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EL RINCÓN

El tiempo multiplicado de Patricia Urquiola

"Mis creaciones no salen de la inspiración de un segundo, son fruto de método y razonamiento", afirma la diseñadora

No es cuestión de falta de tiempo. O por lo menos, no solo. Patricia Urquiola no consigue estar parada. No se sienta en la silla. La roza, la acaricia, justo en el borde, un instante apenas, antes de volver a revolotear por su estudio, camuflado en un barrio residencial de Milán. Un gran barco de luz y cristal con la quilla llena de jóvenes colaboradores. Son más de treinta, inclinados sobre ordenadores, amplios bocetos y maquetas. En la cabina, que cuelga desde el techo y queda suspendida sobre sus cabezas, se mueve rápida la diseñadora nacida en Oviedo en 1961 y residente en Italia desde hace más de 20 años. El timón del Estudio Urquiola, puntero en el mundo, es una habitación rectangular con paredes transparentes. Más que como despacho, se utiliza como sala de reuniones o para recibir a los clientes. Al capitán le gusta estar con su tripulación, en la planta baja. De hecho, no los pierde de vista. No les controla, les admira. De allí ha salido de todo: un resort superlujoso y un grifo que ahorra agua; sillas, taburetes, tarros o un tapón de champán. Su ritmo de producción se parece a su discurso, un flujo de entusiasmo continuo, una avalancha creativa que salta de una anécdota profesional a una historia infantil con la frescura desordenada de una irredenta marea interior.

"Si en algo tengo talento es en compaginar la vida familiar y la profesional", resume, mientras cuenta con la punta de los dedos los compromisos que ambos aspectos conllevan: los encuentros con los profesores de las hijas, Sofía y Giulia, un viaje a Puerto Rico, uno a Dinamarca, otro ya programado a Basilea. El ancla es un despacho que parece un cofre de piezas de alto diseño y pequeños recuerdos de viajes o de infancia: la cajita de plástico verde llena de duendes japoneses; la silla que es una flor estilizada dibujada para EMU; un flamante iPad; una tacita de la abuela Lucía; una gran bola de cristal, con nieve, regalo de un cumpleaños pasado. Los objetos dialogan y establecen engranajes inéditos. "Mis creaciones no salen de la inspiración de un segundo, son fruto de método y razonamiento. Me esmeré meses para imaginar un sofá low cost para una famosa firma italiana". Pero la dimensión lúdica la persigue. "Mi trabajo es mi hobby. Por eso no paro", se ríe. Es lo que le gusta, lo que su cerebro y su cuerpo hacen casi sin que ella se dé cuenta. La servilleta en el restaurante del viejo Milán se transforma en un pájaro, mientras comenta: "Estoy convencida de que me volví arquitecta y creativa porque de pequeña jugué tanto con mi hermano".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 2010