Columna
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Otra vez Afganistán

La pasada semana, de nuevo llegaban noticias de muerte desde aquella atormentada nación asiática. Tres españoles, entre ellos el alférez gallego Abraham Leoncio Bravo, perdían la vida en una acción de guerra, porque una guerra es lo que hay en Afganistán. Nuestros soldados están presentes en aquel convulso país cumpliendo una misión encargada por el Gobierno según el principio democrático de plena subordinación de los militares a las decisiones del poder civil. Por eso, con independencia de la valoración que nos merezca tal misión, nuestros compatriotas uniformados se han hecho acreedores de nuestro respeto, reconocimiento y homenaje. Y por esa misma razón quien tiene que dar una explicación convincente acerca de nuestra presencia en Afganistán es el Gobierno que envía allí a los soldados, explicación que nada tiene que ver con la insoportable retórica y la grandilocuencia patriótica a la que nos tenía acostumbrados José Bono, y a la que últimamente parece haberse adherido la ministra Chacón. Por otra parte, el hecho de que la Brilat tenga su base en nuestra tierra (Figueirido) y que de los más de 90 muertos casi una veintena sean gallegos, convierte a Galicia en una de las zonas más castigadas y explica que la demanda de clarificación política adquiera aquí un carácter general.

De los más de 90 soldados muertos en la atormentada nación asiática, casi una veintena son gallegos

Quienes desde hace tiempo discrepamos abiertamente de las triunfalistas previsiones oficiales y anticipamos la trágica situación que hoy vive Afganistán no poseíamos dote adivinatoria alguna que nos permitiera realizar nuestro pronóstico, simplemente tuvimos en cuenta las terribles lecciones que al respecto proporciona la historia. La reciente y la más remota. En efecto, el deseo de independencia nacional es la fuerza más poderosa de nuestra época. Infringir ese deseo es tocar el más sensitivo de los nervios políticos. Quien ignorando esta realidad actúe contra la conciencia de nuestro tiempo chocará inevitablemente con la determinación resuelta y universal de las personas de gobernarse a sí mismas. Si un gobierno es representativo, fuerte y eficaz, no tolerará el dominio extranjero. Si el gobierno es débil, ineficaz, impopular y corrompido, podrá aceptar la sumisión a un poder extranjero, pero entonces no será tolerado por su propio pueblo. Esto último es lo que está sucediendo en Afganistán. Nueve años después de la invasión norteamericana, se han recrudecido los combates, los talibanes se hacen cada día más fuertes, los señores de la guerra campan a sus anchas, los campos de opio se han extendido por doquier y financian la insurgencia, el terrorismo y la corrupción.

Estados Unidos ha sufrido en los últimos 40 años dos inequívocos reveses de los que no parece haber sacado ninguna enseñanza. Uno, en Vietnam; otro, en Irán. Con ambos países, EE UU desplegó en los años 60 del pasado siglo una estrecha alianza militar y política. En Vietnam, Washington desarrolló una participación militar activa, prolongada y muy costosa. En Irán, patrocinó una masiva y también costosa penetración de intereses financieros así como de equipos militares y asesores. En ambos países, el Gobierno norteamericano se asoció con regímenes y dirigentes que eran, en Vietnam, incompetentes y corrompidos, y en Irán, opresores, corrompidos y despreciados. El resultado es bien conocido en ambos casos: EE UU tuvo que salir con el rabo entre las piernas y su imagen sufrió un enorme desgaste a causa de la mala reputación de aquellos a quienes habían apoyado. Cuanto más estrecho el abrazo, peor fue el resultado. Así pues, no descarten ustedes que, mutatis mutandis, en Afganistán se repita lo que sucedió en Vietnam e Irán, y que EE UU, además de muerte, horror y desolación, deje tras su retirada un incendio político y social de incalculables consecuencias para todos.

En esta encrucijada histórica, las democracias que constituimos la Unión Europea tenemos la obligación moral de alzar nuestra voz para que esta se escuche en el mundo. De lo contrario, cuando en el futuro tengamos que rendir cuentas, serán muchos los que señalándonos con el dedo repitan la sentencia de Tácito: extendieron la desolación y la llamaron paz. En tales circunstancias, comprenderá el Gobierno que tiene la obligación de aclarar, sin confundir objetivos con quimeras, qué hacen nuestras tropas en Afganistán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 01 de septiembre de 2010.

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