el debate sobre la inmigración, sin entrar en demagogias ni xenofobias. Tenemos que reconocer, primero, que aquí hay un problema; segundo, que una parte del problema es la solución, puesto que necesitamos emigración, y tercero, que esa solución, como es nueva, creará reticencias como muchas otras soluciones nuevas. Hemos pasado por dificultades parecidas, y lo que sabemos es que al final tendremos que adaptarnos, porque son cuestiones necesarias en nuestra vida colectiva.

P. Es decir, acostumbrarnos a pensar que esta no es una sociedad con un solo color de piel, una religión, una lengua y una forma de ver el mundo, sino muchas

R. Sí, pero digámoslo primero en términos egoístas. Necesitamos a los emigrantes y por eso hay que abrirles las puertas. Segundo, veámoslo en términos de solidaridad: en 2025, en África, es decir, en el continente más próximo a nosotros físicamente, del que estamos separados por muy poco mar -el Mediterráneo no es el océano Atlántico-, el 50% de la población tendrá menos de 18 años. ¿Qué supone eso en cuanto a educación, empleo, etcétera? Si no se les da ayuda económica para desarrollo, educación y salud, terminarán cruzando el mar. Y entonces los problemas serán todavía mayores. Esta es una reflexión que tiene un fuerte componente de interés propio; pero hay un interés que está ligado a una necesidad económica y otro que está ligado a unos valores morales, que yo desde luego intento defender.

P. En política de inmigración, por tanto, lo deseable sería que no nos limitáramos únicamente a la cuestión policial y a la restricción de entradas, sino a las políticas activas de integración. Pero en esto no estamos todavía.

R. No, pero hay que estar, hay que ayudar a los países en lo que se pueda en esas políticas de integración. Además, en la política europea de Justicia e Interior debe haber un capítulo muy serio dedicado a la lucha contra las mafias y el crimen organizado. Es un problema que desgraciadamente crece de manera imparable, sobre todo con la droga, pero también con asuntos terribles, como señala la reciente denuncia de Unicef del robo de niños de los hospitales de Haití para traficar con ellos. Todo eso forma parte de los problemas ante los que la Unión Europea no puede cerrar los ojos. Si queremos ser una potencia global, tenemos que mirar al mundo tal como es.

P. Hasta ahora la tracción política más seria del tema de la inmigración en los últimos años se ha producido desde Italia y desde un mundo donde precisamente hay colusiones incluso entre el poder político y las mafias. Lo que está determinando y moviendo las cosas no son los mejores impulsos del interés más organizado y más racional y los instintos solidarios, sino exactamente los contrarios.

R. Hay que hacer un gran esfuerzo. Déjeme insistir, no es ser ingenuo, es que vamos a necesitar que vengan a trabajar con nosotros a varios millones de personas. Esta es la cuestión que muchos no quieren aceptar. Qué gran contradicción.

P. Pero, sin embargo, no están moviendo las cosas ni la reflexión ni el debate racional, sino el impulso demagógico.

R. Estos problemas surgen cuando el ritmo de los cambios es demasiado rápido para que la gente se adapte. Los niveles de inmigración a veces se concentran de forma excesiva en algunos puntos, lo que agudiza los problemas. (...)

P. A los actuales líderes les cuesta mucho salir de sus países para convertirse en auténticos líderes europeos, ¿no? Sarkozy, que es el que tiene más vocación y energía interior como líder (otra cosa es que funcione), de hecho, no sale de Francia; si es un líder de algo es un líder francés. Merkel lo mismo; Zapatero tres cuartos. El último líder que hemos tenido que desbordó sus propios límites (aunque luego salió mal) fue Blair. Cuesta mucho encontrar líderes con entidad europea, con capacidad para dirigirse al conjunto de los europeos. Que era un poco quizá lo de la fórmula de Delors, Mitterrand, Kohl, González: no era uno solo, pero sí había un grupo que tenía capacidad de dirigirse y de movilizar. Y ahora no se ve por ningún lado el grupo y tampoco se ve la singularidad, que alguien destaque.

R. Yo soy más optimista. La necesidad es tan clara que tendrá que surgir la manera de enfrentarse con la crisis y hacerlo bien. Lo veo claro, porque es que si no, le va a ir muy mal a todo el mundo. A los Estados y a la Unión Europea. No veo otra fórmula para movilizar a este grupo, a este colectivo, en una política europea. Creo que la crisis les obliga. Esa es mi esperanza.

P. ¿Y el papel de España? Tras la ampliación (de la UE hacia el Este de Europa) , ha cambiado el peso del eje franco-alemán. Se han producido dos quiebros, uno por parte de Aznar y otro de Zapatero. ¿Estamos realmente bien orientados, está España bien orientada respecto a Europa, tenemos todas las coordenadas bien localizadas? ¿Tenemos el futuro bien balizado, como era el caso hace diez años? ¿O estamos de nuevo ante una encrucijada?

R. La encrucijada es europea. Veremos cómo se resuelve el problema europeo después del tratado. Pero la opción española, a mi juicio, es seguir siendo un país abiertamente favorable a la integración. Es lo que nos beneficia. Hay que jugar esa carta, y hay que hacerlo además con vocación de liderazgo. Ya lo estamos haciendo en algunos campos. Por ejemplo, nuestras contribuciones a las operaciones de mantenimiento de la paz tienen un gran prestigio. Nunca ha habido un solo problema con España en esa materia. Esto es muy bueno porque te da mucha credibilidad. España también debería aportar ideas para avanzar en el proceso de integración. Hay todavía en España suficiente pensamiento y reflexión como para que podamos jugar un papel en ese campo.

P. Con Felipe González realmente la apuesta era muy clara con relación a París y Bonn, entonces la capital alemana. Aznar jugó al eje Londres-Roma. Zapatero ha intentado regresar el eje Berlín-París, pero esto ya no existe. ¿Cuáles son las alianzas naturales de España?

R. Las clásicas ya son conocidas. Pero en la Europa ampliada, entre las obligaciones de España yo destacaría la de recuperar proximidad con el Este, y en especial con Polonia, eso sería muy importante. Hay una buena química de país a país, con independencia de los liderazgos. Y hay también mucho que hacer económicamente. Nuestro mundo empresarial y económico se ha olvidado de que por ahí hay una parte de Europa, muy interesante, con la que no nos relacionamos lo suficiente.

Reivindicación de la política . Editorial Debate. Precio: 21,90 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 19 de septiembre de 2010.

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