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DOCUMENTO Íntegro

Secreto

Toño, el del bar Toño, junto con Pepe, Pepito, por mal nombre Pepitín, amistosamente conocido como Pepef, el hijo del sheriff, además de yo mismo, estábamos buscando el Secreto.

-¿Qué secreto hay que encontrar? -preguntó Toño.

-Eso no está claro -contesté-, pero siempre existe un secreto. En todo.

Pepe no intervino en la conversación. Solo hablaba si le preguntaban. Como no solíamos ni Toño ni yo preguntarle nada, podía pasarse el día entero sin pronunciar palabra, excepto hola y adiós.

Todo empezó con la llegada del viajante comercial del coñac González Byass, un hombre muy refinado que llevaba capa española y que terminaba en "ado" las palabras que terminaban en "ao". Cabreao, tarao, puteao, y así. Un cursi con bigote de cepillo. Muy fino con las señoras, muy educado con los hombres y un remolino con el manteo cuando salía del café.

Estaba tomando nota, en el bar Toño, de cuántas cajas de coñac necesitaban. El padre de Toño le dijo a su hijo que contara las botellas, e hizo el pedido. Después, se puso a servir en el mostrador. Serían como las once de la mañana del domingo. El viajante se quedó con Toño hijo, más Pepe y yo que habíamos ido a buscarle al bar. Nos preguntó si teníamos novia. Nos encogimos de hombros. Depende de cómo se mirara, ¿acompañar hasta su casa de noche a una chica podía tomarse como noviazgo?

Eso lo dijo Toño, y Pepe me miró en silencio.

-Depende del número de veces y otras cosas -aclaré.

El viajante asintió, serio. Metió la mano en el bolsillo y dio un duro de propina a Toño por contar las botellas de González Byass. Luego se colocó la capa sobre los hombros con un golpe de muñeca.

-Cuando vuelva os contaré un secreto -dijo guiñando un ojo.

Así que esperamos ansiosamente que todo el pueblo tomara muchas copas de coñac, que se acabaran las botellas y que volviera pronto el viajante de la capa.

Cuando lo hizo, insistimos a Pepe, Pepitín, para que fuera él quién le preguntara por lo del secreto.

-¿Por qué yo?

-Porque para eso eres Pepef, el hijo del sheriff.

Pepe intercambió con el viajante unas pocas frases. Las suficientes para venir a contarnos el resultado.

-Dice que el secreto está en el gallo. No sé qué habrá querido decir.

El pobre Pepe parecía un poco apurado. Le achuché:

-¿No le preguntaste nada más? ¿Te quedaste así, callado? ¿Eres tonto?

-Pregúntale tú si quieres, listo.

El viajante venía por lo menos una vez cada dos meses a tomar los pedidos. De vuelta al cálido sur, a las bodegas, se llevaba algunos productos de nuestra tierra: cebollas rojas, alubias tiernas, guisantes de temporada, huevos y fruta. Las verduras eran de la huerta del maestro, las frutas de aquí y de allá, y los huevos, del convento de las madres carmelitas. Y el viajante les había prometido proporcionarles un gallo para el gallinero conventual.

La madre Soledad también suministraba huevos al bar Toño. Solo que había que ir a recogerlos en persona, en horas que no fueran de rezo o retiro. Con ellos se hacían huevos rellenos, huevos con anchoa, huevos con gorro de aceituna. Una barra de fantásticos pinchos que, a lo largo del tiempo, darían fama al bar.

El viajante de la capa cumplió su promesa y volvió del sur con un gallo de fina raza. Nos le mostró muy ufano.

-El gallo es el único macho que no cae en la tristeza después del coito. Un verdadero Tenorio.

El gallo ladeó la cresta airosamente y nos miró de perfil, con un ojo amarillo y retador. Intentó batir las alas y el viajante lo encerró entre los pliegues de la capa.

-¡Quieto, endemoniado!

Y añadió:

-Se lo voy a entregar a María Soledad.

Nunca a la madre Soledad la habíamos llamado María Soledad.

El viajante regresó a su tierra del sur.

Llegaron las vacaciones y Toño fue encargado un buen día de ir a recoger los huevos del convento. Le acompañamos Pepef, el hijo del sheriff, y yo mismo. Por nada, porque quisimos hacerlo.

Mientras Toño y yo esperábamos que terminaran los rezos matinales y abrieran el torno, Pepef se subió a una higuera que daba al gallinero. Bajó muy pálido, y es la única vez que habló por su cuenta y razón, sin que le preguntaran:

-He descubierto el secreto.

No pudimos arrancarle ni una palabra más. Le empujamos, le dimos una colleja, luego otra. Le amenazamos con desposeerle de la estrella de sheriff júnior. Se echó a correr y desde lejos nos tiró una piedra.

Al día siguiente, domingo, Toño, el del bar Toño, y yo mismo, nos subimos a la higuera desde la que se veía el gallinero.

La madre Soledad estaba escarbando con su pequeño pie entre las pajas del suelo. Empezó a cloquear suavemente y se levantó el hábito para colocarse en cuclillas, o de rodillas, en el ponedero. Allí permaneció acurrucada unos segundos. Después se levantó, agitando las anchas mangas del manto para sacudirse de polvo y plumones. Dejó escapar un hondo suspiro y salió del gallinero con un alegre cacareo. La monja acababa de poner, gordo y moreno, un hermoso huevo. Toñuco y yo nos deslizamos por el tronco de la higuera, con cuidado de no hacer ruido; nos fuimos a juntar con Pepe, que nos acogió con su amistoso silencio, sin hacer preguntas ni responderlas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de agosto de 2010