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Crítica:PURO TEATRO

¡Barato, barato, lo vendo barato!

No se han lucido Piti Español, que debuta en el teatro Marquina de Madrid con ¡Manos quietas!, ni Ernesto Caballero con La fiesta de los jueces en los Teatros del Canal: la primera se pasa de trazo grueso y la segunda no hace diana

A veces el teatro te hace viajar en el tiempo, pero en el peor sentido: la semana pasada tuve que pellizcarme porque estaba convencido de haber visto una farsa de Paso en el Marquina y una parabolita "independiente" en el Canal. Los programas de mano (y el pellizco) me devolvieron al presente: Piti Español es el autor de ¡Manos quietas! y Ernesto Caballero firma La fiesta de los jueces, sobre El cántaro roto de Von Kleist. Sus respectivos asuntos (los excesos de lo políticamente correcto y la corrupción judicial) se prestaban (corrijo: exigían) sátiras feroces e inteligentes: no ha habido suerte. Cosa sorprendente en ambos casos: la trayectoria teatral de Caballero es de sobra conocida, y Piti Español, que debuta como autor dramático, tiene en su haber trabajos tan estimables como el relato autobiográfico La pista africana o el estupendo guión de La vida de nadie, escrito al alimón con Eduard Cortés. ¡Manos quietas! parece un intento de seguir (o explotar) la veta abierta por Yasmina Reza en Un dios salvaje (la ferocidad que estalla bajo el barniz civilizado) pero usando unos naipes marcados con gotelé y con un "mensaje", como se decía antes, que corta el hipo: el Paso de Los derechos de la mujer (y tantas otras) debe estar palmoteando ante la llegada de este hijo tardío, que no se corta a la hora de hacer chistes de sobaco (literalmente) ni de dar voz a un protagonista como Manuel (Iñaki Miramón), el arquetípico tonto/listo al que le ha salido todo mal en la vida pero que se acaba llevando el gato al agua; ese "hombre de la calle" harto de monsergas y amigo de llamar a las cosas por su nombre, que cuando ve a una señora estupenda le mira las tetas, a ver qué va a hacer, y sólo piensa en follar porque "eso es en lo único que pensamos los tíos": un personaje ideal para Quique Camoiras. ¿Y cómo no va a caer simpatiquísimo, adorable y para llevártelo a casa el amigo Manuel si sus oponentes son Aurora (Marta Calvó), la bruja de su mujer, más mala que Cruella de Vil, Esme (Chiqui Fernández), una directora de escuela con el cerebro de una lombriz, y Cortejo (Mariola Fuentes), una madre agraviada por la agresión a su chaval, que parece salida de una terapia de López Ibor? Ah, y Cristóbal (José Luis Martínez), un profesor gay tan estirado como malévolo, faltaría más. Hay ocurrencias graciosas, pero la primera parte gira una y otra vez sobre las mismas chanzas, y el presunto nudo de la función (la sevicia que estas tres arpías de manual infligen al pobrecito Manuel) desafía cualquier atisbo de verosimilitud. Esteve Ferrer tampoco se ha roto los cascos en la dirección: impera ese terrible tono de teleserie cómica española, exasperado, subrayadísimo, gesticulante, donde todo se le da remascado al espectador y cualquier posible matiz muere de soledad antes de ver la luz. Iñaki Miramón está muy eficaz en las réplicas, aunque aspaventoso y buscando la risa a cualquier precio. El resto del reparto utiliza armas similares, con el valor añadido que supone tratar de imprimir un mínimo hálito de vida a tan bochornosas marionetas: coraje, digno de mejor causa, se llama esa figura.

'¡Manos quietas!' parece un intento de seguir (o explotar) la veta abierta por Yasmina Reza pero usando unos naipes marcados con gotelé

'La fiesta de los jueces' tampoco depara muchas alegrías. La teórica puesta en solfa de la actual judicatura se queda en cuatro bromas

La fiesta de los jueces tampoco depara muchas alegrías. La teórica puesta en solfa de la actual judicatura se queda en cuatro bromas que recuerdan a un Boadella en horas bajas: tal vez Ernesto Caballero no ha querido meterse en berenjenales o se le cruzó otro trabajo. Premisa: un grupo de magistrados españoles decide representar El cántaro roto como apertura del año judicial, para evidenciar que nuestros tribunales poco tienen que ver con lo que se narra en la obra. Santiago Ramos encarna al martingalesco juez Adán casi en clave de comedia del arte y dejando escapar de cuando en cuando las alegres cadencias del Gallo Claudio, y José Luis Alcobendas y Silvia Espigado destacan holgadamente entre sus compañeros. Pero, Problema Uno, el texto elegido, un entremés cansino y previsible que Von Kleist debió escribir tras un empacho de strudel, ocupa dos tercios del espectáculo. El Problema Dos es que el tercer tercio adopta, a guisa de prólogo y epílogo, la forma de dos rebanadas, delgadísimas y de escasa proteína, para envolver la pesada vianda. En el transcurso de El cántaro roto se envían sonrojantes guiños al público (en el más cándido estilo "usted ya me entiende" del teatro independiente) como "¡pero qué hemos hecho para tener a esta gente en los tribunales!". Hay insertos no menos pueriles, como el del juez que interrumpe la representación para proponer vistas con mecenazgo privado y recibe esta respuesta: "¿Una empresa textil, patrocinando un juicio por cohecho? No dé usted ideas". Hay ideas desconcertantes: el personaje de Eva, la doncellita estuprada por el taimado Adán, ha de correr a cargo de una chica de la limpieza (Karina Garantivá) porque los magistrados "no encuentran a una jueza joven que interprete su papel". La representación de El cántaro roto se interrumpe de vez en cuando porque los jueces andan a la greña, eso parece claro. En la rebanadita final, los jueces sólo logran consensuar un texto tan apocopado que se reduce a la frase: "Brindamos por una justicia que...". Hay unas cuantas cancioncillas ratoneras, la aplaudida frase "lo que le estáis haciendo a Baltasar no tiene nombre" y, no menos aplaudida, esta perla de ingenio que no desdeñaría Vizcaíno Casas: "Para ser juez en Cataluña hay que saber catalán, del mismo modo que para serlo en Sevilla hay que saber bailar sevillanas". La cosa acaba, no menos previsiblemente, con un rifirrafe entre todos, tras el cual se cae el decorado y una criada tira la balanza de la justicia a la basura. A juzgar por las risas del público, apostaría a que tanto ¡Manos quietas! como La fiesta de los jueces tendrán un éxito de campanillas. También he visto teatro de hoy, con sus peros, que ya detallaré la semana próxima, y sus enormes aciertos: Todos eran mis hijos, en el Español, donde brillan -de largo- Carlos Hipólito y Manuela Velasco, y la emotiva El proyecto Youkali, en el Matadero, servido por un entregadísimo equipo a las órdenes de Manuel del Arco.

¡Manos quietas!, de Piti Español. Dirección de Esteve Ferrer. Teatro Marquina. Madrid. La fiesta de los jueces. Versión y dirección de Ernesto Caballero. Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 26 de septiembre. www.teatrosdelcanal.org/

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 2010